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La
verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices,
en los serviles y menos aún en los idiotas.
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Zecharías Sitchin, el padre de los
Annunakis. Por Débora Goldstern. |
Hace una semana atrás supimos del fallecimiento del
investigador de origen ruso, Zecharías Sitchin. Recordemos que este
estudioso, experto en lenguas muertas, popularizó la tesis de dioses
extraterrestres, a los cuales denominó Annunakis, afincados en un pasado
remoto en la antigua Sumeria, hoy actual Irak. Sitchin creía que estos
viajeros espaciales, originaron la vida humana en la Tierra, atribuyéndole
las facultades de dioses creadores.
Esta idea central lo plasmó en un primer trabajo que lo convirtió en una
celebridad a nivel mundial, El 12º Planeta, a la cual le siguieron una
veintena de obras, donde volvió a tratar el tema una y otra vez, convencido
de la realidad de una saga que creyó real hasta su desaparición.
Alguna vez en Crónica Subterránea hablamos sobre el legado de Sitchin, que
para quién escribe, no termina de convencer con su visión tan particular de
la protohistoria, un tanto alejada de la evolución tal cual está concebida.
Quizás una de los conceptos menos compartido, es el desarrollo de una idea
que pretende conferir a sus dioses Annunakis las facultades de dioses
absolutos, responsables de toda la cultura civilizadora tal cual la
conocemos en la actualidad, y que según sostenía nació en Oriente y luego se
expandió hacia el resto del planeta.
Discutido o no, Sitchin se convirtió en un referente respetado y cuya
palabra tuvo eco entre sus innumerables seguidores, quiénes adoptaron sus
Annunakis, como fuente histórica válida, a pesar de carecerse de mayores
evidencias. Más allá de estas miradas no siempre coincidentes, queremos
rescatar uno de los textos fundamentales extraído de El 12º Planeta, y con
el cual encontramos sintonía especial. Se trata del nacimiento del Lulu, el
hombre.
La Creación del Hombre
La afirmación, registrada y transmitida por los sumerios, de que el «Hombre» fue
creado por los nefilim, parece entrar en conflicto, a primera vista, tanto con
la teoría de la evolución como con los dogmas judeo-cristianos basados en la
Biblia. Pero, de hecho, la información contenida en los textos sumerios -y sólo
esa información-puede afirmar tanto la validez de la teoría de la evolución como
la verdad del relato bíblico, y demostrar que, en realidad, no existe conflicto
alguno entre ambas.
En la epopeya «Cuando los dioses como hombres», en otros textos concretos y en
referencias de pasada, los sumerios describieron al Hombre no sólo como una
creación deliberada de los dioses, sino también como un eslabón en la cadena
evolutiva que comenzó con los acontecimientos celestes descritos en «La Epopeya
de la Creación».
Sosteniendo la firme creencia de que la creación del Hombre
fue precedida por una era durante la cual sólo los nefilim estaban en la Tierra,
los textos sumerios registraron, caso por caso (por ejemplo, el incidente entre
Enlil y Ninlil), los acontecimientos que tuvieron lugar «cuando el Hombre aún no
había sido creado, cuando Nippur estaba habitado sólo por los dioses». Al mismo
tiempo, los textos también describieron la creación de la Tierra y la evolución
de la vida de plantas y animales en ella, y lo hicieron en unos términos que se
conforman a las actuales teorías evolucionistas.
Los textos sumerios afirman que, cuando llegaron los nefilim a la Tierra, aún no
se habían extendido por ésta las artes del cultivo de cereales y frutales, así
como la del cuidado del ganado. Del mismo modo, el relato bíblico sitúa la
creación del Hombre en el sexto «día» o fase del proceso evolutivo. El Libro del
Génesis afirma también que, en un estadio evolutivo anterior:
Ninguna planta de campo abierto había aún sobre la Tierra, ninguna hierba que es
plantada había germinado todavía... Y el Hombre no estaba todavía allí para
trabajar el suelo.
Todos los textos sumerios afirman que los dioses crearon al Hombre para que
hiciera el trabajo de ellos. Explicado en boca de Marduk, la epopeya de la
Creación da cuenta de la decisión:
Engendraré un Primitivo humilde; «Hombre» será su nombre. Crearé un Trabajador
Primitivo; él se hará cargo del servicio de los dioses, para que ellos puedan
estar cómodos.
Los términos que sumerios y acadios utilizaban para designar al «Hombre» hablan
a las claras de su estatus y de su propósito: el Hombre era un Mu (primitivo),
un Mu amelu (trabajador primitivo), un awilum (obrero). Que el Hombre hubiera
sido creado para servir a los dioses no resultaba en absoluto una idea chocante
o extraña para los pueblos antiguos. En los tiempos bíblicos, la divinidad era
«Señor», «Soberano», «Rey», «Amo». La palabra que, normalmente, se traduce como
«culto» era, en realidad, avod (trabajo). El Hombre antiguo y bíblico no daba
«culto» a su dios; trabajaba para él.
Pero, en cuanto la deidad bíblica (al igual que los dioses de
los relatos sumerios) creó al Hombre, plantó un jardín y puso al Hombre a
trabajar en él:
Y el Señor Dios tomó al «Hombre» y lo puso en el Jardín del Edén para que lo
labrase y cuidase.
Más adelante, la Biblia describe a la Divinidad «paseando por el jardín a la
hora de la brisa», ahora que el nuevo ser estaba allí para cuidar del Jardín del
Edén. ¿Tan lejos se encuentra esta versión de aquello que dicen los textos
sumerios acerca de que los dioses exigieron trabajadores para, así, poder ellos
descansar y relajarse?
En las versiones sumerias, la decisión de crear al Hombre se, adoptó en la
Asamblea de los dioses. De manera significativa, el libro del Génesis, que,
supuestamente, ensalza los logros de una sola Deidad, utiliza el plural Elohim
(literalmente «deidadej») para denotar a «Dios», y nos hace un sorprendente
"comentario:
Y Elohim dijo: «Hagamos al Hombre a nuestra imagen, como semejanza nuestra»"
¿De quiénes está hablando no la singular, sino la plural deidad, y quiénes eran
esos «nosotros» en cuya plural imagen y plural semejanza había que hacer al
Hombre? El libro del Génesis no nos da la respuesta. Después, cuando Adán y Eva
comieron del fruto del Árbol del Conocimiento, Elohim hace una advertencia a los
mismos colegas anónimos: «He aquí que el Hombre ha venido a ser como uno de
nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal».
