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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Tras los pasos de Carlos Castaneda. Por Leonardo Tarifeño. |
Sus libros fueron- y aún son- una auténtica contraseña cultural. Empeñado en ocultarse tras una nube de datos contradictorios, concedió poquísimas entrevistas y dejó detrás de sí una serie de pistas falsas que construyen y alimentan su enigma. ¿Escritor de ficción o antropólogo místico?¿Aprendiz de brujo o mentiroso experto? Carlos Castaneda, el autor del clásico Las enseñanzas de Don Juan, es uno de los escritores más inasibles de la Historia. Un periodista de adnCULTURA siguió el camino de su paso por México y dibujó el retrato conjetural de quien vivió para convertirse en un fantasma.
En la intensa y vastísima historia de la literatura del siglo XX es difícil encontrar un escritor más misterioso que Carlos Castaneda. En un posible escalafón de figuras enigmáticas, apenas se lo podría comparar con Thomas Pynchon, J. D. Salinger o "B. Traven". A Pynchon no se le conoce su cara, pero se sabe que es neoyorquino y sirvió en la marina estadounidense. La vida de Salinger ha podido ser reconstruida, juicios contra el biógrafo aparte, por Ian Hamilton en J. D. Salinger: A Writing Life .
Y de la esquiva personalidad oculta tras el seudónimo "B.
Traven", autor de El tesoro de la Sierra Madre, el investigador Karl S. Guthke
apunta en B. Traven: biografía de un misterio que "la única fecha que conocemos
con certeza de la vida de este misterioso escritor es el día de su muerte". Pero
de Castaneda, aprendiz de brujo en el clásico Las enseñanzas de don Juan y héroe
de la revolución contracultural de los años sesenta y setenta, ni eso.
Muchos de sus seguidores -Castaneda es el tipo de escritor que genera lectores
fanáticos y al borde del fundamentalismo- aseguran que ni siquiera llegó a
morir, ya que antes su cuerpo habría emprendido el "vuelo mágico" del "nahual"
(término que designa al líder de un grupo de chamanes).
No hay datos incontrovertibles acerca de su desaparición física, y también hay bancos de neblina alrededor de su presunto lugar de nacimiento, su verdadero nombre, y por supuesto, la autenticidad de sus libros, basados en las experiencias de "realidad no ordinaria" vividas con un indígena yaqui (a quien nadie vio nunca), que bien podrían pertenecer al campo de la antropología, la magia, la ficción o algo tan extraño que no tiene nombre.
Graduado en Antropología de la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA), en 1968 causó un auténtico terremoto literario y sociológico con Las enseñanzas de don Juan, libro que ya lleva vendidos más de diez millones de ejemplares en todo el mundo y que, en su momento, recibió los elogios de gente tan dispar como el poeta mexicano Octavio Paz, el sociólogo Theodore Roszak y la novelista Joyce Carol Oates, entre muchísimos otros.
En esa obra, planteada originariamente como su tesis académica, Castaneda relata en primera persona la reeducación cultural a la que lo somete el indio Juan Matus, un yaqui proveniente de Sonora al que conoce por casualidad -o, en sus palabras, "acuerdo"- en la parada de un autobús Greyhound, en un pueblo de la frontera entre México y Estados Unidos.
Para hacerle evidente esa "realidad aparte" que conduce a una forma alternativa de conocimiento, Don Juan lo inicia en el camino de expansión sensorial que producen el peyote, los hongos alucinógenos y el toloache, todas plantas sagradas en la cosmogonía del México antiguo.
El resultado, que empieza en Las enseñanzas... y se prolonga muy especialmente en Una realidad aparte (1971), Viaje a Ixtlán (1972) y Relatos de poder (1974) es un paisaje literario inclasificable en el que conviven la antropología, el relato de no ficción, la ficción enmascarada, el diario íntimo y, también, el germen de lo que décadas después sería la autoayuda de Paulo Coelho y Miguel Ruiz.
