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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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En aquel tiempo había gigantes sobre la
Tierra... Por César Reyes. |
Los gigantes podrían haber sido la consecuencia de una
incompatibilidad genética entre los seres humanos y los extraterrestres.
Profundamente arraigados en las más remotas tradiciones, los gigantes han
transitado por la historia envueltos por el confuso velo que separa fantasía de
realidad.
Sin embargo, cabe destacar la opinión vertida por el Dr. L. Burkhalter cuando
siendo delegado de la Sociedad Prehistórica Francesa, en un ensayo publicado en
1950 en la “Revue du Museè de Beyrouth” afirmó: “Queremos dejar bien claro que
la existencia de razas humanas gigantescas en la época acheuliana (fase de la
Edad de Piedra que ocupaba la mayor parte de la época glaciar) debe ser admitida
como un hecho científicamente probado”.
Los gigantes en las imágenes rupestres
En Dorset, Inglaterra, cerca de la aldea de Cerne Abbas, una
milenaria figura humana de 55 metros de largo, totalmente desnuda, empuña en
amenazante gesto un garrote. Simboliza a un gigante. Para su realización, los
artistas prehistóricos debieron remover unas 25 toneladas de placas de hierba
hasta dejar al descubierto la capa de piedra caliza. Sin duda una ingeniosa
forma de “grabado”, pero ¿obedeciendo qué impulso?, ¿qué mensaje escondido?
Por lo que se sabe, “el gigante de Cerne Abbas” es hasta la fecha un enigma. Y
como tal ha dado de hecho lugar a las más atrevidas especulaciones. Para el
arqueólogo Stuart Piggott, por ejemplo, éste se relaciona con el culto a
Hércules que se extendió a Gran Bretaña durante el siglo II, en la época del
emperador Commodus, y se piensa también que su origen podría estar ligado con un
culto local de la fertilidad, anterior a la invasión romana.
Si bien la idea de tal culto local a la fertilidad puede quedar sugerida por el
enorme miembro viril erecto del gigante, será oportuno señalar ahora que,
conforme a la evidencia que a continuación veremos, el tema que involucra la
representación simbólica de este gigantesco personaje no se agota en modo alguno
con eso. En todo caso, la relación “fertilidad-agresividad” plasmada en la obra
en cuestión tal vez no sólo encierre el concepto viril primitivo sino que además
evoca una situación de amenaza cierta…
Mitos, leyendas y textos sagrados: Los indicios
documentales.
Si los dioses de las estrellas aparecen invariablemente en el
mosaico de las antiguas culturas, los gigantes, como seres vinculados a éstos,
no se quedan atrás.
En consecuencia, pretender realizar un análisis minucioso, partiendo de una
enunciación de toda la documentación relativa a los gigantes, sería por demás
excesivo a los fines aquí perseguidos. Alternativamente, veremos sí varios
ejemplos sobradamente ilustrativos que le permitirán al lector abrir luego su
propio juicio.
De entre el cúmulo de textos sagrados de histórica importancia, la Biblia se encuentra, sin duda, entre los más influyentes, aunque más no sea por razones estrictamente socio-culturales. Por lo tanto, quizá resulte inmejorable partir de sus páginas a fin de dar con el ovillo de Ariadna imprescindible para incursionar en tan laberíntico aspecto de nuestro pasado como es aquel que avalan las pruebas, pero rechazan muchos hombres de ciencia hoy.
Leemos pues del Génesis (6,4): “En aquel tiempo había
gigantes sobre la Tierra (y también después), cuando los hijos de Dios se
juntaron con las hijas de los hombres, y ellas concibieron; estos fueron los
héroes del tiempo antiguo, jayanes de nombradía”
De esta simple referencia nos está permitido extraer “ab initio” dos posibles
conclusiones:
1) los gigantes habrían sido el fruto de la unión carnal de
los Elohim con mujeres terrestres, es decir, el resultado de una marcada
incompatibilidad genética entre aquellos tomados por dioses y las mujeres, hijas
de los hombres, y 2) estos gigantes, lejos de constituir una excepción – como
casos aislados -, llegaron a convertirse en una nueva raza cuya degeneración
implicaba consecuencias mediatas de peligrosidad extrema. Ambos puntos serán
desarrollados en breve, pero dejémoslos por ahora en suspenso.
No obstante, siendo que la misma historia nos impone su camino, y aunque aún no
se lo haya fundamentado aquí, el lector podrá comprobar seguidamente que tras
haber transcurrido un tiempo (que no es ni más ni menos que aquel “y también
después” mencionado en el Génesis) los gigantes, como raza, eran una
incuestionable realidad.
En tal sentido, bastará con remitirnos a los acontecimientos
narrados en “Números”, “Deuteronomio” y “Samuel”. Del primero de dichos libros
obtenemos información acerca de la “exploración de la tierra prometida” que
ordenó se llevara a cabo el “Señor” a Moisés diciendo: “Envía sujetos
principales, uno de cada tribu, a explorar la tierra de Canaán, la cual tengo
que dar a los hijos de Israel” (Números 13,3).
Así pues, los exploradores partieron y a su regreso…:
“…dieron cuenta de su viaje, diciendo: Llegamos a la tierra que nos enviaste; la
cual realmente mana leche y miel, como se puede ver por estos frutos. Pero tiene
unos habitantes muy valerosos y ciudades grandes y fortificadas. Allí hemos
visto la raza de Enac”. (Números 13, 28-29).