Dado que el relato bíblico de la Creación, al igual que otros relatos de los
comienzos en el Génesis, proviene de fuentes sumerias, la respuesta es obvia. Al
condensar los muchos dioses en una única Deidad Suprema, el relato bíblico no es
más que una versión revisada de los informes sumerios sobre las discusiones en
la Asamblea de los Dioses.
El Antiguo Testamento se esfuerza por dejar claro que el Hombre no era un dios
ni era de los cielos. «Los Cielos son los Cielos del Señor, a la Humanidad la
Tierra Él le ha dado». El nuevo ser fue llamado «el Adán» porque fue creado del
adama, de la tierra, del suelo de la Tierra. En otras palabras, el Adán era «el
Terrestre».
Careciendo sólo de cierto «conocimiento», así como de un período de vida divino,
el Adán fue creado en todos los demás aspectos a imagen (selem) y semejanza (dmut)
de su(s) Creador (es). El uso de ambos términos en el texto se hizo para no
dejar duda de que el Hombre era similar a (los) Dios(es) tanto en lo físico como
en lo emocional, en lo externo y en lo interno.
En todas las antiguas representaciones artísticas de dioses y hombres, la
semejanza física es evidente. Aunque la advertencia bíblica en contra de la
adoración de imágenes paganas diera pie a la idea de que el Dios hebreo no tenía
imagen ni semejanza, el Génesis, al igual que otros informes bíblicos, atestigua
todo lo contrario. El Dios de los antiguos hebreos se podía ver cara a cara, se
podía luchar con él, se le podía escuchar y hablar; tenía cabeza y pies, manos y
dedos, incluso cintura. El Dios bíblico y sus emisarios parecían hombres y
actuaban como hombres, porque los hombres fueron creados a semejanza de los
dioses y actuaban como los dioses.
Pero en esta cosa tan simple subyace un gran misterio. ¿De qué manera una nueva
criatura pudo ser, física, mental y emocionalmente, una réplica virtual de los
nefilim? Realmente, ¿cómo fue creado el Hombre?
El mundo occidental hacía tiempo que estaba entregado a la idea de que, creado
deliberadamente, el Hombre había sido puesto en la Tierra para someterla y
ejercer su dominio sobre todas las demás criaturas. Después, en noviembre de
1859, un naturalista inglés llamado Charles Darwin publicó un tratado llamado On
the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of
Favou-red Races in the Struggle for Life. Resumiendo cerca de treinta años de
investigación, el libro añadía, a los conceptos previos sobre la evolución
natural, la idea de una selección natural como consecuencia de la lucha de todas
las especies -tanto de plantas como de animales- por la existencia.
El mundo cristiano ya se había llevado un golpe cuando, desde 1788 en adelante,
destacados geólogos habían comenzado a expresar su creencia de que la Tierra
tenía una gran antigüedad, mucho mayor que la de los más o menos 5.500 años del
calendario hebreo. Pero lo explosivo del caso no fue el concepto de evolución
como tal; estudiosos anteriores ya habían observado este proceso, y los eruditos
griegos del siglo iv a.C. ya habían recopilado datos sobre la evolución de la
vida animal y vegetal.
El terrible bombazo de Darwin consistió en la conclusión de que todos los seres
vivos -incluido el Hombre- eran producto de la evolución. El Hombre, en contra
de la creencia sostenida entonces, no había sido generado espontáneamente.
La reacción inicial de la Iglesia fue violenta. Pero, a medida que los hechos
científicos concernientes a la verdadera edad de la Tierra, la evolución, la
genética y otros estudios biológicos y antropológicos salían a la luz, las
críticas de la Iglesia iban enmudeciendo. Parecía que, al final, las mismísimas
palabras del Antiguo Testamento hacían indefendible el relato del Antiguo
Testamento; pues, ¿cómo iba a decir un Dios que no tiene cuerpo y que está
universalmente solo: «Hagamos al Hombre a nuestra imagen, como semejanza
nuestra»"?
Pero, realmente, ¿no somos más que «simios desnudos»? ¿Es que el mono no está
más allá de la distancia de un brazo, evolutivamente hablando? ¿Es que la
musaraña arborícola es un ser humano que aún no se pone de pie ni ha perdido la
cola?
Como ya mostramos al comienzo de este libro, los científicos modernos van a
tener que cuestionarse las teorías simples. La evolución puede explicar el curso
general de los acontecimientos que han hecho que la vida y las formas de vida se
desarrollen en la Tierra, desde la más simple criatura unicelular hasta el
Hombre. Pero la evolución no puede dar cuenta de la aparición del Homo sapiens,
que tuvo lugar de la noche a la mañana, en los términos de millones de años que
la evolución requiere, y sin ninguna evidencia de estadios previos que pudieran
indicar un cambio gradual desde el Homo erectus.
El homínido del género Homo es un producto de la evolución. Pero el Homo sapiens
es el producto de un acontecimiento repentino, revolucionario. Apareció
inexplicablemente hace unos 300.000 años, millones de años demasiado pronto. Los
expertos no tienen explicación para esto. Pero nosotros sí. Los textos sumerios
y babilonios sí que la tienen. Y el Antiguo Testamento también.
El Homo sapiens -el Hombre moderno- fue creado por los antiguos dioses.
Afortunadamente, los textos mesopotámicos hacen una clara exposición del momento
en que fue creado el Hombre. El relato de las fatigas y el posterior motín de
los anunnaki nos dice que. «durante 40 períodos sufrieron el trabajo, día y
noche»; los largos años de su duro trabajo los dramatizó el poeta con la
repetición de versos.
Durante 10 períodos sufrieron el duro trabajo; durante 20 períodos sufrieron el
duro trabajo; durante 30 períodos sufrieron el duro trabajo; durante 40 períodos
sufrieron el duro trabajo.
El antiguo texto usa el término ma para decir «período», y la mayoría de los
expertos lo han traducido por «año». Pero el término connotaba «algo que se
completa y, después, se repite». Para los hombres de la Tierra, un año equivale
a una órbita completa de la Tierra alrededor del Sol. Pero, como ya hemos
demostrado, la órbita del planeta de los nefilim equivalía a un shar, o 3.600
años terrestres.
Cuarenta shar, o 144.000 años terrestres, después de su, llegada, fue cuando los
anunaki dijeron: «¡Basta!». Si los nefilim llegaron a la Tierra, tal como hemos
concluido, hace alrededor de 450.000 años, ¡la creación del Hombre debió tener
lugar hace unos 300.000 años!
Los nefilim no crearon a los mamíferos, a los primates o a los homínidos. «El
Adán» de la Biblia no era el género Homo, sino el ser que es nuestro antepasado,
el primer Homo sapiens. Lo que los nefilim crearon es el Hombre moderno, tal
como lo conocemos. La clave para comprender este hecho crucial se encuentra en
el relato en el que despiertan a Enki para informarle que los dioses han
decidido formar un adamu, y que su tarea consiste en buscar la forma de hacerlo.