Sus libros pueden leerse como un retrato veraz o como una pura ficción (Castaneda siempre afirmó en sus textos que los hechos narrados eran reales), y de cualquier manera su impacto tiende a cuestionar la vida y los valores del lector. "Terminé en un campo que era tierra de nadie. No era tema de la antropología o la sociología, la filosofía o la religión -escribe el autor en el comentario introductorio a la edición que conmemora los 30 años de Las enseñanzas... -.
Había seguido las reglas y las configuraciones propias del fenómeno, pero no había tenido la capacidad de salir a la superficie en un lugar seguro. En consecuencia, arriesgué mi esfuerzo total al caerme de las escalas académicas apropiadas, las que miden su valor o la carencia de él."
Tal vez la mejor explicación del enigma que surca esta obra
pertenezca al siempre lúcido Octavio Paz, cuyo extraordinario prólogo a la
primera edición española de Las enseñanzas... todavía da en el blanco, casi 35
años después de su publicación. Dice Paz, Premio Nobel de Literatura en 1990:
Confieso que el "misterio Castaneda" me interesa menos que su obra. El secreto
de su origen -¿es peruano, brasileño o chicano?- me parece un enigma mediocre,
sobre todo si se piensa en los enigmas que nos proponen sus libros. [...].
¿Antropología o ficción literaria? Se dirá que mi pregunta es ociosa: documento
antropológico o ficción, el significado de la obra es el mismo. [...] Si los
libros de Castaneda son una ficción literaria, lo son de una manera muy extraña:
su tema es la derrota de la antropología y la victoria de la magia; si son obras
de antropología, su tema no puede serlo menos: la venganza del "objeto"
antropológico (un brujo) sobre el antropólogo hasta convertirlo en un hechicero.
Antiantropología.
Sin pensar demasiado en si Paz tenía razón o no al considerar una fantasía
irrelevante el "misterio Castaneda", algunas circunstancias me llevaron de a
poco a interesarme en la vida, obra y milagros de este escritor célebre y
desconocido a la vez, mago y chamán para unos y mentiroso patológico para otros.
En 1999, viviendo en México DF., una amiga argentina que acababa de leer Las enseñanzas de don Juan me preguntó qué sabía del autor. Yo, que presumía de crítico literario metido a periodista, no le pude decir nada. Días más tarde, en una fiesta en la casa del escritor mexicano Enrique Serna, conocí al editor Andrés Ramírez, de quien me hice amigo a la primera copa.
Con el espíritu afable y abierto que los mexicanos suelen prodigar a los extranjeros, Andrés rápidamente me propuso ir un día a la casa con piscina de su padre, a la que describió como un hermoso refugio de sol eterno enclavado entre las alturas de Cuautla, muy cerca de la zona que Malcolm Lowry inmortalizara con las pesadillas de Bajo el volcán.
Pocas semanas después, la revista Gatopardo me envió al pueblito Real de Catorce, en el estado mexicano de San Luis Potosí, para que desde allí entrara al desierto, comiera el cactus alucinógeno peyote y escribiera una crónica sobre el viaje y los espeluznantes resultados del singularísimo menú.
A mi regreso al DF., y todavía bajo los efectos místicos del cactus, busqué algunos libros de Castaneda que no había leído, para comparar lo que él decía sobre el peyote con la indescriptible experiencia que a mí me había tocado vivir. El primero de sus libros que cayó en mis manos fue El don del águila, el quinto de la serie, cuya traducción estaba a cargo del escritor José Agustín.
Durante los días de esa extraña lectura postalucinógena, un
amigo de Andrés llamó para decirme que todavía no sabía cuándo podríamos ir a la
casa de Cuautla, y aprovechó para preguntarme si mientras tanto quería leer
algunos libros del dueño de aquella casa de sol y piscina. Esa misma tarde, ese
amigo pasó por mi casa con De perfil y Contra la corriente. ¿El autor de los
libros? José Agustín.
