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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Tedesco responsabiliza a los padres por la violencia de los chicos. Por Mariano de Vedia. |
La seguidilla de episodios de violencia juvenil en las
escuelas, incrementada en las últimas horas con nuevos casos en San Isidro,
Entre Ríos y Tucumán, enciende una luz de alarma en las aulas. Pero para el
ministro de Educación, Juan Carlos Tedesco, la raíz del problema no está en los
colegios y tampoco en los chicos. La responsabilidad es de los adultos y,
principalmente, de los padres, dijo ayer en una entrevista con LA NACIÓN.
“¿Dónde aprenden los chicos estas conductas? ¿Quién se las está enseñando? No es
la escuela ni son los maestros”, advirtió Tedesco, de 63 años y con larga
experiencia en organismos de la Unesco. Fundamentó su opinión en que los chicos
conviven en una sociedad con un clima que favorece la permisividad y el hábito
de no respetar la norma.
“No se le puede transferir a la escuela la responsabilidad de resolver problemas
que ella no genera”, afirmó, al describir las imágenes cada vez más frecuentes
de chicos que van armados al colegio, grupos que se golpean ferozmente y hasta
el caso de un adolescente que acuchilló a un compañero en clase.
Los habituales cortes de calles y de rutas, la violencia policial, la
discriminación en los boliches y las animaciones de los juegos electrónicos,
muchos de los cuales invitan literalmente a eliminar al otro, son el paisaje
cotidiano que rodean estos episodios de violencia que se viven en las aulas y en
los alrededores de las escuelas.
"No hay recetas mágicas", advirtió el ministro de Educación. Pero estimó que
para atender el nuevo fenómeno de la violencia en los colegios hay que
fortalecer la capacidad de los maestros para detectar síntomas que puedan
derivar en episodios de violencia y pedir a los padres que se animen a poner
límites.
"Los adultos estamos perdiendo nuestra calidad de adultos. Hay un problema en la
relación con la juventud. Hoy todos queremos ser jóvenes y la sociedad tiende a
perder esa distinción entre joven y adulto", precisó Tedesco, que desde
diciembre último integra el gabinete de Cristina Kirchner.
-¿Crecieron los episodios de violencia en la
escuela?
-Es difícil saber si hay un recrudecimiento. En estos días aparecieron muchos
fenómenos de violencia escolar, pero tienen características muy diferentes entre
sí. Hay una tendencia a poner en una misma categoría episodios propios de
violencia escolar, como la agresión de un chico a la maestra, y otros que no lo
son, como cuando dos chicos se pelean por una novia a 15 cuadras de distancia
del colegio. Hay que hacer distinciones, porque cada caso tiene causas distintas
y requieren estrategias diferentes.
-¿La situación le preocupa?
-Nos preocupa mucho todo lo que está pasando. Pero primero debemos preguntarnos:
¿dónde aprenden los chicos estas conductas? ¿Quién les está enseñando? No es la
escuela ni los maestros. No es en la escuela donde se aprende a resolver los
conflictos por la vía violenta ni donde se enseñan formas de agresión. Tampoco
son los maestros los que enseñan estas cosas
-¿Dónde las aprenden?
-Hay que comenzar a identificar ámbitos de enseñanza y aprendizaje de esas
conductas violentas. Y puede ser desde los medios de comunicación y los
jueguitos electrónicos hasta el propio ámbito familiar y el barrio. Son muy
frecuentes, en algunos casos, los fenómenos de maltrato infantil. En la escuela
se enseña a resolver los problemas en forma pacífica, se practica la
convivencia, se enseña a manejar la lengua y el diálogo. Quizá no lo estemos
haciendo con la intensidad, profundidad y eficacia que la realidad requiere.
-¿Hay fallas en la escuela?
-Más que hablar de fallas, tenemos necesidad de incrementar las acciones de
prevención de la violencia. Necesitamos fortalecer la capacidad de los maestros
para resolver estos problemas. Muchos de ellos no están formados para esta
tarea. Tenemos el Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas, que
atiende cuatro programas, destinados a la convivencia y mediación escolar y a
garantizar los derechos de los niños y los adolescentes.
-¿Con qué resultados?