A todo esto, responde Enki:
«La criatura cuyo nombre pronunciáis ¡EXISTE!» y añade: «Sujetad sobre ella»
-sobre la criatura que ya existe- «la imagen de los dioses».
Aquí, por tanto, se encuentra la respuesta al enigma: los nefilim no «crearon»
al Hombre de la nada; más bien, tomaron una criatura que ya existía y la
manipularon para «sujetar sobre ella» la «imagen de los dioses».
El Hombre es el producto de la evolución; pero el Hombre moderno, el Homo
sapiens, es el producto de los «dioses». Pues, en algún momento, hace alrededor
de 300.000 años, los nefilim cogieron a un hombre-simio (Homo erectus) y le
implantaron su propia imagen y semejanza.
No hay ningún conflicto entre la evolución y los relatos de la creación del
Hombre de Oriente Próximo. Más bien, se explican y se complementan uno a otro.
Pues, sin la creatividad de los nefilim, el hombre moderno se encontraría aún a
millones de años de distancia en su árbol evolutivo.
Remontémonos en el tiempo e intentemos visualizar las circunstancias y los
acontecimientos, tal como se revelaron. La gran etapa interglacial, que comenzó
hace alrededor de 435.000 años, y su clima cálido hicieron que proliferara el
alimento y los animales. También aceleró la aparición y la expansión de un
avanzado simio de aspecto humano el Homo erectus.
Cuando los nefilim observaran toda ésta fauna, no sólo verían a los mamíferos
predominantes sino también a los primates, entre los cuales estarían esos simios
de aspecto humano. Y existe la indudable posibilidad de que algunas de esas
bandas de Homo erectus que iban de aquí para allí se sintieran fascinadas y se
acercaran a observar los objetos ígneos que se elevaban en el cielo. Incluso es
muy posible que los nefilim observaran, encontraran e, incluso, capturaran a
algunos de estos interesantes primates.
Que los nefilim y los simios de aspecto humano se conocieron es algo que viene
atestiguado por varios textos antiguos. Un relato sumerio, que trata de los
tiempos primordiales, afirma:
Cuando la Humanidad fue creada, no sabían nada sobre comer pan, ino sabían nada
sobre ponerse prendas de vestir; comían plantas con la boca, como la oveja;
bebían agua de una zanja.
En La Epopeya de Gilgamesh se describe también a este ser «humano» medio animal.
Aquí se nos dice el aspecto que tenía Enkidu, el «nacido en las estepas», antes
de civilizarse:
Peludo es todo su cuerpo, dotado en la cabeza con una melena como la de una
mujer... No sabe nada de gente ni de tierra; su atuendo es como el de uno de los
campos verdes; come hierba con las gacelas; con las bestias salvajes se codea en
el abrevadero;
con las prolíficas criaturas en el agua su corazón se deleita.
El texto acadio no sólo describe a un hombre de aspecto animal; también habla de
un encuentro con tal ser:
Entonces, un cazador, uno que pone trampas, se puso frente a él en el
abrevadero. Cuando el cazador lo vio, su cara se quedó inmóvil... La inquietud
tocó su corazón, su rostro se ensombreció, pues la angustia había entrado en su
vientre.
En el cazador había algo más que temor, tras contemplar «al salvaje», a ese
«bárbaro de las profundidades de la estepa»; pues ese «salvaje» se entrometía
también en los asuntos del cazador:
Él rellenaba los hoyos que yo había cavado, desmontaba las trampas que yo había
puesto; las bestias y las criaturas de la estepa había hecho que se me escaparan
de entre las manos.
No podemos pedir una descripción mejor de un hombre-simio: un nómada vagabundo
peludo que «ni sabe de gente ni de tierra», vestido con hojas, «como uno de los
campos verdes», comiendo hierba y viviendo entre animales. Sin embargo, no
carece de cierta inteligencia, pues sabe cómo desmontar las trampas y rellenar
los hoyos del cazador. En otras palabras, protegía a sus amigos animales,
evitaba que fueran capturados por los cazadores alienígenas. Se han encontrado
muchos sellos cilíndricos que representan a este hombre-simio peludo entre sus
amigos animales.
Entonces, ante la necesidad de mano de obra, y resueltos a
conseguir un Trabajador Primitivo, los nefilim pensaron en una solución a la
medida: domesticar al animal adecuado.
El «animal» estaba disponible, pero el Homo erectus planteaba un problema. Por
una parte, era demasiado inteligente y salvaje como para convertirse, así, por
las buenas, en una dócil bestia de trabajo. Por otra parte, no se adecuaba
realmente al trabajo requerido. Precisaría de algunos cambios físicos.
Tenía que ser capaz de agarrar y usar las herramientas de los
nefilim, caminar y doblarse como ellos para poder sustituir a los dioses en
campos y minas. Tenía que disponer de un «cerebro» mejor -no como el de los
dioses, pero sí lo suficientemente bueno como para comprender las palabras, las
órdenes y las tareas que se le asignaran. Necesitaba la suficiente inteligencia
y comprensión como para ser un obediente y útil amelu -un siervo.
Si, como las evidencias: de la antigüedad y la ciencia moderna parecen
confirmar, la vida en la Tierra germinó de la vida en el Duodécimo Planeta, la
evolución en la Tierra debió avanzar del mismo modo en que lo hizo en el
Duodécimo Planeta. Indudablemente, tuvo que haber mutaciones, variaciones,
aceleraciones y retrasos provocados por las diferentes situaciones locales; pero
los mismos códigos genéticos, la misma «química de la vida» que se encuentra en
todos los seres vivos de la Tierra tuvo que guiar el desarrollo de las formas de
vida terrestres en la misma dirección general que siguió en el Duodécimo
Planeta.
Al observar las distintas formas de vida de la Tierra, los nefilim y su
científico jefe, Ea, no debieron tardar demasiado en darse cuenta de lo que
sucedía: durante la colisión celeste, su planeta había inseminado la Tierra con
su propia vida. De ahí, que el ser que pretendían convertir en trabajador era,
ciertamente, similar a los nefilim, aunque en una forma menos evolucionada.
Lo que necesitaban no era un proceso gradual de domesticación a través de
generaciones de cría y selección, sino un proceso rápido que permitiera la
«producción masiva» de nuevos trabajadores. Así pues, se le planteó el problema
a Ea, que vio la respuesta de inmediato: «imprimir» la imagen de los dioses
sobre el ser que ya existía.