En Contra la corriente, Agustín ensaya en la crónica "Carlos Castaneda" un
invalorable retrato del Señor X de los escritores. Recuerda que lo conoció en
1972, un día después de que éste se apareciera sin avisar (al parecer, una
característica permanente en Castaneda) en la casa del poeta Juan Tovar,
traductor al español de Las enseñanzas... , Una realidad aparte, Viaje a Ixtlán
y Relatos de poder.
La tarde siguiente, Tovar tenía una cita con Castaneda en el céntrico hotel María Isabel, y antes de ir llamó a Agustín para que lo acompañara. "Lo primero que me sorprendió, al verlo de lejos, fue el parecido que le encontré con Peter Lorre, el gran Joel Cairo de Casablanca -escribe Agustín-.
Desde un principio Carlos se mostró notablemente radiante,
informal, afectuoso y generoso [...]. No fumaba ni cigarros fresas [tabaco];
tampoco bebía, aunque se complacía viéndonos a gusto y nos invitaba cervezas y
excelente vino importado [...]. Nos dijo desde entonces que había nacido en
Brasil, pero que se educó en la Argentina y que finalmente acabó estudiando
Antropología en la UCLA [...]. Además, me pareció rarísima su manera de hablar
español, pues lo hacía con un acento imprecisable, con términos y dejos de
varios países y el uso de expresiones muy peculiares como hijo de la gran
flauta, San Puta, como Kiko y Kako , etcétera".
Cuando llegué a su casa de Cuautla, en los parlantes sonaba Electric Light
Orchestra. Agustín es un tipo moreno, fuerte y saludable, de los que parecen
estar de vuelta de todo y practicar el culto a la buena vida sin complicaciones.
Se veía que no lo entusiasmaba hablar de un amigo que jamás quiso revelar
absolutamente nada de su vida personal, pero también es verdad que podía hacerlo
si le daban ganas.
Pusimos discos de Rod Stewart, comimos a un lado de la
piscina y sin darnos cuenta él empezó a recordar. "Era un tipo de actitudes
extrañas. Un día estábamos presentando un libro suyo, no recuerdo cuál, por
Paseo de la Reforma, y de repente, mientras yo hablaba, levanto la vista y lo
veo en la puerta, haciéndome caras y morisquetas -me dijo-. Y yo pensaba: puta
madre, no es posible, todo el mundo aquí cagándose por saber quién es Castaneda,
y él está aquí presente... y no lo sabíamos más que dos o tres. Recuerdo que
todavía me bajé de la mesa, fui, le di un abrazo, y me dijo: ´¡qué bárbaro,
cuántas pendejadas dijiste! , así que le pedí que subiera al escenario. ´¡No, ni
madres! , me contestó, con esa risa tan suya...".
-¿No le daba curiosidad saber más cosas de él?
-Yo lo aceptaba como era, en ese sentido soy muy poco curioso, si él no tenía el
menor deseo de decir nada acerca de eso, pues no digas nada y a la chingada. Era
un tipo tan simpático, tan agradable, que no se necesitaba andar hurgándole
mucho.
-¿Tenía algo de brujo?
-Es difícil pronunciarse. Sí puedo contar que una vez, en 1986, fui a dar una
conferencia a Santa Bárbara, y resultó que ahí conocí a unos maestros con
quienes agarré una empatía inmediata y me invitaron a cenar. Primero me llevaron
a un restaurante y luego a tomar la copa a la casa de uno, allí no se podía y
entonces nos fuimos a la casa de otro, y a los diez minutos de entrar sonó el
teléfono para mí. Atendí, extrañado, y del otro lado estaba Castaneda. Me asusté
muchísimo y le pregunté cómo podía saber que yo estaba allí. "Bueno, es uno de
mis chistes", contestó.
-¿Qué valoración hace de sus libros? ¿Son realidad o
ficción?