Según la tradición árabe, Enac era un gigante de Palestina conocido por los
hebreos también con el nombre de Anakim. Se asegura que este gigantesco
individuo, y su pueblo, la raza de Enac, descendía de Ad, nieto de Cam, hijo de
Noé. De Ad se decía que su estatura era tal que para construir su tienda fue
necesario el empleo de los árboles más fuertes y altos de los bosques. Al
parecer, por lo que siguió en el informe de los exploradores no existen indicios
que nos obliguen a desestimar las tradiciones árabes. En efecto, ante el
arremetedor impulso de conquista nacido en Moisés los exploradores manifestaron:
“La tierra que recorrido se traga a sus habitantes; el pueblo que hemos visto es
de una estatura agigantada. Allí vimos unos hombres descomunales, hijos de Enac,
de raza gigantesca, en cuya comparación nosotros parecíamos langostas.” (Números
13, 33-34)
Asimismo, en el “Deuteronomio”, pasajes no menos significativos confirman la
presencia de gigantes como raza notablemente diferenciada. Tal confirmación
apunta, y va la aclaración dirigida al lector no informado sobre las escrituras
del Antiguo Testamento, a rescatar el valor histórico de este libro, el
Deuteronomio, donde Moisés reitera en el primer discurso, que abarca justamente
la “Sección Histórica”, todo cuanto tuvo lugar durante la búsqueda de la “Tierra
Prometida”.
Así, jugando limpio con el pasado, deberemos comprometer nuestra actitud en un
sentido o en otro. Es decir, o tenemos por cierto que contamos con un libro que
está reflejando en sus páginas la historia de un pueblo o concluimos que todo es
un fraude. Los términos medios sales sobrando…
A título informativo, simplemente, diremos que es oportuno tener en cuenta que
en el resumen introductorio al Deuteronomio de la “Sagrada Biblia” de la
Editorial Herder de Barcelona, edición de 1970, podemos leer en sus primeras
líneas: “Contiene este libro tres grandes discursos de Moisés, recordando la
historia de Israel…”
En tal sentido, a la siguiente descripción, en cierto modo
detallada, del rey Og, incluida en el relato de lo acontecido cuando se produjo
el reparto de Transjordania, ¿no cabría tildarla de referencia histórica?
Leemos: “Y tomamos todas las ciudades de la llanura, y la tierra toda de Galaad
y de Basán hasta Selca y Edrai, ciudades del reino de Og, en Basán. Es de saber
que Og, rey de Basán, era el único que había quedado de la casta de los
gigantes. Se muestra su lecho de hierro en Rabbat, ciudad de los hijos de Ammón,
el cual tiene nueve codos de largo y cuatro de ancho, según la medida del codo
ordinario de un hombre.” (Deuteronomio 3, 10-11).
Atendiendo a la necesidad de evitar inútiles exageraciones, y en virtud a la
aclaración que indica el tomar en consideración la medida del codo ordinario de
un hombre, es prudente limitar el cálculo a la medida aproximada de 0,444 metros
por codo. De este modo, aunque el resultado al convertir codos en metros no sea
tan espectacular, alcanza sobradamente para destacar la significativa talla de
Og, e incluirla dentro del concepto de “gigantesca”. Al menos, y es ésta la
opinión de quien esto escribe, un personaje que necesite un lecho de 3,996
metros de largo por 1,776 de ancho es un gigante…
“Todo el país de Basán es llamado tierra de los gigantes” (Deuteronomio 3,13)
Al parecer, otros, mucho antes, ya tenían la misma opinión.
En el primer libro de Samuel hallamos otras descripciones de pesos y medidas
cuya minuciosidad tiene por objeto identificar a otro gigante bíblico…
seguramente no el más robusto, pero sí el más famoso: Goliat. Leemos: “Un hombre
de las tropas de choque salió del campamento de los filisteos; se llamaba
Goliat, de Gat, cuya estatura era de seis codos y un palmo” (Samuel 17,4).
No cabe duda de que el temor reinante entre los israelitas al ver al guerrero
filisteo no era en modo alguno gratuito. Siempre sujetándonos a los más modestos
cálculos (es decir considerando un codo de 0,444 y un palmo de 0,222), el buen
Goliat medía, en números redondos, unos 2,90 metros.
Asimismo, su fortaleza física no era menos considerable…
“Traía sobre su cabeza un morrión de bronce, e iba vestido de una coraza
escamada, del mismo metal, que pesaba cinco mil siclos” (I Samuel 17,5). “El
astil de su lanza era grueso como el enjullo de un telar, y el hierro de la
misma pesaba seiscientos siclos…” (I Samuel 17,7).
Según una equivalencia promedio, un siclo es igual a 11,424 gramos, de aquí se
desprende que Goliat se paseaba vestido con una coraza de bronce de 57 kilos,
empuñando una lanza de un peso no inferior a los 7 kilos… ¿Qué hubiera sido del
joven David de haber fallado el tiro con su honda?
Como quiera que la Biblia, como valioso documento histórico, abunda en
referencias sobre pueblos de alta estatura, como por ejemplo los Emitas,
Enaquitas, Perisitas, Refaitas, etc., incursionar en un estudio más profundo de
todos ellos equivaldría a un abuso de citas que bien puede evitarse invitando al
lector a recurrir al texto original de las sagradas escrituras y, de este modo,
aprovecharemos las siguientes páginas ampliando nuestra información con los
recuerdos de otras culturas.
Así, en la mitología grecorromana se nos relatan sobradas experiencias que
incluyen a titánicos protagonistas como Polifemo, aquel famoso carcelero que
mantuvo prisionero a Ulises y sus doce compañeros en una cueva, tal y como nos
lo contó Homero en su Odisea, u otros como Titio, Orión, Gerión, Euritión, etc.
En Egipto, Tifón, hermano de Osiris, es recordado como un gigante.
