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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Homeschooling o esta escuela no me enseña lo que necesito. Por Edición i. |
La educación, la profesión de docente y el aprendizaje se encuentran en crisis. Sucesivas reformas han fracasado. Basta con comprobar la deserción en los niveles primario, secundario, terciario y universitario para cuestionarse qué ocurre. Ni hablar de los fracasos en evidencia cada vez que se rinden exámenes de ingreso a, por ejemplo, la universidad pública. Comienza otro año escolar: ¿tiene sentido o sólo se trata de depositar a los estudiantes en algún sitio? La revista EDICIÓN i investigó nuevas tendencias que produce la crisis actual.
Cuando comenzó a investigar el tema, la periodista española
Laura De Rivera descubrió el caso de Irene, de 11 años, quien estaba apabullada
por qué le ocurriría en el colegio. La angustia era su compañera y prefería
faltar a concurrir. Su padre, docente, le propuso que abandonara y ella eligió
un taller de plástica y un curso de teatro en la Universidad de Deusto.
Irene descubrió que le fascinaba el vestuario de la película ‘Lo que el viento
se llevó’, y a los 12 años realizó su primer vestido de época a tamaño natural.
Su interés por la costura fue creciendo, hasta hacer del vestuario para teatro
su profesión.
En enero de 2007, con 28 años, ella reconoce que dejar de ir a la escuela le
enseñó a satisfacer sus intereses “y a desarrollar mi capacidad de esfuerzo”. La
tarea que debía abordar De Rivera era si el caso de Irene se trataba de una
excepción o la posibilidad de una nueva tendencia pedagógica.
Por esto consultó a Lucía, una psicóloga madrileña especializada en niños y
adolescentes, que le respondió: “Los consultorios se encuentran repletos de
jóvenes que no soportan la presión escolar, que se quejan del acoso y malos
tratos por parte de sus compañeros o de los propios profesores”.
Es más: Lucía y su esposo Pedro decidieron educar a sus hijas Clara, de 9 años,
y Azucena, de 6 años, en su propio hogar. No se trata de falta de dinero ni de
pereza sino de una decisión meditada de los padres.
Y no solamente por ellas ya que es una opción reconocida en la legislación de
países como Canadá, Reino Unido, Nueva Zelanda, Francia y USA, país pionero en
el movimiento ‘Homeschooling’ (educación en casa), que avanza presuroso en el
planeta.
En USA, el Departamento de Educación estima que 1,1 millón de estudiantes, de
entre 5 años y 17 años, reciben su formación para la vida fuera de la enseñanza
convencional.
En España, este comportamiento es recién incipiente y Juan Carlos Vila,
presidente de la Asociación para la Libre Educación, estima en 2.000 familias,
probablemente 4.000 niños, pero su colega Xavier Alá, director de la escuela a
distancia Clonlara España, agregó: “Hay mucha gente que no ha salido del armario
todavía, que ya educa a los niños en casa pero no lo dice por el qué dirán, por
el statu-quo”.
En la Internet han surgido varios foros de discusión de padres que han decidido
no escolarizar a sus hijos. Y ya existen dos asociaciones que los nuclean: la
Asociación para la Libre Educación, que cuenta con 150 familias registradas, y
Crecer sin Escuela, que nació a partir del movimiento Growing Without Schooling
fundado por el pedagogo John Holt, principal ideólogo de la educación en casa.
Holt era un profesor que, desengañado del sistema escolar, decidió impulsar una
organización que sirviese de apoyo y estímulo a padres. Su motivación era una
cita de Albert Einstein que encabeza uno de sus libros (‘Enséñate a ti mismo’, o
‘Teach Your Own’): “Es casi un milagro que los modernos métodos de instrucción
no hayan estrangulado totalmente la curiosidad de averiguar. (...) Es un grave
error pensar que el placer de observar e investigar pueda ser promovido por
medio de la coerción o el sentido del deber”.
Holt llegó a la conclusión, a principios de los ‘70, de que los movimientos para
reformar la escuela eran una “ilusión”, porque muy pocos padres y profesores
estaban dispuestos a aceptar los desafíos que implicaba. “La gente insiste en
que las escuelas sean duras y crueles con sus hijos, porque es como creen que el
mundo funciona realmente”.
“No puedo evitar estar de acuerdo con Krishnamurti cuando dice: ‘Lo que ahora
llamamos educación es acumular información a través de los libros, algo que
puede hacer cualquiera que sepa leer”, había escrito Penny Barker en uno de los
boletines que edita desde 1977 la citada organización.