-Para mí son como Las mil y una noches: se trata de una gran obra literaria, que
puede tener un basamento real, y sin duda lo tiene. Yo creo que un 70% de lo que
plantea es cierto, y si algo hilvana para concatenar esas realidades, será un
30%. De hecho, después de tratarlo personalmente me resulta difícil creer que no
conoció a don Juan y a gente muy especial, por sus propias condiciones físicas.
-¿Por ejemplo?
-Y, una vez me tocó verlo semidesnudo, estaba en un hotel y nos recibió al
cineasta Jorge Fons y a mí. Por primera vez lo veía sin camisa, y tenía una
corpulencia... ¡De fisicoculturista, tipo Schwarzenegger! Y era evidente que
éste no iba al gimnasio, así que le pregunté, "¿puta, pero cómo puedes estar tan
mamado, mano?"
Y me contestó "pues por la pinche vida que me hace hacer don
Juan". "Y eso no es nada", siguió, y se subió el pantalón y me mostró un músculo
muy raro que le salía en los tobillos, una bola dura que según él sólo aparece
cuando se ejercita lo que él llamaba "el paso de poder", o el "correr en la
oscuridad". Entonces, si él inventaba todas estas cosas, era tan meticuloso en
su invención que hasta modificaba su propio cuerpo, lo cual ya para un escritor
es demasiado sacrificio.
El perfil de Castaneda dibujado por Agustín coincide con el que hace la mayoría
de quienes lo trataron, el director Fons, la actriz Julie Furlong y la poeta
Elsa Cross, entre ellos. El escritor mexicano Héctor Manjarrez lo conoció en
1975, en la casa de los artistas Vicente y Alba Rojo, y desde entonces entabló
una larga relación con él, basada sobre todo en extensísimas conversaciones
telefónicas impulsadas por Castaneda, que llamaba -según decía- desde algún
lugar del desierto de Sonora. "Después de conocerlo me pasaba de sentir que ese
día iba a llamar, y al rato sonaba el teléfono y era él. Varias veces fue así",
me contó la tarde en que fui a visitarlo a su casa de la Villa Olímpica del DF.
-¿Cómo era Castaneda?
-Es un tipo muy raro Castaneda, extraordinariamente singular... Qué raro, estoy
hablando en presente... Te decía, extraordinariamente seductor, muy simpático,
no me cabe la menor duda de que tenía... ¿Cómo lo podemos llamar? Poderes
hechiceros, poderes mágicos, los tiene, los tenía...
-¿Por qué habla de él en presente?
-No sé, es algo muy curioso. Yo creo que aún si se demostrara que fue uno de los
grandes escritores de todos los tiempos, igual lo más importante en él es que
vivió experiencias extraordinarias y hacía que uno viviera lo mismo.
-¿Qué experiencias extraordinarias le hizo vivir a
usted?
-No sé si fue él. Pero la noche en que lo conocí, salí de la casa de Vicente
Rojo y me puse a caminar hacia la mía. Iba por el bulevar, de Coyoacán hacia San
Ángel, por Taxqueña, y al mirar de frente, poco antes del crepúsculo, me di
cuenta de que podía ver unas cinco o seis cuadras con total claridad.
Veía toda la gente, las caras, y de repente vi, de mi lado,
dos tipos con dos perros negros, doberman, y me dije "son nahuales". Sin ponerme
a reflexionar, pensé "bueno, si son nahuales no me van a hacer nada, porque esto
lo debe producir Castaneda". Entonces yo seguí mi camino, los dos tipos y los
dos perros cruzaron la calle, se metieron al bulevar, caminaron hacia mí y los
pinches doberman hijos de la chingada se siguieron pero volteando, como dos
personas...
-... ¿que lo cuidaban?
-Que me cuidaban y me asustaban. Dándome una lección. O una enseñanza.
Ya dejaba la casa de Manjarrez cuando me advirtió: "ten cuidado con lo que vayas
a escribir. Castaneda es de verdad. Y no se puede tener una actitud ingenua con
el poder. Es como un enchufe. Por más buena onda que quieras ser, si pones los
dedos en el enchufe, te va a dar electricidad".
