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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Los cuentos que contó Perón. Por Hugo Gambini. |
Escribir un libro sobre el peronismo me obligó a chequear
bien cada dato. No se puede chapucear con hechos que fueron históricos pero que
se siguen narrando como si se trataran de episodios anecdóticos. Uno de los más
difundidos, por ejemplo, es el que dice que Perón echó a los montoneros de la
plaza, cuando fue al revés: le dieron la espalda y se fueron solos, dejándola
medio vacía. Pero hoy esto nadie lo cree, ni el periodismo, que se sigue
equivocando. Por eso, me he tomado el trabajo de acopiar un buen archivo de
hechos que nadie se animó hasta ahora a corregir.
De esa forma publiqué mis dos tomos sobre la primera y la segunda presidencia de
Perón, que acabo de completar con un tercero, La violencia, que abarca de 1956 a
1983. Todo lo que ocurre en ese período es muy triste, con listas de fusilados y
muertos por los gobernantes, los guerrilleros, el escuadrón de la muerte y los
militares. Su lectura explica lo inexplicable, pero aun así me fascinó ver cómo
Perón daba vueltas las cosas y presentaba como un gran triunfo lo que había sido
una estrepitosa derrota.
Perón había dejado estampada una montaña de cuentos en un libro titulado Yo,
Juan Domingo Perón. Relato autobiográfico (Sudamericana/Planeta, 1976), que los
españoles Torcuato Luca de Tena y Luis Calvo prepararon con cintas
magnetofónicas grabadas en los años de exilio. Son cuentos porque los contó,
pero no son ciertos. Hay frases imperdibles, con las que cautivó a sus
seguidores y que le sirvieron para manejar la política argentina durante treinta
años. Pero también me sirvieron a mí para demostrar lo poco creíble que fue
siempre el jefe de la supuesta "revolución peronista".
En Madrid, Perón aseguraba que era descendiente de españoles: "El apellido Perón
existe en España, en Italia y en Francia acaso porque Cerdeña, de donde
procedía, estuvo ocupada a lo largo de la historia por estas tres potencias. Lo
cierto es que si mi apellido fuera de origen italiano, nos llamaríamos Peroni.
De modo que acaso soy descendiente de españoles afincados en Cerdeña desde la
época en que España ocupaba la isla".
Una década antes, Perón le había confesado al periodista
italiano Ermanno Amicucci, de Il Giornale d Italia : "Mi apellido es italiano,
me encontré en Italia varios Perón, sobre todo en el Piamonte, además de muchos
Perrón y Peroni, que evidentemente tienen el mismo origen". Nadie se iba a
sorprender de estas respuestas, pero convengamos que resultaba más simpático
decirles a los españoles que su apellido era de origen español y a los
italianos, que era de ascendencia italiana.
En 1939, lo mandaron a Europa a presenciar la guerra. Volvió eufórico: "En todo
el tiempo que viví en Alemania tuve la sensación de una enorme maquinaria que
funcionaba con maravillosa perfección. La organización era algo formidable".
Hitler estaba triunfante, lo que le hizo pensar que Alemania ganaría la guerra.
"Había surgido un fenómeno social inusitado y era el nacionalsocialismo, de la
misma manera que en Italia triunfaba el fascismo."
En 1942 asistió deslumbrado a la conferencia del general
Carlos von der Becke, quien habló sobre la imposibilidad de un desembarco aliado
en los países del Eje; veinte años después, les contó a los periodistas
españoles que había entrado en París con las tropas victoriosas alemanas. Pero
se olvidó de un pequeño detalle: a su biógrafo de cabecera, Enrique Pavón
Pereyra, le había confesado que jamás se les permitió a los oficiales argentinos
visitar los frentes de batalla europeos ( Perón 1895-1942 , Espiño, 1952). Más
curioso fue cuando apareció riéndose, en una fotografía del gabinete nacional el
día que se le declaró la guerra al Eje.
Perón tenía tal admiración por Mussolini que se atrevió a contar cómo lo había
recibido: "Entré directamente a su despacho donde estaba él escribiendo; levantó
la vista hacia mí con atención y vino a saludarme. [ ] Yo le dije que, conocedor
de su gigantesca obra, no me hubiese ido contento a mi país sin haber estrechado
su mano". Eso declaró años después, en Madrid.
En cambio en Buenos Aires, al volver de Europa, le admitió a
Pavón Pereyra que en realidad sólo había visto al duce desde lejos, el día que
Italia entró en guerra: "Estaba confundido, como testigo mudo, entre aquella
multitud clamorosa que victoreó al jefe del fascismo, señor Mussolini, cuando
éste dispuso su histórica determinación desde los balcones de la Piazza Venezia".
Fue la única vez que lo vio.