Sobre la mitología germana, no podemos dejar de mencionar, por ejemplo, los
conocidos episodios ocurridos entre el gigante Thrym y el dios Thor, cuando el
primero se apodera del martillo Mjolnir, o Mimir, el gigante consejero de la
máxima divinidad Odín.
En la bella epopeya sumeria de Gilgamesh, concretamente en la primera tabla, se
nos presenta el héroe como un semidiós de cinco brazas de alto y nueve palmos de
ancho, es decir, unos cinco metros y medio por dos metros.
La leyenda de Melu en Oceanía o la de Litaclane entre las tribus de África
sudoriental, u Ocun adorado en África central como introductor del hierro entre
los hombres, no escapan a la regla general.
También el incansable Herodoto nos habla de gigantes en sus “Historias” al
mencionar el hallazgo, en Tegea, una antigua ciudad de la Arcadia, de un
sarcófago de siete codos de longitud (aproximadamente 3,10 metros) cuyo interior
contenía un cuerpo de idéntico tamaño.
Purusa es el nombre del “gigante primario, el varón cósmico de cuyo sacrificio
ritual surgió el mundo”, según lo describe un himno del Rig-Veda.
P’an Ku es recordado en China no sólo como el “gran creador” sino también como
un gigante. Asimismo en Japón, colosos como Soki o los guardianes de las puertas
celestiales, conocidos como Nyo, han sido representados en numerosos templos.
En Europa septentrional es conocida la leyenda del gigante Ogro y su poca
agradable costumbre de alimentarse con carne humana.
La historia de los pueblos americanos no es ajena a la cuestión y recoge datos
de su existencia. Tal es el caso de los aztecas, quienes en el llamado “Segundo
Periodo del Mundo” relatan: “En aquella época vivían gigantes. Los antiguos
hablaban de su pasado…Tezcatlipoca se convirtió gracias a su divinidad en Sol, y
todos los demás dioses crearon a los gigantes, que eran hombres de gran altura y
fuerza, que podían arrancar a los árboles de cuajo”.
A su vez, el Popol-Vuh, libro sagrado de los mayas-quichés, nos dice que en los
tres periodos, entre los diluvios, hubo gigantes. Asimismo, en el “Manuscrito
mexicano de Pedro de los Ríos” leemos: “Antes del diluvio, que se produjo 4.008
años después de la creación del mundo, la tierra de Anahuac estaba habitada por
los tzocuillixecos, seres gigantescos, uno de los cuales tenía por nombre Xelua…”
Por su parte, el cronista Bernal Díaz del Castillo, integrante de la nefasta
incursión de Hernán Cortés, fue informado por los sabios indígenas que en otro
tiempo habían existido hombres de elevada estatura y muy malvados, que fueron
muertos en gran número. Como prueba, se dice, entregaron a Cortés un fémur que
igualaba en altura a un hombre de talla normal, el cual el conquistador envió a
su rey.
Ciertamente, referencias histórico-mitológicas como éstas abundan hasta lo
increíble en todos los rincones del mundo y requerirían volúmenes su completa
mención. No obstante, llegado este punto, dedicaremos aún nuestra atención a un
valioso documento histórico que nos acerca la visión de gigantes a tiempos menos
remotos.
“Notizie del Mondo Nuovo con le figure de paesi scoperti descritte de Antonio
Pigafetta, vicentino, Cavagliero di Rodi” es el título original de la obra de
aquel joven secretario de Hernando de Magallanes donde quedaron relatados
interesantes testimonios, de primera mano, acerca de gigantes vivos. Cabe acotar
que la cita que a continuación se transcribe, según la traducción del reconocido
filólogo chileno José Toribio Medina, es la resultante del testimonio directo de
Pigafetta como tripulante de la nave almirante de Magallanes, al tocar puerto en
la actual República Argentina exactamente a los 49 grados y 30 minutos de
latitud Sur.
“Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes
del país (alrededor del 20 de abril). Un día en que menos lo esperábamos se nos
presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo,
cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El
comandante envió a tierra a uno de los marineros con orden de que hiciese las
mismas demostraciones en señal de amistad y de paz; lo que fue tan bien
comprendido que el gigante se dejó tranquilamente conducir a una pequeña isla
que había abordado el comandante. Yo también con varios otros me hallaba allí.
Al vernos manifestó mucha admiración y levantando un dedo hacia lo alto quería
sin duda significar que él pensaba que habíamos descendido del cielo. Este
hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura…”
Resulta conveniente aquí dejar constancia de que el joven autor italiano, lejos
de ser afecto a las exageraciones, era sí un atento observador que sabía hacer
gala de un minucioso poder de descripción, evidenciado no sólo cuando informa
acerca de la vestimenta y utensilios que portaba el gigante sino cuando detalla
el aspecto de la piel de guanaco que colgaba de sus hombros, un animal del todo
desconocido por los europeos: “Su vestido, o mejor dicho, su capa, era de pieles
cosidas entre sí, de un animal que abunda en el país, según tuvimos ocasión de
verlo después. Este animal tenía la cabeza y las orejas de mula, el cuerpo de
camello, las piernas de ciervo y la cola de caballo, cuyo relincho imita.”
En tal sentido, debemos otorgar validez también a las otras descripciones de
Pigafetta que nos hablan de la enorme fortaleza física de estos titanes que
luego pasaron a la historia con el nombre de Patagones. Leemos al respecto: “El
comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le
hizo traer un gran espejo de acero. El gigante que no tenía la menor idea de
este mueble y que sin duda por primera vez veía su figura, retrocedió tan
espantado que arrojó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás
de él.”
Pero más significativos resultarán estos otros fragmentos: “Seis días después,
algunos de nuestros marineros vieron otro gigante… Este hombre era más grande y
mejor conformado que los otros, poseía maneras más suaves y danzaba y saltaba
tan alto y con tanta fuerza que sus pies se enterraban varias pulgadas en la
arena.”
