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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Un país de
contrastes. |
Los hechos del fin de año de 2010 bien reflejan, a manera de postal, la contrastante realidad de la Argentina. Por un lado, un boom de consumo, un nivel de crecimiento de la economía franco, éxodo de turistas, aumento de las reservas del Banco Central; por el otro, los cortes de energía eléctrica, la falta de combustible y de billetes en los bancos y la emergencia de reclamos sociales de sectores postergados motorizados, en muchos casos, por organizaciones quasi mafiosas que hacen de la pobreza un negocio fenomenal.
Esta es, al fin y al cabo, la radiografía de un país en donde
todo se ata a la coyuntura y casi nada se hace a fin de atacar la raíz de los
problemas. Y este es un defecto no sólo de este gobierno. Justo es decir que
tampoco abundan en las otras fuerzas políticas las evidencias de una
aproximación diferente a los grandes desafíos del país. Basta con escuchar lo
que dicen y hacen muchos de sus dirigentes para confirmar este aserto.
La decisión del Gobierno de prorrogar por decreto la vigencia del Presupuesto
2010 tiene un significado de indiscutible gravedad institucional. La facultad de
aprobar el Presupuesto corresponde, desde siempre, al Congreso. La posibilidad
de evitarlo deviene del artículo 27 de la Ley de Administración Financiera
aprobada en los lejanos días de Domingo Cavallo como ministro de Economía
durante el apogeo del menemismo.
Curiosa paradoja pues –una más– la de este gobierno de verba progresista que echa mano de recursos y procedimientos de aquellos que representan la flor y nata de los denostados años noventa. La fundamentación expuesta desde el oficialismo para proceder así, es que el Presupuesto debe ser aprobado por el Congreso a libro cerrado, procedimiento que tiene más que ver con un concepto monárquico que con un sistema republicano que consagra la división de poderes. La consecuencia de este desatino institucional es bien concreta: la falta de control sobre el manejo de los recursos públicos que hace el Poder Ejecutivo. En un país que nada en un mar de subsidios, la dimensión del descontrol es inconmensurable, como cada tanto se encarga de señalarlo la Auditoría General de la Nación (AGN).
Este libre albedrío que se otorga a sí mismo el Gobierno para
manejar tamaño volumen de fondos es útil, además, al sistema de premios y
castigos de los que el kirchnerismo hace uso casi a diario. Por este mecanismo,
aquellos gobernadores e intendentes que están alineados con el Gobierno reciben
fondos con una “generosidad” de la que, al mismo tiempo, se ven privados los que
no se resignan a decir amén a todo lo que se demanda desde la Quinta de Olivos.
La última movida política del año de CFK fue la incorporación de Juan José Mussi
como secretario de Medio Ambiente en reemplazo de Homero Bibiloni. La
designación del ex intendente de Berazategui tiene varias lecturas: en primer
lugar, suena a premio personal, ya que Mussi fue el primero que, en aquella
reunión del martes 2 de noviembre de 2010 organizada con los intendentes de la
provincia por el gobernador Daniel Scioli, salió a pedir el apoyo a la
candidatura de Cristina Fernández para su reelección presidencial; en segundo
lugar, es un mensaje para el Partido Justicialista de la provincia de Buenos
Aires; en tercer lugar, es un mensaje para Daniel Scioli. En todos los casos el
significado es el mismo: la candidata presidencial es Cristina Kirchner. En
cuarto lugar, es un mensaje también para Hugo Moyano –un límite a su poder– a
quien los intendentes del Conurbano quieren cada vez menos a causa de los
problemas derivados de los voluminosos contratos para la recolección de la
basura y por su injerencia en los asuntos gremiales municipales.
Uno de los castigados por la cuestión medioambiental es el senador Daniel Filmus.
Al legislador porteño no se le perdona su desobediencia en el espinoso asunto de
la Ley de Glaciares, a la que la Presidenta primero vetó para después, con gran
disgusto, verse obligada a aprobar. A Filmus, autor de un proyecto consensuado
con Miguel Bonasso, se lo recuerda por esa iniciativa que lejos estuvo de
generar cariño en la Casa Rosada.
El castigo de Filmus se llama Amado Boudou. Su candidatura a la Jefatura de
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires cuenta con la bendición de Fernández de
Kirchner. La postulación de Boudou los ha dejado tanto a Filmus como al ministro
de Trabajo, Carlos Tomada, al garete. Más allá de su discurso de fe kirchnerista
con rasgos propios de la sobreactuación de los conversos, Boudou nada tiene que
ver con las raíces de los sectores progresistas que acompañan a Filmus.
Hay que recordar que la formación de este verdadero niño
mimado de la Presidenta proviene de la Universidad del CEMA, verdadero bastión
de las políticas económicas en boga en la década del 90. Sobre el fin de año,
Boudou pudo anunciar que el nivel de aceptación del plan canje de deuda lanzado
después de la controvertida aprobación del pago con reservas del Banco Central
llegó al 80%. Para el Gobierno fue un logro y para los que formaron parte de la
operación, un negocio fenomenal.
Entre los gobernadores kirchneristas la candidatura de Boudou ha traído un
cierto alivio. “Ya sabemos que será otra la persona que ocupará su cargo si
Cristina es reelecta. Esa es una buen noticia porque entonces hará falta un
ministro de jerarquía”, señala una voz del oficialismo que conoce el pensamiento
de varios de los mandatarios provinciales K.
El año que comienza tendrá desafíos enormes para la oposición. Hay que decir
que, hasta aquí, la mayoría de los opositores han defraudado las expectativas de
aquella parte de la ciudadanía que los votó. La incapacidad para arribar a
consensos de mínima ha sido el núcleo de este fracaso. Si no acuerdan proyectos
comunes y persisten en la atomización, es altamente improbable que obtenga la
masa crítica de votos que le augure a alguna de esas fuerzas una chance de
triunfo que hoy se ve lejana. ¿Se darán cuenta?
Fuente: Perfil.