A pesar de su amistad con los militares nacionalistas de la década de 1930,
Perón no era un manifiesto antisemita. Sin embargo, les confió a los periodistas
españoles que los judíos constituían un problema: "Si aquí viven los judíos -les
dijo-, matarlos no podemos; expulsarlos, tampoco". Y agregó: "No queda otra
solución que ponerlos a trabajar dentro de la comunidad, incorporándolos a la
nacionalidad argentina, asimilándolos, impidiéndoles que formen organizaciones
sionistas separadas".
Es evidente que Perón, cuando dijo esto, no tenía en cuenta la cantidad de entidades judías que ya existían en la Argentina. Pero además, se jactaba cuando ponía como ejemplo a don Jaime Yankelevich. "Era un ruso judío -expresó- con el que Eva había trabajado en Radio Belgrano. Era un hombre inculto y ordinario, y además un sinvergüenza. A Evita le decía que le iba a pagar un sueldo de 500 pesos y a fin de mes le daba 480. ¡Le robaba!".
Sin embargo, tuvo una relación que fue muy importante con
este personaje, a quien le encargó el inicio de la televisión en el país, en
1951. El primer canal abrió su transmisión con el acto del 17 de Octubre y la
primera imagen fue, precisamente, la de Evita. Es decir que el "sinvergüenza" le
había servido para hacer publicidad y buenos negocios, como la venta de
televisores de la que se encargó Jorge Antonio.
El golpe del 43
Cuando Perón hablaba del golpe militar de 1943, su versión difería mucho de lo
ocurrido. Como si él hubiera comandado la tropa, se ponía en primera fila frente
a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA): "Desplazamos las baterías
-expresó-, pusimos los lanzabombas y los conminamos. Les dijimos por última vez:
´¿Sí o no? ´¡No! , respondieron. Lanzamos contra ellos la artillería y los
morteros. Pero sólo una primera andanada. Paramos enseguida. ´¿Sí o no? ´¡Sí! ,
dijeron. Fue muy sencillo. El presidente Castillo, al saberlo, se metió en un
barquito de la Marina y se fue por el Río de la Plata. Cuando entramos en la
Casa Rosada se fueron todos. ¡Facilísimo!"
Lo lamentable -para Perón- es que él nunca estuvo allí. Su versión difiere de lo
que dijo el coronel Juan N. Giordano, quien comandaba el escuadrón de Campo de
Mayo: "El coronel Perón se había adelantado, ya había llegado a la Casa de
Gobierno" (Perón, el hombre del destino, Abril, 1973). Tampoco encaja con lo que
sostiene el general José Sosa Molina en la misma obra: "Vimos cómo entraba a la
Escuela el comandante de la columna, que era Rawson; al rato empezó el tiroteo.
Corrimos hacia la vereda de enfrente y nos subimos a los
techos de las casas para ver lo que ocurría". Ni siquiera lo ayuda la versión
del historiador militar Julio V. Orona: "Al desfilar las tropas por delante de
las Escuela originose un repentino tiroteo. Se dijo que la guardia del
establecimiento abrió primero el fuego. Cayeron un jefe y varios soldados" (La
logia militar que derrocó a Castillo, edición del autor, 1966). Como se
advierte, la cosa allí no había sido tan fácil.
Muy adicto a las anécdotas, el general acomodaba la historia para hacerla más
divertida, aunque lo desmintieran los historiadores. Dijo en Madrid que cuando
apareció el general Rawson, quien se autoproclamó presidente, los coroneles
fueron a echarlo. Según él, le preguntaron: "Che, Perón ¿qué es lo que pasa?
¿Dónde estaba este loco? ¡Ah, esto no puede ser!".
Y contó que entraron en el despacho y lo amenazaron: "¡Hemos venido a que renuncie y si se niega lo tiramos por la ventana! Renunció y se fue". Así de simple, según él. Pero no fue tan simple. Nadie amenazó a Rawson y menos con tirarlo por la ventana, porque no era "un colado", como lo definía Perón. Su incorporación al golpe de Estado la había conseguido el coronel Enrique P. González, del GOU [Grupo de Oficiales Unidos], y la disconformidad surgió por la elección de su gabinete.
Rawson se negó a modificarlo y estuvieron dos días, el 5 y el
6 de junio, discutiendo con él, hasta que el general decidió renunciar sin que
hubiera amenazas. Así lo explica el historiador Robert A. Potash (El ejército y
la política argentina. 1928-1945, Sudamericana, 1971).
Perón siempre negó su ambición por escalar posiciones: "Me han preguntado más de
una vez por qué no nombramos presidente a alguno de los coroneles; por qué no me
nombraron a mí, por ejemplo. ¡No, no! A mí no me convenía. Yo sabía que las
revoluciones empiezan con esas cositas que se gastan, pavadas, cosas políticas.