No obstante, quizá la demostración más acabada de la fuerza de estos
descomunales nativos tuvo lugar cuando Magallanes ordenó capturar a dos de los
más jóvenes exponentes de esta raza para ser llevados a Europa, para asombro de
los aristócratas. Escribió Pigafetta: “Quiso el capitán retener a los dos más
jóvenes y mejor formados para llevarlos con nosotros durante el viaje a España;
pero viendo que era difícil apresarlos por la fuerza usó el artificio siguiente:
dióles gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de tal manera
que tenían las dos manos llenas; enseguida les ofreció dos de esos anillos de
hierro que sirven de prisiones (grilletes encadenados) y cuando vio que deseaban
mucho ponérselos porque les gusta muchísimo el hierro, y que no podían tomarlos
con las manos, les propuso ponérselos en las piernas…consintieron…y entonces
nuestros hombres les aplicaron las argollas de hierro de manera que se
encontraron encadenados. Tan pronto como notaron la superchería se pusieron
furiosos, aullando e invocando a Setebos, que es su demonio principal…habiendo
nueve de nuestros hombres más fuertes bastado apenas para arrojarlos al suelo y
atarlos, aun así uno de ellos lograba desatarse en tanto que otro hacía tan
violentos esfuerzos que nuestros hombres le hirieron en la cabeza…”
Por cierto que este capítulo de la historia de la conquista del Nuevo Mundo no
terminó de manera muy distinta que otros. Los Patagones consiguieron huir bajo
el fuego de los españoles mientras que los dos jóvenes gigantes capturados
perecieron en alta mar antes de que la nave atravesara el Ecuador.
Ahora bien, si de hecho Pigafetta tuvo su “primicia” al narrar sobre la
existencia de estos titanes sudamericanos, en modo alguno conservó la
“exclusiva”. Ya que, en efecto, algunos años más tarde un desconocido compañero
de viaje del Capitán Byron, del buque inglés “Delfín”, escribía en su libro
titulado “Viaje alrededor del mundo” con referencia a los Patagones: “Su
estatura media nos pareció ser de diez pies y aun mayor en muchos casos. No
empleamos ninguna medida para comprobarlo, pero tenemos motivos para creer que
más bien disminuimos que exageramos la talla.”
Es decir, que tales nativos contemplaban el mundo desde los 2,80 a 3 metros de
altura…
Ya en 1578 se suma el testimonio del famoso Sir Francis Drake y luego el de
otros conocidos viajeros como Pedro Sarmiento.
Por el recordado Peter Kolosimo (“No es Terrestre”) nos enteramos que “a
comienzos de 1700, los gigantes habían desaparecido de la costa, pero las
autoridades españolas de Valdivia, Chile, hablaron repetidamente, en 1712, de
una tribu de seres de casi 3 metros de altura, establecidos en el interior de la
Patagonia.”
Hallazgos arqueológicos: Los indicios tangibles.
Dado que nada nos obliga a seguir una cronología que siga
cada uno de los blancos en los que se clava la “flecha del tiempo”, y siendo que
de los Patagones estábamos hablando, bien podemos con ellos. Y enterarnos que,
en 1962, en la Patagonia chilena, un indígena de nombre Hueichatureo Chicuy
cumplía con su diaria faena como obrero agrícola en una estancia en las “Torres
del Paine”, no lejos de la ciudad de Punta Arenas, cuando se topó con un
sospechoso túmulo que despertó su curiosidad como entusiasta coleccionista de
boleadoras y puntas de fecha que era. Al cavar no fueron precisamente boleadoras
lo que halló, sino una enorme y negruzca tibia humana. Los cálculos
antropométricos efectuados posteriormente lograron determinar la estatura del
extinto dueño de tan descomunal extremidad: ¡3 metros!
No obstante, como consta en los mitos y leyendas, la talla de estos seres es
bastante variada, ignoramos por qué, y lo mismo se evidencia en los restos
descubiertos hasta el presente. Veamos.
En el Sudeste de China, el paleontólogo Dr. Pei Wen Chung desenterró restos, en
buen estado de conservación, pertenecientes a un hombre cuya estatura se
aproxima a los tres metros y medio.
Frágiles y ennegrecidos huesos humanos, incluyendo el cráneo, salieron a la luz
en Gargayán, Filipinas. Su dueño había alcanzado los cinco metros y medio de
altura.
En Túnez, exactamente en Chenini, se encontró un cementerio de gigantes cuyos
esqueletos medían algo más de tres metros.
Cerca de la ciudad de Bathurst en Australia, el director del Mount York Natural
History Museum, Dr. Rex Gilroy, descubrió huellas gigantes de 60 x 18 cm. Además
de una enorme columna vertebral, una muela de casi 6 cm de largo y enormes
hachas, garrotes y utensilios.
Por su parte, enormes picos con un peso aproximado de cuatro kilos se hallaron
en Siria, en las cercanías de Safita, como así también en Ain Fritisa,
Marruecos.
En Norteamérica, significativos descubrimientos merecen atención. Durante unos
trabajos de excavación realizados en la localidad californiana de Lampock Ranch
algunos soldados extrajeron, en 1833, un esqueleto de 3,65 metros, junto a
hachas y ¡bloques grabados con extrañas inscripciones!
En Nevada, en las colinas de Spring Valley, cerca de Eureka, durante 1887,
buscadores de metales preciosos desenterraron una pierna humana seccionada a la
altura de la rodilla con una medida de 99 cm. Según los cálculos correspondía a
un ser similar en estatura al citado precedentemente, es decir, de unos 3,65
metros…
En Glen Rose, Texas, en el lecho del río Paluxy, el Dr. C.N. Dougherty descubrió
enormes pisadas humanas de 54,61 cm. de largo por 13,97 cm. de ancho; algunas de
ellas pueden ser observadas por los turistas en el interior de ese parque
nacional.