Lo curioso es que el propio Castaneda habría sido ingenuo con respecto al poder,
en su caso ejemplificado en la figura de don Juan. Si hay un poco de verdad en
lo que cuenta, se habría acercado al yaqui como quien cree que nunca será
sorprendido por alguien inferior, y el indígena le habría demostrado que el
sabio no era el científico, sino él. En esa autocrítica racional reside buena
parte del encanto de su obra y quizá también el del Carlos-persona, a juzgar por
la pormenorizada descripción que en 2004 hizo el editor Michael Korda (quien
publicó en Simon & Schuster la versión estadounidense de Las enseñanzas ...) en
Editar la vida:
Era un hombre robusto, de pecho amplio y muscular, de complexión morena, ojos oscuros, pelo rizado negro, corto, y una sonrisa de dentadura perfecta. [...] Casi nunca, si acaso, me había sido agradable alguien tan rápido, [tenía] una especie de inocencia, no del tipo naïve sino del tipo que uno supone que tienen los santos, los hombres sagrados, los profetas y los gurús.
El espíritu de Castaneda era definitivamente pantagruélico y su lenguaje abusivo, y tenía un mordaz sentido del humor, sin embargo, emitía de alguna manera un auténtico y potente soplo de poder no terrenal. [...] La verdad es que todos los chamanes exitosos y hombres santos son actores. [...]
Tal vez Castaneda había actuado en la escuela, en Brasil o
Argentina, o donde fuera que haya crecido (un asunto que nunca quedó realmente
claro), pero su don natural para la actuación lo hubiera hecho un estudiante
exitoso en el Actor's Studio. Sin embargo, creí entonces en cada palabra de su
libro y aún lo hago. Detrás de los trucos astutos -el aislamiento, la deliberada
ofuscación de su biografía, su deleite al dejar pistas falsas para confundir a
los periodistas-, Carlos Castaneda era real. Más real, de hecho, de lo que sus
lectores más devotos pudieran pensar, ya que tenía un sentido común pedestre, de
campesino...
Ni siquiera Margaret Runyan, la primera esposa de Castaneda y madre de Carlton
Jeremy, el hijo de ambos (no reconocido por el escritor), que cuenta aquellos
años de convivencia en Un viaje mágico con Carlos Castaneda (1999), contradice
la opinión generalizada sobre el carácter de su ex.
Tampoco lo hace Amy Wallace, hija del escritor Irving Wallace y amante de Carlos, cuya historia puede leerse en Aprendiza de bruja. Mi vida con Carlos Castaneda (2003), tal vez el único libro testimonial en el que se profundiza críticamente en los abusos de poder que habría tenido el Castaneda millonario (su herencia se calcula en más de 50 millones de dólares), mitómano y manipulador (primero) y víctima (después) de Florinda Donner, Taisha Abelar y Carol Tiggs, las tres mujeres con las que vivió durante años en Los Ángeles, todas desaparecidas en misteriosas circunstancias.
Da la impresión de que el alegre Carlos nunca fue el mismo después del catastrófico exposé que produjo la edición del 5 de marzo de 1973 de la revista Time, cuya nota de tapa estaba dedicada a él con una entrevista y una investigación. En la entrevista, él afirmaba que era brasileño; la investigación demostraba que había nacido en Cajamarca, norte de Perú, el 25 de diciembre de 1925.
En esas páginas, él hablaba del peyote como una planta inherente a la cultura yaqui; en el texto firmado por la reportera Sandra Burton (como ya lo había hecho el periodista mexicano Fernando Benítez en 1968, antes de que el esquivo don Juan apareciera en escena) se recordaba que en la zona donde viven los yaquis ni siquiera crece ese cactus.
"Pedirme que verifique mi vida proporcionándoles estadísticas es como usar la ciencia para corroborar la brujería", se defendió entonces el autor, con el argumento de que la libertad de movimientos de un brujo, en esta dimensión y sobre todo en las otras, depende de que nadie sepa quién y cómo es.