-Está haciendo estudios, investigaciones. Todos los datos, al igual que otros
informes, coinciden en que en su gran mayoría los alumnos viven en la escuela un
clima de paz, de convivencia y buenas relaciones. Los fenómenos de violencia más
frecuentes son los casos de hostigamiento, mala conducta, agresiones, burlas a
un compañero, robos y destrozos de útiles. Los que llegan a situaciones de
verdadera violencia son de escasa magnitud. No llegan al 3% de las escuelas del
país.
-¿Hay registros?
-Muchos se basan en los informes que publican los diarios. En la Universidad de
San Andrés midieron los episodios que registraron los diarios entre 1997 y 2001
y concluyeron que hubo 108 casos. Es un fenómeno marginal, si se tiene en cuenta
que el sistema educativo argentino tiene 42.000 escuelas y millones de alumnos.
No hay que crear la sensación de que estamos en un fenómeno masivo de
universalización de la violencia.
-¿Por qué considera que el tratamiento del tema en
los medios es perjudicial?
-A veces la excesiva mediatización de estos fenómenos impide un tratamiento
educativo y pedagógico del problema. En muchos casos hay afán por salir en los
medios. Las situaciones exigen tratar estos temas desde la discreción y el
anonimato.
-¿En qué falla el Estado y en qué fallan los padres?
-No hay que analizar el tema en esos términos. Si hay un padre ausente, más que
una falla es un fenómeno social. Si hay una falla es en la prevención, en no
detectar anticipadamente síntomas que pueden llevar a fenómenos de violencia.
Hay que fortalecer radares, la capacidad de observación y de hacer diagnósticos
preventivos.
-¿Quiénes son responsables de atender esos síntomas?
-En la escuela, los docentes, los directivos, el personal especializado. Desde
otro lado, los padres también pueden apreciar conductas en sus hijos que puedan
anticipar el fenómeno. A eso suma la necesidad de fortalecer el vínculo
escuela-familia.
-¿Hoy está deteriorado?
-En algunos casos sí está debilitado; en otros, no. Hay contextos sociales y
culturales distintos.
-¿Los padres se han desentendido de esa tarea?
-Hay un problema de los adultos en su relación con los jóvenes. Estamos
perdiendo nuestra calidad de adultos. Hoy todos queremos ser jóvenes y se tiende
a perder esa distinción entre joven y adulto.
-¿Cuál es la consecuencia?
-Eso hace que la permisividad, que existe, se convierta en muchos casos en
abandono. La permisividad consiste en que yo no me hago cargo del otro. Y a
veces hacerse cargo significa decir no. Muchos adultos interpretan que decir no
y poner límites es ejercer un nivel de represión y autoritarismo negativo. Y en
muchos casos es todo lo contrario. Decir no es un límite de protección, basado
en el cariño y en el afecto.
-¿Eso es exclusiva responsabilidad de los padres?
-Uno lo ve en la TV, en los modelos que muestra. La distinción entre el joven y
el adulto no existe. Hay un fenómeno de la juvenilización de la cultura, que no
es muy bueno. Afecta a la escuela, la relación del maestro con el alumno,
particularmente en los colegios secundarios.
-¿Antes la escuela tenía resultados más efectivos?
-Había menos problemas y menos necesidad de enseñar estas cosas. Además, ahora
todo chico de 3 a 17 años está en la escuela y cualquier cosa que le pase tiene
que ver con su condición de estudiante. Muchos de estos fenómenos afectaban
antes a chicos que no estaban en la escuela. Hoy los tenemos a todos dentro del
aula.
-De todos modos, los episodios de violencia escolar
se dan en sectores de clase media, que siempre estuvieron incorporados a la
escuela.
-Efectivamente. El fenómeno no tiene un corte socioeconómico. Afecta a todos.
Hace cuarenta años no era un objetivo de la educación el aprender a convivir.
Hoy es una fuerte demanda que se hace a la escuela porque la sociedad no
encuentra formas de cohesión social.
-¿Los maestros están preparados para atender esta
problemática?
-No podemos generalizar. Algunos sí, otros no. Estamos trabajando activamente en
programas de convivencia y mediación escolar para atender este fenómeno nuevo.
Debemos trabajar para fortalecer la capacidad de diagnóstico y observación del
maestro. Y, a partir de estos casos, el equipo escolar decide los pasos por
seguir. A veces se puede requerir la presencia de un profesional o un
especialista.