No menos intrigantes resultan las huellas a las que hace referencia Peter
Kolosimo en “No es Terrestre”, citando a Ronald Charles Calais: “En las
cercanías de Brayton, en las fuentes del río Tenessee, pueden admirarse huellas
de pies humanos en lo que hoy es roca sólida. Tales pies tendrían seis dedos y
una longitud de 33 centímetros. Junto a ellos se advierten las señales dejadas
por unos zapatos gigantescos, de 20 a 26,5 centímetros de anchura, más o menos.”
¿Pies de seis dedos? Pues sí, semejantes a los descritos en la Biblia, en el
“Segundo Libro de Samuel” (21,20): “La cuarta guerra fue en Get, donde se
presentó un hombre de estatura descomunal, que tenía seis dedos en cada mano y
en cada pie, esto es, veinticuatro dedos, y era de la raza de Arafa.”
Y es también Kolosimo, en su obra citada, quien nos recuerda que: “en Crittenden,
Arizona, una brigada de obreros descubrió, en 1891, excavando cimientos de un
edificio, un sarcófago que contenía un ser humano de tres metros de estatura y
con seis dedos en los pies.”
Orígenes.
En términos médicos, el gigantismo es una forma anormal de
crecimiento caracterizada, obviamente, por una excesiva altura. Esta enfermedad
es motivada por una sobreproducción de hormonas segregadas por las células
eosinófilas del lóbulo anterior de la hipófisis.
La hipófisis o pituitaria es una pequeña glándula, del tamaño de una arveja,
situada en una pequeña depresión de la base del cráneo, debajo del hipotálamo.
Se trata de una glándula doble cuyo lóbulo anterior se forma en el embrión
partiendo de una protuberancia del techo de la boca mientras que el lóbulo
posterior lo hace del piso del cerebro.
Una vez desarrollados ambos lóbulos, el anterior pierde su conexión con la boca, no así el posterior que coserva la suya con el cerebro. Dados los fines perseguidos aquí, y teniendo en cuenta las funciones perfectamente diferenciadas de ambos lóbulos, centraremos nuestro interés exclusivamente en el lóbulo anterior.
En éste se pueden distinguir fácilmente una cantidad de
diferentes tipos celulares, cada uno de los cuales produce una hormona distinta.
Precisamente, la primera hormona de esta glándula (la hipófisis), descubierta en
1944, fue la “hormona del crecimiento”. Ésta controla el crecimiento general y
muy especialmente el de los huesos largos, por lo tanto una hipersecreción
durante el periodo de crecimiento culmina inevitablemente en un individuo
gigante.
Ahora bien, actualmente se sabe que la influencia hereditaria es clara en el
gigantismo, como que son frecuentes en los familiares del enfermo las afecciones
de las glándulas endócrinas. Es para tener en cuenta, también, que el gigantismo
es mucho más común en los hombres que en las mujeres.
Ciertamente, no haremos aquí un análisis profundo del tema por cuanto de las
distintas clasificaciones médicas, esto es, gigantismo armónico, eunocoide y
acromegálico, sólo reviste interés práctico para nosotros el primero. El gigante
armónico tiene proporcionalidad en sus medidas, una mentalidad corriente y un
desarrollo sexual de tipo medio, en definitiva, concuerda en un todo con
aquellos mitológicos seres cuyas huellas nos hallamos rastreando.
En cualquier caso, los afectados por esta enfermedad, por lo común, casi no
superan la barrera de los 2,50 metros en el individuo adulto. ¿Quiere decir esto
que al hablar de seres de tres, cuatro y hasta seis metros de altura estamos
degenerando la realidad en ficción? No. Quizá simplemente nos estemos
enfrentando a otro tipo de realidad. Sin embargo, en mayor o menor medida, la
aceptación de la pretérita existencia de una raza de gigantes reclama todavía el
tratamiento de otra cuestión no menos intrigante: la de su origen.
Hemos repasado someramente algunos conceptos médicos sobre la enfermedad, y
dijimos que el gigantismo es mucho más común en los hombres que en las mujeres,
siendo además muy clara la influencia hereditaria. De este modo, resulta en
extremo interesante observar que ambos relevantes aspectos del tema coinciden
enteramente con lo relatado por los cronistas de la más remota antigüedad. Entre
ellos: Henoch.
El “Libro de Henoch”
Este patriarca antediluviano, muy importante dentro de la
tradición judía, es mencionado en la lista bíblica como hijo de Yéred y padre de
Matusalén. Sobre él se ha escrito en el Génesis (5,21): “Henoch tenía sesenta y
cinco años cuando engendró a Matusalén. Henoch anduvo con Dios, vivió después de
engendrar a Matusalén trescientos años, y engendró hijos e hijas. El total de
los días de Henoch fue de trescientos sesenta y cinco años. Henoch anduvo con
Dios, y desapareció porque Dios se lo llevó.”
Es importante que prestemos atención a las últimas palabras: “desapareció porque
Dios se lo llevó”. De hecho, cuando en la Biblia se menciona a todos los
patriarcas antediluvianos se lo hace siguiendo un orden invariable; primero se
relata su nacimiento, luego su descendencia y período de vida y por último se
indica su muerte. Como vemos pues, en el caso particular de Henoch el orden del
relato se rompe al final, lo cual significa claramente que en viejo patriarca no
murió sino que “Dios se lo llevó” ¡vivo!