En los primeros tiempos hay que estar lejos de la zona de fuego. [ ] Yo por
entonces les dejé que empezaran a tropezar unos con otros y me quedé de jefe de
Estado Mayor de la Primera División".
La verdad es que nadie lo había propuesto para presidir el gobierno y si Perón
no aceptaba el cargo de jefe de Estado Mayor, se quedaba afuera. Logró ascender
cuando a su amigo, el general Farrell, lo designaron ministro de Guerra; éste lo
puso como jefe de su secretaría y allí sí, se metió a organizar una huelga en
los frigoríficos junto al coronel Domingo Mercante.
Ambos tomaron su primer contacto con los obreros y empezaron
su trabajo político. Sólo a fines de octubre de 1943, cinco meses después del
estallido, Perón logró a través del GOU desplazar al coronel Carlos M. Gianni
del Departamento Nacional del Trabajo, y lo convirtió en Secretaría de Trabajo y
Previsión. Su picardía consistió en aprovechar las circunstancias y volverse el
más hábil de los conjurados, y sin rechazar los cargos, saber explotarlos al
máximo.
Es muy graciosa la versión que se ha difundido sobre el 17 de Octubre. Los otros
días escuché a un joven decir, en un programa de televisión, que Evita había
irrumpido ese día al frente de los descamisados. Nadie lo desmintió, porque los
periodistas que estaban allí tampoco sabían lo que había ocurrido.
Ha sido poco difundido que Evita estaba en Junín, enviada por Perón a realizar un trámite judicial, y que cuando volvió fue a verlo al Hospital Militar. Pero no la dejaron entrar. Lo llamó por teléfono y el coronel le pidió que se fuera a su casa y no se moviera de allí, por lo que Evita no estuvo en Plaza de Mayo ni en los sindicatos ni movilizó a nadie.
No tenía ninguna relación con los gremialistas porque, como
decía Cipriano Reyes, "su presencia no era significativa para nosotros". Esa
tarde su única participación fue pedirle a Juan Atilio Bramuglia que presentara
un recurso de hábeas corpus, para sacarlo a Perón del país. Bramuglia se lo
negó. El historiador Félix Luna publica una carta de Perón a Eva, desde Martín
García, donde el coronel daba por concluida su vida política y le promete
casamiento. ( El 45 , Sudamericana, 1975).
En su exilio español Perón expresó: "Por las visitas que llegaban fui
enterándome de que el 17 el pueblo había volcado tranvías, quemado automóviles y
que la agitación crecía de hora en hora, pues seguía llegando gente de la
provincia y de otras partes, amenazando quemar Buenos Aires". Pero tampoco era
así, porque no había violencia. La policía, controlada por Filomeno Velasco,
estaba junto a los obreros, como lo demostraría el historiador peronista Ángel
Perelman. (Cómo hicimos el 17 de octubre, Coyoacán, 1961). La idea de una fuerza
obrera incontrolable es una de las fantasías más conocidas del peronismo.
Braden y Perón
También contó Perón que apenas se conoció el escrutinio de 1946 había ido a
verlo el embajador Spruille Braden, para preguntarle si consideraba "prudente"
que permaneciese en Buenos Aires. Dice que le contestó: "Aléjese sin vacilar; en
caso contrario, nos obligará a embarcarlo por la fuerza. Salió bufando, sin
despedirse de mí y olvidando su sombrero y sus guantes. Sabía que yo era capaz
de largarlo en un bote remando en el Río de la Plata "
Pero esto tampoco sucedió, porque Braden hacía seis meses que
no estaba en la Argentina. Había regresado a Washington el 23 de septiembre de
1945, para asumir la Secretaría de Asuntos Latinoamericanos, y la última vez que
vio a Perón fue el 30 de junio de ese año, tres meses y medio antes del 17 de
octubre. De modo que su respuesta fue todo un producto de la imaginación.
Es divertido lo que dijo Perón sobre su salida al Paraguay. Contó que él
piloteaba el avión que lo había llevado y de pronto se le acercó Stroessner, en
otro aparato, para guiarlo al aeropuerto. Pero se olvidó de aclarar que nunca
fue aviador. Y que Stroessner envió a su piloto personal, Leo Nowack, a buscarlo
en un hidroavión.
Existen infinidad de frases, cuentos y anécdotas sobre los episodios del
general, pero los más graciosos son los que contó él mismo, porque su desapego a
los hechos históricos, su escasa memoria y su afán por divertir a quienes lo
entrevistaban lo hacían tropezar siempre con la verdad. Por más que Perón
dijera, a quienes lo entrevistaron en España, que "para mentir hay que tener
siempre un grado de inteligencia", él no podía con su esencia y daba rienda
suelta a su impredecible imaginación.