Los padres de Karen, Juan y Helen, explicaron en aquella nota que la escuela
tiene una actitud equivocada hacia la infancia, y que su sistema coercitivo no
favorece la maduración.
El diario ‘El País’, de Madrid, publicó el 28 de mayo de 1991 un pionero
artículo firmado por César Díaz, quien había investigado el caso de Karen, una
niña hispano-irlandesa de 12 años, residente en Pontevedra, Galicia, hija de un
matrimonio de psicoterapeutas, y que nunca había asistido a la escuela. Por
aquel entonces, según el diario ‘The New York Times’, en USA era 300.000 los
casos similares, y que no se trataba de desescolarización por motivos
socioeconómicos ni geográficos.
“Sabemos que no es una opción que pueda seguir todo el mundo. En nuestro caso es
fácil, porque trabajamos en casa. También sabemos que hay situaciones familiares
en las que es mejor que los hijos vayan al colegio”, advirtieron. “Si Karen
quisiera ir, podría hacerlo. Quizá vaya a un instituto si lo desea. La vemos muy
bien, más madura que los niños de su edad, pero sin dejar de ser una niña. Lee
mucho.
Estamos seguros de que no tendrá problemas para superar un examen de graduado
escolar”, agregaron. Karen ya se ha graduado de la Trinity College, Dublín,
Irlanda.
Por entonces el movimiento ‘Educados en Casa’ comenzaba a expandirse por
Francia, Australia, Canadá y Reino Unido. Las familias que participaban eran muy
heterogéneas: desde integrantes de comunidades religiosas a personas que
desconfiaban de la escuela como el medio más idóneo para el desarrollo personal
e intelectual de sus hijos.
César Díaz se preguntó por qué el sistema escolar se pone nervioso ante el
ejercicio de esta alternativa. El sociólogo Mariano Fernández Enguita le
respondió que “si se demostrase que los niños pueden aprender lo mismo en menos
tiempo, se descubriría que la verdadera función del sistema escolar es la
custodia de los niños e inculcar el sentido de la disciplina”. Luego agregó:
“Algunos estudios han demostrado que la mitad del tiempo en las aulas se dedica
a mantener el orden”.
Fernández Enguita concluyó: “A finales del siglo pasado se empezó a experimentar
el sistema de enseñanza que tenemos ahora, y se demostró que no era más eficaz
para transmitir conocimientos. Sin embargo, es el adecuado para inculcar el
sentido de la disciplina, y por eso se necesita que los niños estén mucho tiempo
escolarizados. A mi me gustaría que mi hijo no fuese a la escuela, pero es
imposible con el tipo de vida que tenemos”.
EJERCER LA LIBERTAD
El Estado aún no ha percibido el enorme desafío que supone la desescolarización,
tanto para la enseñanza pública como privada. En la Argentina tampoco ha
comenzado el debate que sí ha ocurrido en otros países acerca de si el Estado
tiene o no el derecho de imponer la escolarización en contra de la voluntad de
los padres. Todo lo contrario: para los gobernantes argentinos y un amplio
universo de la población, el Estado tiene la obligación de imponerla y hasta
acaba de extenderse de la educación primaria a la secundaria completa.
Sin embargo, Elsa Haas, una estadounidense que participa del movimiento Growing
Without Schoolig o, en español, Aprender Sin Escuela, explicó: “La libertad de
pensamiento debe incluir la libertad de aprendizaje”. Probablemente el
pensamiento restringido, circunscrito, limitado de estos tiempos tenga su origen
en la negación de la libertad de aprendizaje.
Laura De Rivera dio con Paula, una madre española que alegó ante el Ministerio
de Educación la posibilidad de que su hijo Pablo siguiera un programa especial
de educación a distancia por sus continuos viajes familiares de trabajo. Esto
ocurrió cuando Pablo tenía 8 años, y hoy tiene 15.
Ese programa especial asigna a los padres la lista de libros que sus hijos deben
seguir y los conocimientos que el niño debe adquirir, con exámenes trimestrales
similares a los realizados en el colegio.
“Pero, ¿por qué tenemos que desconfiar de su capacidad para aprender? ¿Por qué
hay que estar poniéndoles pruebas continuamente?”, se quejó Paula. Ella
inscribió a Pablo en la escuela estadounidense Clonlara, pionera en la enseñanza
a distancia, que en el 2002 abrió una sucursal en España.