Nada que por lo demás pueda sorprendernos, habida cuenta que no son pocos los pasajes de la Biblia que han cautivado la atención de los investigadores en el campo de la Teoría del Antiguo Astronauta en razón de la riqueza descriptiva que permite colegir la existencia de paleocontactos extraterrestres sostenidos a lo largo del tiempo en esa zona y con el pueblo de Israel.
En otras palabras, no es descabellado suponer por lo tanto
que Henoch pudo muy bien haber sido transportado a los cielos realmente, hasta
una nave. Y al respecto, por supuesto no podemos pasar por alto los dichos del
mismo patriarca (Libro de Henoch, capítulo 70): “Y llegó después que su nombre
(de Henoch) fue elevado, en vida, cerca de este Hijo del Hombre y cerca del
Señor de los Espíritus, lejos de los que habitan sobre el árido, y fue elevado
sobre el carro del viento, y el nombre (de Henoch) desapareció de entre ellos
(de los que habitan sobre el árido). Desde ese día ya no fui contado más entre
ellos. Y allí vi a los primeros padres y a los santos que desde la eternidad
residen en ese lugar.”
Ahora bien, considerando que en la respetable opinión de algunos esto no
alcanzara para interpretar la presencia de astronautas exóticos y, desde luego,
naves espaciales, sugerimos una atenta lectura de algunos pasajes del capítulo
14 del mismo libro: “…y una nube me llamó; y el curso de las estrellas y de los
rayos me hicieron apresurar y me desearon; y los vientos, en la visión, me
hicieron volar (y me hicieron apresurar), me llevaron a lo alto (y me hicieron
entrar en los cielos).
Entré hasta que hube (llegado) cerca de un muro construido por piedras de granizo; lenguas de fuego lo rodeaban y ellas comenzaron a asustarme. Entré en las lenguas de fuego y me acerqué a una gran casa, construida con piedras de granizo; los muros de esta casa eran como un mosaico de piedra de granizo, y su suelo era de granizo. Su techo era como el camino de las estrellas y (como) rayos; en medio (había) querubines de fuego, y su cielo era de agua…
Y miré, y vi en esta casa un trono elevado cuyo aspecto era
el del cristal y cuyo contorno era como el Sol brillante, y una voz de
querubines (se hacía oír)… La gran Gloria tenía sede en el trono, y su vestido
era más brillante que el Sol y más blanco que toda la nieve… Un fuego ardiente
le rodeaba y un gran fuego se levantaba ante él; ninguno de los que le rodeaban
se acercaba a él; miríadas y miríadas (de ángeles) estaban de pie ante él, pero
él no pedía consejo…”
Así como elogiamos antes el ojo detallista del cronista Pigafetta para describir
el aspecto del guanaco, animal del todo desconocido para los europeos de
entonces, no podemos dejar de hacer lo mismo con Henoch. Pero, hay que decirlo,
Pigafetta corría después de todo con alguna ventaja con la que el anciano
patriarca antediluviano no podía contar.
En los tiempos de Pigafetta cualquiera en el Viejo Mundo
podía entender a qué se refería, comparativamente, al decir que el guanaco tenía
la cabeza y las orejas de mula, o el cuerpo de camello. Pero cómo hacer para
describir un portento tecnológico sobre cuya existencia nadie tiene la menor
idea.
Es sabido por todos que los indios de Norteamérica llamaban “caballo de hierro”
a la locomotora. Y eso era así simplemente porque en su vocabulario no había una
palabra para significar esa tecnología desconocida. Dicho sea de paso, es
curioso que todo el mundo dé por sentada, sin cuestionar nada, la relación
“caballo de hierro”-locomotora, pero no se detengan a aplicar el mismo criterio
para el llamado “pájaro de trueno” (o “de fuego”), ni para preguntarse a qué se
referían los Mayas o Aztecas de México con “serpiente emplumada”. Seamos
honestos, “haga doble clic con el ratón” sonaría a un oscuro ritual de brujería,
sin sentido, para cualquiera ajeno a la jerga del mundo de la computación.
Conque, Henoch, por lo visto, se las arregló muy bien con, por ejemplo, “su
techo era como el camino de las estrellas”.
En consecuencia, si Henoch tuvo en efecto contacto personal con los astronautas
de otro mundo que habrían visitado la Tierra hace milenios, la información “de
primera mano” volcada en su libro podría orientarnos hacia el porqué del
gigantismo, o dicho de modo, el origen de los primeros gigantes.
Así, en el capítulo sexto del “Libro de Henoch”, bajo el título “Unión de los
ángeles con las hijas de los hombres”, leemos: “Así, pues, cuando los hijos de
los hombres se hubieron multiplicado, y les nacieron en esos días hijas hermosas
y bonitas; y los ángeles, hijos de los cielos, las vieron, y las desearon, y se
dijeron entre ellos: Vamos, escojamos mujeres entre los hijos de los hombres y
engendremos hijos.”
Y agrega en el capítulo siguiente (“Nacimiento y fechorías de los gigantes”):
“Estos y todos los otros con ellos, tomaron mujeres; cada uno escogió una, y
comenzaron a ir hacia ellas y a tener comercio con ellas y les enseñaron los
encantos y encantamientos, y les enseñaron el arte de cortar las raíces y (la
ciencia) de los árboles.
Así, pues, éstas concibieron y pusieron en el mundo grandes
gigantes cuya altura era de tres mil codos. Ellos devoraron todo el fruto del
trabajo de los hombres, hasta que estos no pudieron alimentarlos más. Entonces
los gigantes se volvieron contra los hombres para devorarlos…”
Cabe acotar a esta altura que, significativamente, la narración de Henoch es por
completo coincidente con la que hace al respecto la Biblia (Génesis 6,1).