El proceso que Ea recomendó para conseguir un avance evolutivo rápido del Homo
erectus era, según creemos, la manipulación genética.
Ahora sabemos que el complejo proceso biológico por el cual un organismo vivo se
reproduce, creando una progenie que se parece a sus padres, se realiza a través
del código genético. Todos los organismos vivos -desde la lombriz hasta el
helecho arborescente o el Hombre- disponen, en el interior de cada célula, de
una serie de cromosomas, unos cuerpecillos diminutos con forma de vara, que
conservan toda la información hereditaria de ese organismo en particular. Cuando
la célula masculina (el polen, el esperma) fertiliza la célula femenina, los dos
grupos de cromosomas se combinan y, luego, se dividen para formar nuevas células
que tienen todas las características hereditarias de las células de los dos
progenitores.
En la actualidad, es posible la inseminación artificial, incluso la de un huevo
humano femenino. Pero el desafío se encuentra en la fertilización cruzada entre
diferentes familias dentro de la misma especie, e, incluso, entre especies
diferentes. La ciencia moderna ha hecho un largo camino desde el desarrollo de
los primeros cereales híbridos, el cruce de perros de Alaska con lobos o la
«creación» de la muía (el apareamiento artificial de una yegua con un burro),
hasta la capacidad para manipular la propia reproducción del Hombre.
El proceso llamado clonación (del griego klon -ramita) aplica a los animales el
mismo principio que se sigue cuando se corta uno de los tallos de una planta
para, con él, reproducir otras plantas similares. Esta técnica, aplicada a los
animales, se demostró viable por primera vez en Inglaterra, cuando el Dr. John
Gordon sustituyó el núcleo de un huevo fertilizado de rana por el material
nuclear de otra célula de la misma rana. La generación de renacuajos normales
demostró que el huevo procedía a desarrollar, subdividir y crear progenie sin
importar de dónde se obtuviera el grupo de cromosomas a emparejar.
Los experimentos del Institute of Society, Ethics and Life Sciences de Hastings-on-Hudson,
Nueva York, han demostrado que ya se dispone de las técnicas necesarias para la
clonación de seres humanos. En estos momentos, es posible tomar el material
nuclear de cualquier célula humana (no necesariamente de los órganos sexuales)
e, introduciendo sus 23 pares de cromosomas completos en el óvulo femenino,
concebir y dar a luz a una persona «predeterminada».
En la concepción normal, los cromosomas del «padre» y de la
«madre» se mezclan para, después, dividirse y concluir en los 23 pares de
cromosomas, en un proceso de combinaciones fortuitas. Pero, en la clonación, la
descendencia es una réplica exacta de un grupo de cromosomas que no se ha
dividido. Poseemos ya, según el Dr. W. Gaylin, «el tremendo conocimiento para
hacer copias exactas de seres humanos» -un número ilimitado de Hitlers, Mozarts
o Einsteins (si hubiéramos preservado sus núcleos celulares).
Pero el arte de la ingeniería genética no se limita a un proceso. Investigadores
de muchos países han perfeccionado un proceso llamado «fusión celular» que hace
posible fundir células en vez de combinar cromosomas dentro de una única célula.
Como resultado de este proceso, células de diferentes procedencias se pueden
fundir en una «supercélula», conservando dentro de sí misma los dos núcleos y
una doble serie de cromosomas emparejados.
Cuando esta célula se divide, la mezcla de núcleos y
cromosomas se puede escindir según un modelo diferente al de cada célula antes
de la fusión. El resultado puede ser el de dos nuevas células, cada una de ellas
genéticamente completa, pero cada una con una nueva serie de códigos genéticos,
completamente trastocados con relación a los que había en las células de los
progenitores.
Esto significa que las células de lo que, hasta ahora, eran organismos vivos
incompatibles -por ejemplo, las de un pollo y las de un ratón- se pueden fundir
para formar células nuevas con nuevas mezclas genéticas que producirán animales
nuevos, que no serán ni pollos ni ratones, tal como los conocemos. Aun más
refinado, el proceso nos puede permitir también la selección de las
características o rasgos de una forma de vida que se pretenden impartir a la
célula combinada o «fusionada».
Esto está llevando al desarrollo del amplio campo de los «trasplantes
genéticos». Ahora es posible extraer de determinadas bacterias un gen específico
e introducirlo en una célula animal o humana, dándole a la descendencia una
característica añadida.
Deberíamos suponer que los nefilim, que eran capaces de realizar viajes
espaciales hace 450.000 años, debían de estar igualmente avanzados en el campo
de las ciencias de la vida, si comparamos su situación con la nuestra de hoy en
día. También deberíamos suponer que conocían las distintas alternativas por las
cuales combinar dos grupos de cromosomas preseleccionados para obtener un
resultado genético predeterminado; y que, si los procesos eran similares a la
clonación, a la fusión celular, al trasplante genético u otro método desconocido
para nosotros todavía, ellos debían conocer estos procesos y podrían llevarlos a
cabo no sólo en la probeta del laboratorio, sino también en organismos vivos.
Existe una referencia a estas mezclas de dos fuentes de vida en los textos
antiguos. Según Beroso, la deidad Belo (señor) -llamado también Deo (dios)-
engendró a varios «Seres espantosos, que fueron generados a partir de un
principio doble». Aparecían hombres con dos alas, algunos con cuatro y dos
caras. Tenían un cuerpo, pero dos cabezas, una de hombre, otra de mujer. Del
mismo modo, tenían tanto órganos masculinos como femeninos.
Otras figuras humanas se veían con patas y cuernos de cabra. Unos tenían pies de
caballo; otros tenían extremidades de caballo detrás, pero por delante tenían
forma como de hombres, pareciendo hipocentauros. Del mismo modo, se creaban allí
toros con cabeza de hombre; y perros con cuerpos cuádruples, y colas de peces.
También caballos con cabeza de perro; hombres también, y otros animales, con
cabeza y cuerpo de caballo y cola de pez. En resumen, había criaturas con
extremidades de cada una de las especies animales...
De todo esto se conservaron imágenes en el templo de Belo en Babilonia.
Los desconcertantes detalles de este relato pueden conservar una importante
verdad. Es bastante probable que, antes de recurrir a la creación de un ser con
su propia imagen, los nefilim intentaran resolver el problema con un «sirviente
manufacturado», experimentando con otras alternativas, como la creación de un
híbrido animal-hombre-simio.
