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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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"La crueldad del nazismo no fue obra de un loco ni de un delirante". Por Mariano de Vedia. |
Álvaro Abós reconstruyó cómo vivió durante diez años en la Argentina el jerarca nazi Adolf Eichmann.
Por nada del mundo, la prestigiosa académica Hannah Arendt
quiso perderse el juicio a Adolf Eichmann, condenado a muerte y ahorcado en 1962
por las autoridades israelíes por sus crímenes de guerra y contra la humanidad
durante el régimen nazi.
Enviada por la revista The New Yorker y por el editor William Shawn -el mismo
que le encomendó a Truman Capote la cobertura de un juicio criminal que derivó
en A sangre fría -, la intelectual judía alemana siguió con interés las noticias
del secuestro del criminal nazi en Buenos Aires, adonde se había refugiado con
la identidad fraguada de Riccardo Klement, y retrató la "contradicción profunda
entre la banalidad de Eichmann como hombre y funcionario, y la magnitud del
exterminio causado por ese mismo hombre".
Esta paradoja difícil de comprender -una maquinaria monstruosa puesta en marcha
por una rueda más del engranaje del Estado- fue una de las razones que llevaron
al escritor y periodista Álvaro Abós a investigar "cómo habían sido los días y
las noches de Eichmann durante los diez años que vivió en la Argentina".
El fruto de esa paciente tarea es el libro Eichmann en la Argentina , publicado
por Edhasa, que resume la historia del arquitecto y organizador del exterminio
judío durante el régimen nazi, que quiso terminar su vida de incógnito en el
Gran Buenos Aires, como electricista, vendedor de licuados y criador de conejos.
"El caso Eichmann abona la teoría de que la crueldad del nazismo no fue obra de
un loco ni de un delirante. Al lado de Hitler actuaron personas comunes,
mediocres, que aparentaban no tener rasgos patológicos y, sin embargo, pusieron
en marcha una maquinaria atroz", describe Abós, en una entrevista con LA NACIÓN,
horas después de que en el Museo del Holocausto de Buenos Aires se exhibiera al
público el pasaporte falso con el que Eichmann ingresó en la Argentina, con la
identidad encubierta de Ricardo Klement.
No olvidar a la Argentina
El otro motor de la investigación fue la frase final que Eichmann pronunció
frente a sus verdugos, en la prisión de Ramla, en la medianoche del 31 de mayo
de 1962, cuando dijo a viva voz: "¡Larga vida a Alemania! ¡Larga vida a Austria!
¡Larga vida a la Argentina! ¡Nunca las olvidaré!".
"Quise saber por qué un criminal de tamaña magnitud sentía gratitud hacia la
Argentina", explicó Abós. El libro recorre, así, su ascenso en el Tercer Reich,
su fuga a la clandestinidad, su viaje a Buenos Aires, su paso por Tucumán, y el
operativo comando de su secuestro por parte de las autoridades israelíes, plan
que hoy se enseña en las principales escuelas de espionaje del mundo.
Antes del genocidio, Eichmann condujo la política de relaciones con el judaísmo
y el proyecto para desterrar a todos los judíos a la isla de Madagascar. "La
iniciativa avanzó hasta enero de 1943, cuando llegó la orden de Hitler para dar
luz verde al exterminio", contó Abós.
Para el escritor argentino, junto con la identidad falsa de Klement, Eichmann
adoptó una estrategia que no abandonó hasta el final: la pobreza. "Fue
premeditada y eligió esa estrategia para huir y pasar desapercibido. Poco antes
de ser detenido, cuando trabajaba como electricista en la planta de Mercedes-Benz,
en González Catán, viajaba dos horas y media por día desde su casa, en Bancalari,
en dos colectivos y un tren".
Tras deambular durante cinco años por el norte de Alemania, con otras
identidades, Eichmann viajó a Roma y de ahí a Buenos Aires, adonde llegó el 15
de julio de 1950, tras 28 días de navegación. "Tal vez en el mismo barco
viajaban personas judías que habían sufrido sus persecuciones", reflexionó Abós.
Trabajó en un taller mecánico en Palermo (Serrano al 1800), vivió en el Tigre y
se trasladó a San Miguel de Tucumán, donde la compañía Capri, que empleaba a
varios científicos alemanes y era promovida por el gobierno de Perón, le encargó
trabajos de hidrografía. "Probablemente -dijo Abós- hubo gente cercana al poder
que protegió a los nazis. Pero no hay constancias de que Perón tuviera gestos
favorables hacia ellos. Perón no era ningún tonto y, además, asumió en 1946,
cuando había pasado ya un año de la caída del Tercer Reich."
Entre otros sucesivos empleos, Klement trabajó 16 meses en la fábrica de
calefones Orbis y luego abrió un criadero de conejos de angora en el pueblo de
Joaquín Gorina, a 65 km de Buenos Aires.
"No se frecuentaba mucho con la colonia alemana. Uno de los pocos que se veían
con él era Joseph Mengele, de aspecto gordo, bajo y espesos cabellos oscuros,
que se hacía llamar doctor Gregor. Se reunían en el bar ABC, en Lavalle al 400,
frente a la comisaría 1ª En la esquina tenía su estudio de traductor Julio
Cortázar. ¡Quién sabe si alguna vez se cruzaron, sin saber unos ni otros quiénes
eran!".
Mengele huyó luego a Paraguay y a Brasil. Eichmann no pudo evitar la minuciosa
persecución de Simón Wiesenthal y terminó sus días ejecutado en Israel.
Arrojadas sus cenizas al mar Mediterráneo, su nombre perduró y hoy es algo más
que un símbolo del mal. "Fue, además, el único detenido político ejecutado en el
Estado de Israel", concluyó Abós.
Cronología
Nacimiento: Otto Adolf Eichmann nació el 19 de marzo de 1906 en Slingen,
Alemania. Sus padres eran de religión calvinista.
Estudios: Su familia se traslada en 1913 a Linz (Austria). Allí estudia en la
misma escuela donde Adolf Hitler cursó sus estudios primarios. Tenía 10 años al
morir su madre.
Ingreso: En 1932 se alista en el Partido Nazi de Austria e ingresa en las SS. Al
año siguiente se radica en Alemania y recibe entrenamiento militar en Lechfeld y
Dachau.
Plan frustrado: En 1940 trabaja en el proyecto de emigración masiva de los
judíos a Madagascar. El plan resulta inviable por el dominio marítimo inglés.
Huida: Tras la caída de Hitler, huye por el norte de Alemania. En 1950 llega a
la Argentina con la identidad fraguada de Ricardo Klement. Dos años después,
llegan su mujer, Verónica Liebl, e hijos.
Condena a muerte: En 1962 es secuestrado en una operación comando y llevado a
Israel. Es condenado a la horca.
Fuente: La Nación.