Citamos textualmente: “Habiendo, pues, comenzado los hombres a multiplicarse
sobre la tierra, y procreando hijas. Viendo los hijos de Dios la hermosura de
las hijas de los hombres, tomaron de entre todas ellas por mujeres las que más
les agradaron.
Dijo entonces Dios: No permanecerá mi espíritu en el hombre
para siempre, porque es carnal; y sus días serán ciento y veinte años. En aquel
tiempo había gigantes sobre la tierra (y también después), cuando los hijos de
Dios se juntaron con las hijas de los hombres, y ellas concibieron; estos fueron
los héroes del tiempo antiguo, jayanes de nombradía…”
Como quiera que este relato, atribuido a Moisés como autor del Pentateuco, bien
puede haber encontrado su fuente en los escritos más antiguos de Henoch, nada
invalida la autenticidad de los mismos como crónicas de los tiempos remotos
donde el mito derivó de la “historia verdadera”, al decir de Mircea Elíade.
En cualquier caso, lo hemos visto, el “mito del gigante” ha hallado sustento
fáctico no sólo en los registros históricos sino además en no pocos
descubrimientos arqueológicos, de modo tal que mal podemos ignorar aquello que
nos aporte pistas conducentes para llegar a los orígenes remotos de estos seres,
incluso cuando tales pistas deban mirarse bajo la lupa de la, para muchos
incómoda, hipótesis de los antiguos astronautas.
¿Incompatibilidad genética?
Tan solo como hipótesis de trabajo, si nos aventuráramos a especular sobre la posibilidad de una manipulación genética llevada a cabo por extraterrestres en los albores de la humanidad, como sostienen Zecharia Sitchin o Erich von Däniken, basaríamos tal presunción en indicios aportados por:
1) leyendas y mitos, de casi todas las culturas, que señalan
la creación del hombre como el producto directo de la intervención de los dioses
(supuestamente antiguos astronautas), 2) la viabilidad de la manipulación
genética, demostrada por los más recientes experimentos científicos y 3) la
insatisfactoria respuesta brindada por la teoría de la Evolución de Darwin,
donde conceptos como el azar nos ponen a jugar a la lotería con nuestro origen.
Ahora bien, si esta hipotética manipulación genética llevada a cabo por antiguos
astronautas le merece al lector el suficiente crédito como para ampararla por lo
menos bajo el beneficio de la duda, la problemática en torno a los orígenes del
gigantismo puede, en consecuencia, vislumbrarse partiendo de dicho criterio.
Y esto es así, ya que al estar de las crónicas bíblicas y muy
especialmente de las detalladas descripciones del apócrifo Libro de Henoch,
nuestra construcción teórica conserva una línea ininterrumpida que se ve abonada
a la vez por nuestros actuales conocimientos sobre el gigantismo como
enfermedad.
En tal sentido, partiendo del supuesto de que del intercambio genético entre
diferentes especies, en virtud del contacto carnal, hubiera surgido a posteriori
algún tipo de “lastre” en los nuevos “híbridos” (seres humanos), en razón de una
realimentación negativa de genes dada por esa relación dinámica del genotipo con
el ambiente, quizá hayan podido surgir entonces incompatibilidades. Por supuesto
que al suponer la existencia de relaciones sexuales eficientes entre las mujeres
“hijas de los hombres” y “los dioses” la cuestión nos permite aceptar la
similitud de cromosomas, pero el problema no se plantea por esta vía sino por
otra claramente expresada por Paul Ramsey en “El Hombre Programado”, cuando nos
habla de las futuras posibilidades de las propuestas de control genético, y
dice:
“La primera es un ataque directo al gen mutado perjudicial, mediante la llamada “cirugía genética”, “micro cirugía” o “mano cirugía”, o mediante la introducción de algún producto químico antimutágeno que haga retromutar al gen o lo elimine en cuanto causa de efectos genéticos. Este puede ser el medio empleado algún día en el futuro, próximo o lejano, dentro de un programa de eugenesia “negativa” o “preventiva”. Puesto que ha de reemplazarse un gen “malo” por otro “bueno”, este método podría emplearse también para inducir o dirigir un programa de eugenesia “progresiva” o mejora genética “positiva.
El segundo tipo de medios disponibles – continúa Ramsey – se
basa en centrar la atención en el “fenotipo” y no en el “genotipo”: control de
natalidad eugenésicamente dirigido, “selección parental”, “selección de semen” o
“selección empírica” crasa para determinados rasgos. Los medios existentes para
conseguir esto podrían ser aplicados lo mismo en un programa de “reproducción
conservadora” de rasgos deseables (eugenesia “progresiva” o “positiva”). Tales
medios serían la práctica del control de la concepción por aquellas personas a
quienes así se les aconsejara en las clínicas genéticas…”
Según lo dicho por Ramsey, y suponiendo que una vez culminado el “experimento
genético” los científicos extraterrestres hubiesen detectado cierto defecto en
la dotación hereditaria de los “híbridos” (seres humanos), lo más económico, a
los fines prácticos, hubiese sido optar por la alternativa de un “programa de
reproducción conservadora”, ya que si dicha incompatibilidad, que además
originaba defectos genéticos transmitidos como “dominantes”, se planteaba
únicamente como el producto de la unión entre extraterrestres y mujeres humanas,
lo más sencillo y efectivo era evitar dicha unión.
Sin embargo, como vimos recientemente, la prohibición no fue
acatada y aconteció que (Libro de Henoch, cap. XV v.9): “Los espíritus malos han
salido de su carne (de los gigantes), porque ellos han sido hechos por los
hombres (y), de los santos guardianes (proviene) su origen y su primer
fundamento. Serán los espíritus malos sobre la tierra; ellos serán llamados
espíritus malos.”