Paula defiende que los niños aprenden por sí solos y que el papel de los
progenitores debe ser asesorar y no imponer. “Aprender a decidir, a mandarse a
uno mismo cuando nadie te dice lo que tienes que hacer, es la lección más
difícil y más importante”, afirma.
Más que convertirse en sustitutos de los profesores, el rol de estos padres
consiste en fomentar el aprendizaje autodidacta de sus hijos, facilitándoles los
medios para satisfacer su curiosidad natural. Son materiales asequibles, más
baratos que los de una escuela ordinaria: libros (de la biblioteca más cercana),
Internet, documentales, cursos de idiomas por computadora... y mucho tiempo para
conversar, viajar, trabajar juntos.
El mayor obstáculo consiste en que la sociedad moderna, la incorporación de la
mujer al trabajo, la separación de los abuelos, etcétera, hacen necesario que
las escuelas se ocupen más tiempo, y a una edad más temprana, de los niños.
Pero, ¿es el mejor rol el de los docentes?
Clara y Azucena, las hijas de Lucía y Pedro, siguen el método japonés Kumon para
aprender matemáticas, inventado para aprender cálculo a distancia. El Kumon se
ha convertido para las dos niñas en un ritual ineludible: le dedican 15 minutos
cada mañana, incluyendo fines de semana y vacaciones.
¿Quiénes son responsables de controlar que esto ocurra? Lucía y Pedro.
La implicación de los padres es una de las claves de la
enseñanza en casa. En la mayoría de los casos, son ellos quienes se encargan de
acompañar a sus hijos durante ese tiempo que los otros niños pasan en el
colegio; sólo una minoría se apoya también en profesores particulares.
El esfuerzo requiere una dedicación a tiempo completo, por lo que muchas de
estas familias están formadas por padres que trabajan en casa y se turnan para
acompañar a sus hijos. Por esto no es una opción para todo el mundo. En el caso
de Lucía y Pedro terminaron saliendo de la populosa Madrid a un pueblo en Ávila:
“Es cuestión de prioridades”, señalan.
Según cuenta Carmen Ibarlucea, una de las madres de la Asociación para la Libre
Educación, en la propia web de la asociación, “es una opción minoritaria, pero
igual que la gente se endeuda para adquirir una vivienda de lujo, yo puedo
posponer mi desarrollo profesional o incluso suicidarme laboralmente para pasar
la mayor parte del tiempo con mis hijos”.
José Luis Pedreira, psiquiatra infantil en el Hospital Infantil Universitario
Niño Jesús de Madrid y autor de un prestigioso estudio sobre acoso escolar o
‘bullying’ (un enorme problema en la España contemporánea), reconoció algunos
pros de la no escolarización: “Disminuye la posibilidad de enfrentarse con el
bullying, no existe contaminación educativa respecto a los valores con los que
la familia quiere educar a sus hijos y, además, se evita el contacto con
factores de riesgo, como el consumo de drogas”.
Sin embargo, en el otro lado de la balanza, Pedreira consideró que no ir a la
escuela convencional “disminuye la socialización y crea un nivel de
discriminación en el niño cuando se le compara con otros de su edad. La
educación no son sólo contenidos, es la interacción continuada con todo tipo de
personas, incluidas las que piensen de forma diferente; ello enriquece el
proceso de crecimiento personal. En la educación en casa, esto sufre una
restricción importante. La riqueza está en el contraste entre los valores que un
niño aprende en casa y los que ve en el cole. Además, no escolarizar supone una
salida tangencial de la familia, en vez de pelear por el cambio social educativo
desde dentro”.
Sin embargo, ninguno de los padres entrevistados identificó algún problema
acerca de la socialización y afirman que sus hijos se integran como cualquier
otro.
Sí destacó el planteo de Paula, quien dijo que hacían falta “lugares donde los
niños no escolarizados puedan reunirse de forma habitual, con monitores que los
orienten y apoyen para que puedan hacer lo que les interesa”, tal como sucede en
New York, donde Prospect Park, en el barrio de Brooklyn, se ha convertido en
punto de referencia de ‘los sin escuela’.
Como alternativa a tener a sus hijos todo el día en casa, algunos padres que no
desean llevarlos al colegio oficial han optado por las escuelas libres. Por lo
general, son centros no reconocidos por el sistema oficial de enseñanza, están
en áreas rurales y tienen en común un horario reducido . Los referentes pioneros
son en Inglaterra (Summerhill School), Ecuador (Fundación Pestalozzi) o USA (Sudbury
School).