Algunas de estas criaturas artificiales quizás sobrevivieron
por un tiempo, pero, ciertamente, debieron ser incapaces de reproducirse. Es
posible que los enigmáticos hombres-toro y hombres-león (esfinges) que adornaban
los templos del Oriente Próximo de la antigüedad no fueran sólo el producto de
la imaginación de un artista, sino criaturas reales que salieran de los
laboratorios biológicos de los nefilim -experimentos fallidos, conmemorados en
el arte y en forma de estatuas.
Los textos sumerios también hablan de seres humanos deformes
creados por Enki y la Diosa Madre (Ninhursag) durante el transcurso de sus
esfuerzos por dar forma a un Trabajador Primitivo perfecto. En uno de los textos
se dice que Ninhursag, cuya tarea era «sujetar sobre la mezcla el molde de los
dioses», se emborrachó y «fue a ver a Enki»,
«¿Cuán bueno y cuán malo es el cuerpo del Hombre? Según me dicta el corazón,
puedo hacer su destino bueno o malo».
Entonces, pícaramente, según este texto -pero, probablemente, sin poderlo
evitar, como parte del proceso de ensayo-error-, Ninhursag creó a un Hombre que
no podía retener la orina, una mujer que no podía tener hijos, un ser que no
tenía órganos masculinos ni femeninos. En conjunto, Ninhursag engendró seis
seres humanos deformes o deficientes. A Enki se le consideró responsable de la
creación imperfecta de un hombre de ojos débiles y manos temblorosas, enfermo
del hígado y con deficiencias cardiacas; así como de otro con enfermedades
relacionadas con la vejez, etc.
Pero, por fin, se logró el Hombre perfecto -al que Enki llamó Adapa; la Biblia,
Adán; y nuestros expertos, Homo sapiens. Este ser era tan similar a los dioses
que, en un texto, se llega incluso al punto de decir que la Diosa Madre le dio a
su criatura, el Hombre, «una piel como la piel de un dios» -un cuerpo suave y
sin pelo, bastante diferente del peludo hombre-simio.
Con este producto final, los nefilim fueron genéticamente compatibles con las
hijas del Hombre, y pudieron casarse con ellas y tener hijos de ellas. Pero tal
compatibilidad sólo podría darse si el Hombre se hubiera desarrollado a partir
de la misma «simiente de vida», como los nefilim. Y, ciertamente, esto es lo que
los antiguos textos intentaban decir.
El Hombre, tanto en el concepto mesopotámico como en el bíblico, estaba hecho de
la mezcla de un elemento divino -la sangre de un dios o la «esencia» de su
sangre- y de la «arcilla» de la Tierra. Y la verdad es que el término lulu que
se le aplicaba al Hombre, aunque llevando el sentido de «primitivo», significaba
literalmente «aquel que ha sido mezclado».
Habiéndole pedido que diera forma a un hombre, la Diosa Madre «se lavó las
manos, tomó un pellizco de arcilla, lo mezcló en la estepa». (Resulta fascinante
observar aquí las precauciones higiénicas que tomó la diosa. «Se lavó las
manos.» Nos encontramos también estos procedimientos clínicos en otros textos de
la creación.)
El uso de «arcilla» terrestre mezclada con «sangre» divina para crear el
prototipo del Hombre está firmemente establecido en los textos mesopotámicos. En
uno de ellos, donde se cuenta cómo se le pidió a Enki que «efectuara una gran
obra de Sabiduría» -de «saber hacer» científico-, afirma que Enki no tuvo
grandes problemas en llevar a cabo la tarea de «elaborar servidores para los
dioses». «¡Se Puede hacer!», anunció. Y, después, dio estas instrucciones a la
Diosa Madre:
«Mezcla a un corazón la arcilla del Fundamento de la Tierra, -justo por encima
del Abzu- y dale la forma de un corazón. Yo proporcionaré buenos e inteligentes
dioses jóvenes que llevarán esa arcilla hasta el estado adecuado».
El segundo capítulo del Génesis ofrece esta versión técnica:
Y Yahveh, Elohim, formó el Adán de la arcilla del suelo; y Él sopló en sus
narices el aliento de vida, y el Adán se convirtió en una Alma viviente.
El término hebreo que se traduce, normalmente, como «alma» es nephesh, ese
esquivo «espíritu» que anima a la criatura viva y que parece que la abandone
cuando muere. No por casualidad, el Pentateuco (los cinco primeros libros del
Antiguo Testamento) exhorta una y otra vez contra el derramamiento de sangre
humana y la ingestión de sangre animal «porque la sangre es el nephesh». La
versiones bíblicas de la creación del Hombre equiparan, de este modo, nephesh
(«espíritu», «alma») y sangre.
El Antiguo Testamento ofrece otra pista sobre el papel de la sangre en la
creación del Hombre. El término adama (del cual proviene el nombre de Adán)
significa, originalmente, no sólo cualquier tierra o suelo, sino,
específicamente, suelo rojo oscuro. Al igual que la palabra acadia homologa
adamatu («tierra roja oscura»), el término hebreo adama y el nombre hebreo del
color rojo (adom) provienen de las palabras empleadas para designar la sangre:
adatnu, dam.
Cuando el libro del Génesis nombra al ser creado por Dios «el
Adán», emplea un juego de doble significado muy habitual en la lingüística
sumeria. «El Adán» podía significar «el de la tierra» (terrestre), «el hecho de
suelo rojo oscuro», y «el hecho de sangre».
La misma relación entre el elemento esencial de las criaturas vivas y la sangre
existe en los relatos mesopotámicos de la creación del Hombre. Esa especie de
hospital donde Ea y la Diosa Madre engendraron al Hombre recibía el nombre de
Casa de Shimti. La mayoría de los expertos lo traducen como «la casa donde se
determinan los destinos». Pero el término Shimti proviene, inequívocamente, del
sumerio SHI.IM.TI, que, tomado sílaba a sílaba, significa
«respirar-viento-vida». Así pues, Bit Shimti significaría, literalmente, «la
casa donde el viento de la vida se insufla», lo cual es, virtualmente, idéntico
a la afirmación bíblica.
Lo cierto es que la palabra acadia que se empleó en Mesopotamia para traducir el
sumerio SHI.IM.TI fue napishtu -el homólogo exacto del término bíblico nephesh.
Y el nephesh o napishtu era un «algo» esquivo en la sangre.
Aunque el Antiguo Testamento no ofrecía demasiadas pistas, los textos
mesopotámicos eran bastante explícitos en el tema. No sólo afirmaban que hacía
falta sangre para la mezcla de la cual se elaboró el Hombre, sino que también
especificaban que tenía que ser la sangre de un dios, sangre divina.