"Un gurú tramposo es, ciertamente, un ilusionista, pero podríamos preguntarnos si el arte no es otra cosa que ilusión -escribió Alan Watts en El gurú tramposo (1974), quizás inspirado en Castaneda-. Si el universo es sólo una vasta mancha de Rorscharch sobre la que proyectamos nuestras medidas e interpretaciones, y si el pasado y el futuro carecen de existencia real, un ilusionista es simplemente un artista creativo que cambia la interpretación colectiva de la vida, e incluso la mejora." ¿La mentira en la vida de Castaneda, muy probablemente también presente en su obra, habrá sido una forma perversa de elevar el engaño a categoría de arte terapéutico?
¿Qué llevó a Castaneda a esconderse de propios y extraños,
cuando podría haber vivido como un escritor reconocido y más allá del Bien y del
Mal? Y en cuanto a sus libros, ¿se puede inventar todo lo que inventó sin
basarse ni siquiera un poco en la realidad?
Con esas preguntas en la cabeza partí rumbo a Hermosillo, a un lado del desierto
de Sonora, en busca de las comunidades yaqui por donde se supone que Castaneda
habría conocido a don Juan. En el DF., la especialista María Eugenia Olavarría,
profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), me contactó con el
etnólogo Alejandro Aguilar, de Hermosillo.
Bajo el calor del desierto, Aguilar me llevó en camioneta a Pótam, una de las aldeas yaquis más antiguas. El pueblo es la suma de cuatro barrios polvorientos y secos, en la que se hablan distintas variantes de la lengua yaqui pero poco de español y nada de inglés.
Aguilar me presentó al enlace indígena del pueblo con los funcionarios de Hermosillo, quien por lo bajo se rió de mi búsqueda. Recordó que a fines de los años sesenta llegaban miles de blancos como yo, pero aquellos con la única intención de drogarse de la mano de indios sabios.
Ahora, parecía, llegaban periodistas interesados en algo que, para él, era otro tipo de opio, igual de ridículo y sin ninguna importancia. Por cierto, mi interlocutor se llamaba Juan Matus, como tres parientes más que en ese momento estaban en su casa de adobe.
Amable y serio, me acercó hasta el cementerio, donde en ese momento se llevaba a cabo un ritual funerario. Me dejó bajo un árbol, protegido del sol. A pocos metros, unas ancianas estaban sentadas en la puerta de un galpón muy pequeño; los niños jugaban y los hombres se movían muy lentamente y en silencio, como en sueños.
Con el mayor respeto del que fui capaz, me acerqué primero a los hombres, luego a las ancianas; ninguno hablaba mi idioma, y si me entendían, se cuidaban muy bien de demostrarlo. Al rato volví a mi árbol, entonces fueron los niños los que se acercaron. Tampoco me entendían ni querían hablar conmigo, apenas si me observaban como a un ejemplar biológico rarísimo.
Castaneda debió de haber tenido mucha suerte, pensé, para que un indígena como estos le haya prestado atención en la parada del autobús Greyhound, luego lo haya invitado a su casa y, por último, le haya querido revelar todos los secretos mágicos de una cultura antiquísima.
Me fui sin haber podido hablar con nadie, sólo con el recuerdo de lo que me había dicho el escritor y "psicomago" Alejandro Jodorowsky días antes de viajar a Sonora. ...l había conocido a Castaneda a mediados de los años setenta, en un restaurante mexicano.
Carlos había ido a cenar con Jorge Fons; Jodorowsky, con Julie Furlong y otra mujer. Según Jodorowsky, Castaneda lo reconoció, fue hasta su mesa, comieron alegremente, y de ahí los cinco fueron al hotel donde se hospedaba el chileno, enredados en una conversación sobre la película que podrían hacer juntos.