-¿Los maestros tienen instrucciones para actuar en
estos casos?
-Están los códigos de convivencia, que son el marco institucional que rige estos
procedimientos. Cuando el Consejo de Convivencia es superado, intervienen el
supervisor y la línea jerárquica de cada jurisdicción provincial.
-¿Influye en la seguidilla de casos el clima de
enfrentamiento que a veces se percibe en la sociedad?
-Los chicos aprenden cuando observan, participan y viven experiencias de
agresión en la sociedad. No hay mejor radiografía de lo que es la violencia
escolar que observar lo que pasa a la salida de una escuela, cuando los padres,
los adultos, no respetan abiertamente nada: estacionan en cualquier parte,
detienen el tránsito, pasan por encima de cualquiera para retirar a su hijo. Es
un ejemplo del clima de falta de respeto a la norma que existe en nuestra
sociedad. Y eso enseña mucho más que una clase de convivencia o un manual. Hay
un clima general de no respetar la norma.
-Es el mismo clima que se vive con las protestas de
los piqueteros y el reciente conflicto con el campo.
-Por supuesto. Y no es un problema argentino. Los fenómenos de violencia en
países desarrollados son de una magnitud que nosotros no conocemos. En Estados
Unidos, donde todo el mundo está armado, cada vez que hay problemas de este tipo
mueren 15 o 20 chicos.
-Pero acá no estamos lejos. Hay casos de alumnos que
van a la escuela con armas.
-Efectivamente. ¿De dónde salen esas armas? ¿Quién le enseña a ese chico a
manejar un arma? No fue la escuela. No fue el maestro. Eso lo aprendió el chico
en su casa o en la calle.
-Al centrar usted la responsabilidad de los adultos,
¿incluye a los docentes?
-Sí, pero a veces el docente es el que está más obligado a jugar el papel de
adulto. Y en muchos casos se ha constatado que los padres prefieren aliarse con
sus hijos en contra de los docentes. Cada vez que un maestro se pone más
exigente y trata de cumplir con su papel de un modo más estricto se produce este
nuevo fenómeno, contrario a lo que ocurría en el pasado, cuando había una
alianza entre la escuela y la familia.
-¿El Estado actúa en esos casos para respaldar al
docente o en los últimos años se ha relajado esa conducta?
-El Estado siempre ha respaldado posturas que se basan en un criterio educativo.
Recientemente, cuando la directora de una escuela de La Plata sancionó con tres
días de suspensión a un chico y hubo una especie de clamor de la comunidad para
que lo expulsaran, nosotros actuamos. Y estamos para educar. Nuestra función es
educar, y si yo lo expulso pierdo la posibilidad de educar. No quiere decir que
no tiene que haber sanciones. Pero la sanción es una etapa de un proceso
educativo. No puede ser la etapa final, en la que sanciono al alumno, lo echo y
se acabó. Salvando las distancias, es como si un hospital decide expulsar a un
paciente que resiste un tratamiento porque no lo puede curar. La escuela tiene
que agotar todas las instancias. Puede decidir ponerlo en otro lugar o tomar la
medida que aconseje la situación. Pero de ningún modo llevar al extremo de
romper el vínculo, porque ahí ya no puedo seguir cumpliendo con la misión
educativa.
-¿Qué medidas concretas hay que instrumentar para
detener la creciente ola de episodios de violencia?
-A mediano y largo plazo debemos fortalecer la enseñanza de la lengua. La
escuela tiene que aumentar significativamente las experiencias que favorecen el
diálogo. Para dialogar hay que manejar el lenguaje. Yo puedo expresar lo que
siento a través del lenguaje. Hay una asociación muy fuerte entre violencia y
lenguaje. Cuando el uso del lenguaje se agota se apela a la acción directa. Hay
que favorecer las conductas de diálogo, que son la mejor manera de resolver los
conflictos por vías no violentas. Conflictos va a haber y habrá siempre. Eso
forma parte de la naturaleza humana y las relaciones sociales. Lo que debemos
evitar es que el conflicto termine en agresión, en querer eliminar al otro. Por
eso es muy importante que la escuela coloque la idea de aprender a vivir juntos
como pilar fundamental de su trabajo. Hoy es más necesario que nunca.
Fuente: LA NACIÓN