Cuando los dioses decidieron crear al Hombre, su líder anunció: «Sangre amasaré,
huesos nacerán». Sugiriendo que la sangre se tomaría de un dios específico, «Que
los primitivos se forjen según su [de él] modelo», dijo Ea. Al elegir al dios:
De su [de él] sangre, ellos forjarán a la Humanidad; imponiéndole el servicio,
que libere a los dioses... Fue un trabajo más allá de la comprensión.
Según el relato épico «Cuando los dioses», los dioses llamaron entonces a la
Diosa del Nacimiento (la Diosa Madre, Ninhursag) y le pidieron que realizara el
trabajo:
Mientras la Diosa del Nacimiento esté presente, que la Diosa del Nacimiento
forje una descendencia. Mientras la Madre de los Dioses esté presente, que la
Diosa del Nacimiento forje un Lulu; que el trabajador lleve la carga de los
dioses. Que cree un Lulu Amelu, que él lleve el yugo.
En un antiguo texto babilonio llamado «La Creación del Hombre por la Diosa
Madre», los dioses llaman a «La Comadrona de los dioses, la Hábil Mari» y le
dicen:
Tú eres el útero-madre, la que puede crear a la Humanidad. ¡Crea, pues, a Lulu,
que lleve él el yugo!
En este punto, el texto de «Cuando los dioses» y otros textos Paralelos se
sumergen en una detallada descripción de la creación real del Hombre. Tras
aceptar el «empleo», la diosa (llamada aquí NIN.TI -«dama que da vida»)
estableció unos cuantos requisitos, entre los que había algunos productos
químicos («betunes del Abzu»), para usar en la «purificación», y «la arcilla del
Abzu».
Fuesen lo que fuesen estos materiales, Ea no tuvo problemas en comprender los
requisitos, y, aceptando, le dijo:
«Prepararé un baño purificador, que un dios sea sangrado... De su [de él] carne
y sangre, que Ninti mezcle la arcilla».
Pero, para dar forma al hombre a partir de la arcilla mezclada, también era
necesaria alguna ayuda femenina, algo relativo al embarazo y al parto. Enki
ofreció los servicios de su propia esposa:
Ninki, mi esposa-diosa será la que afronte el parto. Siete diosas-del-nacimiento
estarán cerca, para asistir.
Después de mezclar la «sangre» y la «arcilla», la fase de embarazo y parto
completaría la dádiva de la «impresión» divina sobre la criatura.
El destino del recién nacido tú pronunciarás; Ninki fijará sobre él la imagen de
los dioses; y lo que será él es «Hombre».
Algunas representaciones en sellos asirios bien pueden haberse inspirado en
estos textos, mostrando a la Diosa Madre (su símbolo era el cortador del cordón
umbilical) y a Ea (cuyo símbolo original era el creciente) mientras preparan las
mezclas, recitan los ensalmos y se animan el uno al otro a proseguir.
La implicación de la esposa de Enki, Ninki, en la creación del primer espécimen
no defectuoso del Hombre nos recuerda el relato de Adapa, del que ya hablamos en
un capítulo anterior:
En aquellos días, en aquellos años, el Sabio de Eridú, Ea, lo creó como un
modelo de hombres.
Los expertos han conjeturado que las referencias a Adapa como «hijo» de Ea
implicaban que el dios amaba a este ser humano hasta el punto de adoptarlo.
Pero, en el mismo texto, Anu se refiere a Adapa como «la descendencia humana de
Enki». Parece que la implicación de la esposa de Enki en el proceso de creación
de Adapa, el «Adán modelo», generó algún tipo de relación genealógica entre el
nuevo Hombre y su dios: ¡pero era Ninki la que estaba embarazada de Adapa! Ninti
bendijo al nuevo ser y se lo presentó a Ea. Algunos sellos muestran a la diosa,
flanqueada por el Árbol de la Vida y matraces de laboratorio, sosteniendo al ser
recién nacido.
El ser así engendrado, al cual se refieren una y otra vez en los textos
mesopotámicos como un «Hombre modelo» o un «molde», era, al parecer, la criatura
adecuada, pues los dioses comenzaron entonces a exigir duplicados. Sin embargo,
este detalle, que parece no tener importancia, no sólo arroja luz sobre el
proceso mediante el cual se «creó» a la Humanidad, sino también sobre la
información, de otro modo conflictiva, que aparece en la Biblia.
Según el primer capítulo del Génesis:
Elohim creó el Adán a Su imagen a la imagen de Elohim Él lo creó. Macho y hembra
Él los creó.
El capítulo 5, al cual se le llama el Libro de las Genealogías de Adán, afirma
que:
El día en que Elohim creó a Adán, a semejanza de Elohim Él lo hizo. Macho y
hembra Él los creó, y los bendijo, y los llamó «Adán»
en el mismo día de su creación.
En la misma frase, se nos dice que la Deidad creó, a su imagen y semejanza, sólo
un único ser, «el Adán», y luego se nos dice, en aparente contradicción, que
ambos, macho y hembra, fueron creados simultáneamente. Y las contradicciones
parecen agudizarse más en el segundo capítulo del Génesis, que es el que,
concretamente, nos cuenta que Adán estuvo solo por un tiempo, hasta que la
Deidad lo hizo dormir y elaboró una Mujer a partir de su costilla.
Esta contradicción, que ha confundido a eruditos y teólogos a lo largo de
siglos, desaparece en el momento en que nos damos cuenta de que los textos
bíblicos eran una condensación de las fuentes originales sumerias. Estas fuentes
nos informan de que, después de intentar forjar un Trabajador Primitivo
«mezclando» homínidos con animales, los dioses llegaron a la conclusión de que
la única mezcla que funcionaría sería la de los homínidos con los mismos nefilim.
Después de varios intentos infructuosos, se hizo un «modelo» -Adapa/Adán. Al
principio, sólo había un Adán.
En el momento en que Adapa/Adán demostró ser la criatura adecuada, se le utilizó
como modelo genético o «molde» para la creación de duplicados, y aquellos
duplicados no eran sólo machos, sino machos y hembras. Corno ya dijimos, la
«costilla» bíblica de la cual se forjó la Mujer era un juego de palabras sobre
el término sumerio T («costilla» y «vida») -confirmando que Eva fue hecha a
partir de la «esencia vital» de Adán.
Los textos mesopotámicos nos proporcionan el informe de un testigo ocular acerca
de la primera producción de los duplicados de Adán.
Se siguieron las instrucciones de Enki. En la Casa de Shimti -donde el aliento
de la vida «se insuflaba»-, Enki, la Diosa Madre y catorce diosas del nacimiento
se reunieron. Se obtuvo la «esencia» de un dios, se preparó el «baño
purificador». «Ea limpió la arcilla en presencia de ella; él siguió recitando el
ensalmo».