De acuerdo a Jodorowsky, la velada terminó mal, porque en un segundo todos empezaron a sentirse muy enfermos, con un tremendo dolor de estómago, y cada uno debió partir de urgencia para sus respectivas camas. Pero la historia de esa noche no se correspondía con lo que ya me habían contado Fons y Furlong; para el director, no fueron juntos a ningún lado, y tras comer en el restaurante se habrían despedido en la puerta; y en palabras de la actriz, todo había acabado bien, en el hotel del director de Santa Sangre y sin ningún enfermo a la vista.
¿La magia perturbaba la coherencia de la historia? ¿Había alguna mentira en el medio? ¿O, simplemente, cada uno recordaba lo que podía, a tantos años de distancia? Cuando confronté a Jodorowsky con todas esas versiones de la misma noche, me miró con los ojos de un niño, sonrió y me dijo: "Mira, si es mentira, es una mentira sagrada". Con el calor del desierto quemándome la cabeza y los pies, sentí que a veces no hay más verdad que ésa.
El misterio de su misterio
¿Qué razones había para que Carlos Castaneda se ocultara sistemáticamente, evitara ser fotografiado y dejara un reguero de pistas falsas sobre su biografía? Una respuesta posible la da el propio don Juan en Una realidad aparte (1971). A la hora de explicarle cómo opera un brujo -o, al menos, un "guerrero"- el supuesto indígena yaqui le explica a su discípulo que "poco a poco tienes que crear una niebla en tu alrededor; debes borrar todo cuanto te rodea hasta que nada pueda darse por hecho, hasta que nada sea ya cierto.
Tu problema es que eres demasiado cierto. Tus empresas son
demasiado ciertas; tus humores son demasiado ciertos. No tomes las cosas por
hechas. Debes empezar a borrarte (...) Empieza por lo fácil, como no revelar lo
que verdaderamente haces. Luego debes dejar a todos los que te conozcan bien.
Así construirás una niebla en tu alrededor".
Quienes prefieren creer al pie de la letra todo lo escrito por el autor de Las
enseñanzas de don Juan tienen la justificación del misterio personal
castanediano en ese y otros párrafos del estilo, que recorren sus doce libros.
De hecho, Castaneda abandonó a su primera mujer, Margaret Runyan, en los años
del supuesto aprendizaje que él mantenía en el desierto.
Y, al mismo tiempo, dejó de escribirle a su hermana, en el pueblo peruano de Cajamarca, la única persona de su familia con la que mantuvo contacto después de la muerte de su padre, el relojero César Arana Burungaray. Lo que no sigue la misma lógica es la entrevista que en esa época le concede a Time, publicada el 5 de marzo de 1973, donde no pocas afirmaciones del autor -especialmente, su presunto origen brasileño- quedan en fuerte contradicción con los datos expuestos por el equipo de investigación de la revista.
A partir de entonces aparecieron las mayores críticas sobre la autenticidad del trabajo antropológico de Castaneda. PhD. por la UCLA y profesor en esa misma universidad, otros antropólogos e investigadores se ocuparon de minar seriamente su credibilidad. "El libro no contiene bibliografía alguna ni posibles claves sobre los yaquis y su modo de vida; en verdad, si se hubiera descrito a don Juan como habitante de Marte, la diferencia hubiera sido mínima" escribió el antropólogo Edmund Leach en su artículo "High School", una de las primeras reseñas negativas de Las enseñanzas...
El especialista en plantas sagradas del antiguo México, R. Gordon Wasson, le mandó una carta a Castaneda para que le diera detalles sobre la súbita aparición de peyote, hongos y toloache en tierra yaqui, pero el autor nunca le contestó. Y mucho más tarde, en 2001, Margaret Runyan contó que, para ella, el apellido "Matus" de don Juan vendría de "Mateus", el vino portugués que a finales de los 60 era el preferido de Carlos y ella. ¿A quien creerle? ¿A aquellos que atacan la falta de respuestas claras, o al brujo que exige la creación de una niebla personal?