EL DEBATE
Educadores y observadores de este movimiento plantean dos objeciones
fundamentales:
Si padres bienintencionados pero mal preparados dañarían irremediablemente la
formación de sus hijos; y
Si el aislamiento de los niños dañaría el desarrollo de sus habilidades
sociales, una de las principales justificaciones del sistema escolar
obligatorio.
A ellos les refuta Elsa Haas: “En la escuela, los niños están la mayor parte del
tiempo sentados en sus pupitres, y los profesores están frecuentemente
diciéndoles que se callen”.
Los mentores de este movimiento promueven, por ejemplo, el aprendizaje de
profesiones que atraiga a los jóvenes, con periodos de prácticas voluntarias.
Asimismo, opinan que los colegios deberían dar la opción de asistir sólo a las
lecciones que eligieran los niños.
¿Y qué ocurre con la universidad? Los promotores de esta tendencia señalan el
famoso caso de una familia californiana, en la que tres de sus cuatro hijos
fueron admitidos en la Universidad de Harvard sin haber pasado antes por una
institución escolar. El cuarto no tenía aún la edad suficiente.
El mayor, Grant Colfax, que también había sido aceptado en Yale, obtuvo una
puntuación de 600 sobre un total de 800 al realizar la prueba de aptitud, y
posteriormente obtuvo el ‘cum laude’ al graduarse en 1987.
Sin embargo, los impulsores de este movimiento opinan que no se puede medir su
validez por el éxito académico o profesional de las personas que lo practican.
Para ellos no se trata de establecer una competencia, y consideran que padres
sin una preparación académica pueden ayudar también a sus hijos a que aprendan.
Para sus detractores, no llevar a un niño a un colegio normal equivale a
aislarle en una burbuja de la que no puede salir preparado para enfrentarse al
mundo real.
La educación obligatoria comenzó en Occidente a finales del siglo 17 y comienzos
del 18 en los estados alemanes de Gotha, Heidelheim, Calemberg y,
particularmente, Prusia. En los Estados Unidos, el primer estado en aprobar una
ley de educación obligatoria fue Massachusetts, en 1789, pero no fue hasta 1852
que estableció un verdadero “sistema moderno de educación obligatoria estatal”.
Domingo F. Sarmiento fue un gran admirador del sistema educativo estadounidense
y lo incorporó a la Argentina.
Durante este período lo usual era que la mayoría los padres utilizasen libros
destinados a la educación en el hogar; o apelaran a los servicios de maestros
itinerantes, en la medida que los medios y la oportunidad lo permitiesen.
Después que Massachusetts impusiera su sistema, otros estados comenzaron a hacer
obligatoria la asistencia a las escuelas, pero hacia 1912, A. A. Berle de la
Universidad Tufts afirmó que los 20 años previos de educación masiva había sido
un fracaso y que cientos de padres le habían consultado cómo podían educar a sus
hijos en casa.
A comienzos de la década de 1970, cuando las premisas y la eficacia de la
educación obligatoria fue cuestionada mediante la publicación de libros tales
como ‘Deschooling Society’, de Ivan Illich, 1970; y ‘No más Escuela Pública ’),
de H. Bennet, 1972; apareció John Caldwell Holt, quién escribió en 1976 ‘En
lugar de la Educación: Formas de enseñarle a la gente a hacer mejor las cosas’.
Después de la publicación del libro, Holt fue contactado por familias
estadounidenses que habían tomado la decisión de educar a sus hijos en casa.
A partir de entonces, Holt comenzó la publicación de una revista dedicada a la
educación en el hogar llamada ‘Growing Without Schooling’.
En la segunda mitad de la década de los años ‘70, los educadores Ray y Dorothy
Moore comenzaron a documentar y publicar los resultados de su investigación
sobre la optimización educativa en niños, cuyo hallazgo principal fue que los
niños no deberían entrar al sistema educativo formal hasta tener al menos 10
años de edad, para así obtener resultados educativos y sociales óptimos.
La filosofía básica de John Holt acerca de la educación es bien simple: “Yo
quiero dejar en claro que no veo la Educación en el Hogar como un tipo de
respuesta a lo deficiente de las escuelas. Yo creo que el hogar es la base
adecuada para la exploración del mundo que entendemos como aprendizaje o
educación. El hogar sería la mejor base no importa cuan buenas sean las
escuelas”.
Holt murió en 1985.