El dios que purifica el Napishtu, Ea, habló en voz alta. Sentado delante de
ella, él le daba indicaciones a ella. Después de recitar su ensalmo, ella quitó
la mano de la arcilla.
Y ahora nos ponemos al tanto del detallado proceso de creación en masa del
Hombre. Con catorce diosas del nacimiento presentes,
Ninti pellizcó catorce trozos de arcilla; depositó siete a la derecha, depositó
siete a la izquierda. Entre ellos puso el molde. ... el vello ella... ... el
cortador del cordón umbilical.
Es evidente que las diosas del nacimiento se dividieron en dos grupos. «El Sabio
y erudito, a dos veces siete diosas del nacimiento había reunido», sigue
explicando el texto. En sus úteros la Diosa Madre depositó la «arcilla
mezclada». Hay atisbos de una intervención quirúrgica -la eliminación o afeitado
del vello, la preparación de un instrumento quirúrgico, un cortador. Ahora, no
había más que esperar:
Las diosas del nacimiento se mantuvieron juntas. Ninti se sentó a contar los
meses. El fatídico 10° mes se acercaba; el 10° mes llegó; el período para que se
abriera el útero había transcurrido. El rostro de ella irradiaba comprensión: se
cubrió la cabeza, llevó a cabo la obstetricia. Se ciñó la cintura, pronunció la
bendición. Ella sacó una forma; en el molde había vida.
Parece ser que el drama de la creación del Hombre se compuso con un nacimiento
posterior. La «mezcla» de «arcilla» y «sangre» se utilizó para provocar sendos
embarazos en catorce diosas del nacimiento. Pero pasaron los nueve meses y el
décimo mes comenzó. «El período para que se abriera el útero había
transcurrido». Comprendiendo lo que había que hacer, la Diosa Madre «llevó a
cabo la obstetricia». En un texto paralelo (a pesar de estar fragmentado) se ve
con más claridad que la Diosa Madre tuvo que recurrir a algún tipo de operación
quirúrgica:
Ninti... cuenta los meses... Al destinado 10° mes llamaron; la Dama Cuya Mano
Abre llegó. Con el... ella abrió el útero. Su rostro brilló de alegría. Su
cabeza fue cubierta; ... hizo una abertura; lo que estaba en el útero salió.
Abrumada de alegría, la Diosa Madre dejó escapar un grito.
«¡Yo he creado! ¡Mis manos lo han hecho!»
¿Cómo se logró la creación del Hombre?
En el texto de «Cuando los dioses» hay un pasaje cuyo objetivo era explicar por
qué la «sangre» de un dios tenía que mezclarse con la «arcilla». El «divino»
elemento requerido no era la goteante sangre de un dios, sino algo más básico y
duradero. El dios que fue seleccionado, nos cuentan, tenía TE.E.MA -un término
que las destacadas autoridades sobre este texto (W. G. Lambert y A. R. Millard
de la Universidad de Oxford) traducen como «personalidad». Pero el término
antiguo es mucho más específico, pues significa, literalmente, «aquello que
alberga eso que ata la memoria». Y, lo que es más, el mismo término aparece en
la versión acadia como etemu, que se traduce como «espíritu».
En ambos casos, se trata de «algo» en la sangre del dios que era el repositorio
de su individualidad. Tenemos la certidumbre de que todo esto no eran más que
distintas maneras de decir que lo que buscaba Ea, cuando sometió la sangre del
dios a una serie de «baños purifica-dores», eran los genes del dios.
También se nos explica el propósito de la mezcla del elemento divino con el
terrestre:
En la arcilla, el dios y el Hombre se atarán, a la unidad llevados juntos; de
manera que, hasta el final de los días, la Carne y el Alma
que en un dios ha madurado- esa Alma en un parentesco de sangre está atada; como
su Señal la vida proclamará. De manera que esto no se olvide, que el «Alma» en
un parentesco de sangre está atada.
Son palabras mayores, pero poco comprendidas por los estudiosos. El texto afirma
que la sangre del dios se mezcló en la arcilla de manera que ató al dios y al
Hombre genéticamente «hasta el final de los días», de modo que la carne
(«imagen») y el alma («semejanza») de los dioses quedaría impresa sobre el
Hombre en un parentesco de sangre que nunca se podrá romper.
«La Epopeya de Gilgamesh» dice que, cuando los dioses decidieron crear un doble
para el en parte divino Gilgamesh, la Diosa Madre mezcló «arcilla» con la
«esencia» del dios Ninurta. Más tarde, en el texto, la mítica fuerza de Enkidu
se atribuye a que tiene en él la «esencia de Anu», un elemento que adquirió a
través de Ninurta, nieto de Anu.
La palabra acadia kisir se refiere a una «esencia», una «concentración» que
poseían los dioses de los cielos. E. Ebeling resumió sus esfuerzos por
comprender el significado exacto de kisir afirmando que como «esencia, o algún
otro matiz del término, podía aplicarse bien a las deidades, así como a los
proyectiles del Cielo». E. A. Speiser se mostró de acuerdo con que la palabra
implicaba también «algo que bajó del Cielo», y dijo que llevaba una connotación
«como si estuviese indicado utilizar el término en contextos relacionados con la
medicina».
Volvemos a una simple y única palabra en la traducción: gen.
Las evidencias de los textos antiguos, tanto mesopotámicos como bíblicos,
sugieren que el proceso adoptado para mezclar las dos series de genes -los de un
dios y los del Homo erectus- implicaba el uso de genes masculinos como elemento
divino y de genes femeninos como elemento terrestre.
Después de repetir una vez más que la Deidad creó a Adán a su imagen y
semejanza, el Libro del Génesis relata después el nacimiento de Set, el hijo de
Adán, con las siguientes palabras:
Y Adán vivió ciento treinta años, y tuvo un descendiente a su semejanza y según
su imagen; y le puso por nombre Set.
La terminología es idéntica a la usada para describir la creación de Adán por la
Deidad. Pero Set fue, ciertamente, hijo de Adán según un proceso biológico -la
fertilización de un huevo femenino con el esperma masculino de Adán, con la
consiguiente concepción, embarazo y parto. Una terminología idéntica habla de un
proceso idéntico, y la única conclusión plausible es que también Adán fuera
engendrado por la Deidad a través del proceso de fertilización de un huevo
femenino con el esperma de un dios.
Si la «arcilla», en la cual se mezcló el elemento divino, era un elemento
terrestre -como todos los textos dicen-, entonces, la única conclusión posible
es que el esperma masculino de un dios -su material genético- ¡se insertó en el
ovulo de una mujer simio!