Persiguiendo a un tal Castaneda
¿Cómo se persigue a un fantasma? Siguiendo sus pasos,
apretando los dientes y manteniendo la fe. Leonardo Tarifeño se propuso todo eso
hace ocho años, cuando vivía en México y volvió a despertar dentro de él aquella
vieja pasión adolescente por uno de los escritores más enigmáticos de la
historia escrita de América latina: Carlos Castaneda, el esquivo y mítico
divulgador de don Juan.
Hay un período de nuestra adolescencia en que la posibilidad de "otra realidad",
las filosofías contraculturales y las religiones no tradicionales se vuelven un
juego metafísico y fascinante. Por lo general, luego el materialismo histórico o
simplemente el pragmatismo de la vida diluyen esa inofensiva vocación
espiritual, o al menos la reconvierten. Alrededor de mí se leía en aquellos
tiempos a Hermann Hesse (Demian), a Lobsang Rampa (El tercer ojo) y a Carlos
Castaneda (Las enseñanzas de don Juan).
Marcela, la hermana mayor de Tarifeño, lo llevaba a reuniones con sus amigos y
amigas. " Algunos andaban con su ejemplar de Las enseñanzas de don Juan medio
escondido -cuenta Leo-. Lo ocultaban y nadie quería ser visto con él. Yo no
entendía qué podía tener un libro de peligroso. No podía imaginar que era un
libro perseguido por la dictadura militar, acusado de hacer apología de la
droga."
Supuesto antropólogo y controvertido escritor, Castaneda afirmaba haberse
convertido en chamán tolteca luego de un fuerte entrenamiento para modificar la
conciencia y la percepción, ayudado en algunos casos por alucinógenos. Sus
libros, que son una mezcla de misticismo, sociología, filosofía, hechicería,
autobiografía y ficción pura, vendieron cerca de veinte millones de ejemplares
en todo el mundo. Octavio Paz confesaba que le interesaba menos "el misterio
Castaneda" que su obra: su tema es la derrota de la antropología y la victoria
de la magia.
El misterio Castaneda, al que se refería Paz, es lo que en realidad más interesó
a Tarifeño. La biografía del escritor está llena de enigmas, silencios, datos
erróneos, mentiras armadas, picardías criollas y revelaciones. Desde el lugar de
su nacimiento hasta la fecha de su muerte. Aclaremos: algunos sostienen que
Castaneda ni siquiera ha muerto.
Es que el autor de Viaje a Ixtlán, a quien se acusó muchas veces de gran
fabulador, le escapó siempre a las explicaciones y a los medios. Al estilo
Salinger, se escondió de los periodistas y ahondó su propia leyenda. Dicen que
por eso mismo vivió como un tremendo fracaso la tapa de la revista Time , que
investigó su vida y fenómeno, y logró entrevistarlo y sacarle una foto, aunque
en ella no se veían bien sus facciones. Casi no hay retratos frontales de
Castaneda en ningún archivo público del mundo.
Entusiasmado en México por toda esta historia, Tarifeño persiguió durante todos
estos años al fantasma, y hubo momentos en que pareció que podía atraparlo.
Entrevistó a la hermana del escritor, conoció a sus amigos y asistentes,
consiguió confesiones de sus compañeros de escuela, contactó a quienes lo
trataron en los Estados Unidos, encontró documentos sobre su muerte, leyó no
pocos libros sobre contracultura, tomó un curso de tensegridad (la disciplina
inspirada en el chi kung chino que, se supone, don Juan le enseñó a Castaneda)
con discípulos del chamán, probó el peyote y caminó el desierto.
El resultado de esa inusual investigación puede leerse a lo largo de seis
páginas de esta edición de adn CULTURA. Un fantasma no puede ser atrapado, pero
ya se sabe: alguien sin miedo y con vocación verdadera puede sacarlo a la luz,
aunque más no sea, por un instante. Tarifeño logró hacerlo.
Fuente: La Nación
Para leer "Las enseñanzas de Don Juan": http://www.bolinfodecarlos.com.ar/don_juan.htm