¿Espíritus malos? ¿Y si traducimos esto como “genes
malos”?
Al desarrollar el tema del gigantismo como enfermedad se mencionó que la misma
era provocada por una sobreproducción de hormonas segregadas por la hipófisis,
haciendo hincapié, primero, en la clara influencia hereditaria y, segundo, en
que el gigantismo es mucho más común en el hombre que en la mujer.
Hasta aquí, esa influencia hereditaria parece estar
suficientemente confirmada en los escritos antiguos que hemos revisado. No
obstante, antes de proseguir, resultará apropiado hacer aquí un paréntesis para
citar, en apoyo del segundo punto, la descripción contenida en la epopeya etíope
Kebra Negest (vol.23, secc.1): “Pero aquellas hijas de Caín con las que habían
cohabitado los ángeles, quedaron encinta pero no pudieron parir y murieron. Y de
los engendrados en sus cuerpos algunos murieron, pero otros nacieron; perforando
el cuerpo de sus madres nacieron por el ombligo. Cuando crecieron y se hicieron
mayores, fueron gigantes.”
Si nos permitimos tomar esta cita como “el botón de la muestra” lograremos ir
comprendiendo en su total importancia el problema planteado por esta aludida
incompatibilidad genética. Por un lado, todos los registro hablan de hombres
gigantescos y nunca de mujeres; por el otro, se nos dice que a causa de tal
defecto genético hereditario nacían varones gigantes que aparte el hecho de
guerrear contra los hombres normales provocaban también la muerte de las mujeres
normales al darles a luz; de modo que ¿no se hubiera cerrado tarde o temprano el
círculo con la extinción de la especie humana?
Para grandes males… grandes remedios.
A la luz de los documentos más antiguos, donde incluimos los
mitos de transmisión oral, dramáticas narraciones ponen de manifiesto la férrea
actitud adoptada por “los dioses” ante el peligro inminente que estos gigantes
representaban. Así, según Henoch cuenta en su obra (cap. X ver. 9): “…el Señor
dijo a Gabriel: Vé hacia los bastardos y réprobos y hacia los hijos de las
cortesanas, y haz desaparecer (los hijos de las cortesanas) y los hijos de los
guardianes de entre los hombres; cázalos y reenvíalos; ellos se destruirán los
unos a los otros por la muerte violenta, pues no habrá para ellos muchos días.”
Y acotemos que, no casualmente por cierto, el presunto astronauta Gabriel es
identificado en el cap. XX del mismo libro como “uno de los santos ángeles,
encargado del paraíso, de los dragones y de los querubines…”. De hecho, tanto
los “dragones” como las “serpientes voladoras” son protagonistas de
significativos relatos arcaicos que dan cuenta de su extraña naturaleza
celestial vinculada a “los dioses”, donde algunas descripciones comparativas
entre estos supuestos “inimaginables reptiles” y portentos tecnológicos no han
pasado desapercibidas (ver “La era de las serpientes cósmicas” en esta misma
publicación), del mismo modo que no dejan de llamarnos la atención ciertas
coincidencias con las narraciones aztecas que nos hablan de ataques provenientes
del cielo: “Gigantes hambrientos erraban por las penumbras. Tan pronto los
hombres se topaban con ellos se producían luchas desesperadas. Pero los
“Jaguares del Cielo” devoraron a los gigantes; se lanzaban desde las tinieblas
del cielo y los aniquilaron.”
En definitiva, lo que al parecer se desprende de los textos analizados es que
“los dioses” finalmente acabaron pagando un alto costo ético, directamente
proporcional al peligro que generaban los defectos genéticos derivados de la
manipulación…
Ramsey escribió en “El Hombre Programado” que: “puede aceptarse que en el caso
de defectos genéticos serios transmitidos como “dominantes”, podría impedirse
que en el futuro nacieran individuos con esos defectos, o disminuir su
incidencia, a un costo relativamente pequeño por el número de portadores y
afectados que serían declarados genéticamente muertos.
Pero en el caso de enfermedades genéticas serias transmitidas como “recesivas” no se conseguiría una reducción significativa de su incidencia en la población, a menos que se decretase la muerte genética de un enorme número de gente”. Claro que lo que Ramsey está aquí sugiriendo no es una matanza genocida, sino que se refiere a implementar una eugenesia preventiva forzando el acervo genético estableciendo un control selectivo de los autorizados a reproducirse.
Lógicamente, esta cuestión está firmemente emparentada con
ciertos preceptos morales que no podemos soslayar. Tal es así que las mismas
palabras recién reproducidas fueron pronunciadas por Ramsey, inicialmente,
durante una conferencia sobre “Ética en la medicina y la teología” patrocinada
por la Rice University y por el Institute of Religion del Texas Medical Center
en el año 1968.
No obstante, sí debemos tener en cuenta que las condiciones imperantes en el
remoto pasado al cual nos remite nuestra hipótesis mal hubieran permitido la
aplicación de preceptos éticos y morales, y mucho menos “agredirlos levemente”
por medio de la eugenesia preventiva traducida en el control de reproducción.
¿Por qué? Básicamente, porque aunque los “ángeles-astronautas sublevados”
hubiesen depuesto su actitud, la raza de los gigantes seguramente no vería con
buenos ojos que su futuro evolutivo se viera imposibilitados mediante control
alguno.
Datos del autor:
Estudió abogacía en la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Es periodista versado en ciencia y fue coordinador documental de la revista Cuarta Dimensión, jefe de redacción de otras publicaciones especializadas y actualmente es el editor de www.antiguosastronautas.com. Desde 1980 ha publicado gran número de artículos referidos a la hipótesis de las paleovisitas extraterrestres.