El termino acadio para la «arcilla» -o, más bien, «arcilla de moldear»- es tit.
Pero su ortografía original era TI.IT («aquello que está con vida»). En hebreo,
tit significa «barro»; pero su sinónimo es be, que comparte raíz con bia
(«pantano») y bea («huevo»).
La historia de la Creación está repleta de juegos de palabras. Ya hemos visto el
doble y el triple significado de Adán-adama-adamtu-dam. El epíteto para la Diosa
Madre, NIN.TI, que significa tanto «dama de la vida» como «dama de la costilla».
¿Por qué no, entonces, bo-bia-bea («arcilla-barro-huevo») como un juego de
palabras para el óvulo femenino?
El óvulo de una hembra de Horno erectus, fertilizado con los genes de un dios,
se implantó posteriormente en el útero de la esposa de Ea; y, después de
obtenido el «modelo», se implantaron duplicados de esto en los úteros de las
diosas del nacimiento, para someterse al proceso de embarazo y parto.
El Sabio y erudito, a dos veces siete diosas del nacimiento había reunido; siete
engendraron varones, siete engendraron hembras. La Diosa del Nacimiento engendró
el Viento del Aliento de Vida. En pares fueron completados, en pares fueron
completados en presencia de ella. Las criaturas eran Personas- Criaturas de la
Diosa Madre.
El Homo sapiens había sido creado.
Las leyendas y los mitos antiguos, la información bíblica y la ciencia moderna
también son compatibles en un aspecto más. Al igual que los descubrimientos de
los antropólogos modernos -de que el Hombre evolucionó y emergió en el sudeste
de África-, los textos mesopotámicos sugieren que la creación del Hombre tuvo
lugar en el Apsu- en el Mundo Inferior, donde se encontraba el País de las
Minas. Junto con Adapa, el «modelo» del Hombre, algunos textos mencionan a la
«sagrada Amama, la mujer de la Tierra», cuya morada estaba en el Apsu.
En el texto de «La Creación del Hombre», Enki le da las siguientes instrucciones
a la Diosa Madre: «Mezcla a un corazón la arcilla del Fundamento de la Tierra,
justo por encima del Abzu». En un himno a las creaciones de Ea, que «el Apsu
modeló como su morada», se dice:
El divino Ea en el Apsu tomó un pellizco de arcilla, creó a Kulla para restaurar
los templos.
El himno prosigue haciendo una relación de los especialistas en la construcción,
así como de los encargados de «los abundantes productos de la montaña y el mar»
que fueron creados por Ea todos, se infiere, a partir de trozos de «arcilla»
pellizcadas en el Abzu el País de las Minas, en el Mundo Inferior.
Los textos dejan suficientemente claro que, aunque Ea construyó una casa de
ladrillo junto al agua en Eridú, en el Abzu construyó una casa adornada con
plata y piedras preciosas. Fue allí donde su criatura, el Hombre, tuvo su
origen:
El Señor del AB.ZU, el rey Enki... construyó su casa de plata y lapislázuli; de
plata y lapislázuli, como luz centelleante, el Padre forjó convenientemente en
el AB.ZU. Las Criaturas de semblante brillante, surgiendo del AB.ZU, puso en pie
por todas partes el Señor Nudimmud.
Uno puede llegar a la conclusión, a partir de los distintos textos, de que la
creación del Hombre provocó una escisión entre los dioses. Parece que, al menos
al principio, los nuevos Trabajadores Primitivos se restringieron al País de las
Minas. Como consecuencia de ello, a los anunnaki que estaban trabajando
duramente en la misma Sumer se les negaron los beneficios de la nueva mano de
obra.
Un desconcertante texto al que estudiosos llaman «El Mito de
la Piqueta» es, de hecho, la crónica de los acontecimientos por los cuales los
anunnaki que estaban en Sumer bajo el mando de Enlil consiguieron su justa parte
de Gente de Cabeza Negra.
Intentando restablecer «el orden normal», Enlil tomó una decisión extrema: la de
cortar los contactos entre el «Cielo» (el Duodécimo Planeta o las naves
espaciales) y la Tierra, y lanzó una acción drástica contra el lugar «donde la
carne brotaba».
El Señor, lo que es apropiado hizo que sucediera. El Señor Enlil, cuyas
decisiones eran inalterables, verdaderamente se apresuró a separar el Cielo de
la Tierra para que los Creados pudieran salir; verdaderamente se apresuró a
separar la Tierra del Cielo. En el «Enlace Cielo-Tierra» hizo un corte, para que
los Creados pudieran subir desde el Lugar-Donde-Carne-Brotaba.
Contra el «País de la Piqueta y la Cesta», Enlil forjó un arma maravillosa
llamada AL.A.NI («hacha que genera poder»). Esta arma tenía un «diente» que,
«como un buey de un solo cuerno», podía atacar y destruir grandes murallas.
Según las descripciones, debió ser una especie de taladradora gigante, montada
sobre una especie de buldózer, que aplastaba todo lo que se le ponía por
delante:
La casa que se rebela contra el Señor, la casa que no se
somete al Señor, el AL.A.NI la hace someterse al Señor. Del mal..., las cabezas
de sus plantas aplasta; arranca hasta la raíz, rompe hasta la cúspide.
Armando su artefacto con un «rasgador de tierra», Enlil lanzó su ataque:
El Señor hizo sacar el AL.A.NI, le dio sus órdenes. Puso el Rasgador de Tierra
como corona en la cabeza, y lo metió en el Lugar-Donde-Carne-Brotaba. En el
agujero estaba la cabeza de un hombre; desde el suelo, la gente se abría paso
hacia Enlil. Él miró a sus Cabezas Negras con aspecto resuelto.
Agradecidos, los anunnaki hicieron sus solicitudes ante la llegada de los
Trabajadores Primitivos y no perdieron tiempo en ponerlos a trabajar:
Los Anunnaki subieron hacia él, levantaron las manos recibiéndolo, aplacaron el
corazón de Enlil con oraciones. Cabezas Negras le pedían. A las personas de
Cabeza Negra, les hicieron coger la piqueta.
Del mismo modo, el Libro del Génesis transmite la información de que «el Adán»
fue creado en algún lugar al oeste de Mesopotamia para, después, ser llevado al
este, a Mesopotamia, para trabajar en el jardín del Edén:
Y la Deidad Yahveh plantó un huerto en Edén, en el este... y tomó al Adán y lo
puso en el Jardín del Edén para que lo trabajara y lo cuidara.
Véase:
http://www.bibliotecapleyades.net/sitchin/planeta12/12planet_12.htm
Esotérico