“Según tradición explicada en los anales del Gran Libro, mucho antes de los días de Ad-am y de su curiosa mujer Heva, allí donde hoy sólo se ven lagos salados y áridos desiertos, se dilataba por el Asia central un vasto mar interior hasta las estribaciones occidentales de la majestuosa cordillera de los Himalayas. En aquel mar había una isla de insuperable belleza, habitada por los últimos restos de la raza anterior a la nuestra, cuyos individuos podían vivir indistintamente en el agua, en el aire o en el fuego, porque ejercían ilimitado dominio sobre los elementos. Eran los “hijos de Dios”; pero no los que se prendaron de las “hijas de los hombres”, sino los verdaderos Elohim, aunque la Kábala oriental les dé otro nombre.
Ellos revelaron a los hombres los secretos de la
Naturaleza y les comunicaron la palabra “inefable”, hoy día perdida. Esta
palabra, que no es palabra, se difundió en otro tiempo por toda la redondez
de la tierra, y todavía perdura como lejano y moribundo eco en el corazón de
algunos hombres privilegiados. Los hierofantes de todos los colegios
sacerdotales (46) conocían la existencia de esta isla, pero únicamente el
Java Aleim, o presidente del colegio, conocía la palabra que, en el momento
preciso de la muerte, comunicaba a su sucesor”.
LA ISLA TRANSHIMALÁYICA
“La hermosa isla de que hemos hablado no tenía comunicación marítima con el continente sino por medio de pasadizos submarinos, conocidos únicamente de los jefes. La tradición señala entre el número de colegios sacerdotales, las majestuosas ruinas de Ellora, Elephanta y las cuevas de Ajunta (en la cordillera de Chandor), que comunicaban con los pasadizos submarinos. ¿Quién puede decir si la desaparecida Atlántida (también mencionada en el Libro Secreto, aunque con el nombre sagrado), existía ya en aquella época? ¿No fuera acaso posible que el continente atlante se hubiese dilatado por el Sur de Asia, desde la India a la Tasmania?
Si algún día llega a comprobarse la existencia de la
Atlántida, que unos autores ponen en duda y otros niegan resueltamente,
considerando esta hipótesis como una extravagancia de Platón, tal vez se
convenzan entonces los eruditos de que no fue fabuloso el continente
habitado por los “hijos de Dios”, y de que la cautela de Platón al aludir a
la Atlántida con supuesta atribución del informe a Solón y los sacerdotes
egipcios, tenía por objeto comunicar prudentemente esta verdad al mundo, de
modo que, combinando la verdad con la ficción, no quebrantase el sigilo a
que le obligaba la iniciación. Por otra parte, Platón no pudo inventar el
nombre de Atlanta, porque en la etimología de este nombre no entra ningún
elemento griego”.
EL TESORO DE LOS INCAS
“Las ruinas de que está sembrado el suelo americano y
muchas islas adyacentes a la India occidental fueron obra de los sumergidos
atlantes. Así como los hierofantes del continente antiguo podían comunicarse
submarinamente con el nuevo, así también los magos atlantes dispusieron de
análogas comunicaciones. A propósito de estas misteriosas catacumbas,
referiremos una curiosa narración oída de labios de un peruano con quien
íbamos de viaje, y que murió hace tiempo. Trata la narración de los famosos
tesoros del último inca, y es como sigue:
“Desde el célebre y miserable asesinato perpetrado por Pizarro en la persona
del último inca, todos los indios conocían el paraje donde estaba escondido
el tesoro, pero no así los mestizos, en quienes era imposible confiar. Al
caer prisionero el inca, ofreció su esposa en rescate todo el oro que
cupiese en una sala hasta la altura donde alcanzase el conquistador,
debiendo efectuarse la entrega antes de la puesta de sol del tercer día.
La esposa del inca cumplió su palabra, pero Pizarro faltó a ella, según costumbre en los aventureros españoles, porque maravillado a la vista de tan enorme riqueza, declaró que en modo alguno devolvería la libertad al prisionero, sino que le quitaría la vida, a menos que la reina revelase la procedencia del tesoro. Había oído decir Pizarro que los incas guardaban incalculables riquezas en un túnel o galería subterránea de muchas millas de largo. La infortunada reina pidió una prórroga y fuese a consultar el oráculo.
Durante el sacrificio, el sacerdote mayor le mostró en el
sagrado espejo negro la inevitable muerte de su esposo, tanto si entregaba
como si no a Pizarro los tesoros de la corona. Entonces, la reina mandó
tapiar la entrada del subterráneo que se abría en la rocosa margen de un
barranco. El sacerdote mayor, acompañado de los magos, después de tapiar la
abertura, llenaron el barranco de enormes piedras sobre las que extendieron
una capa de tierra para disimular la obra. Los españoles asesinaron al inca
y la desdichada reina se suicidó, burlando así la codicia de los
conquistadores, sin que nadie, excepto unos cuantos peruanos fieles, tuviese
noticia del paraje donde el tesoro quedaba oculto.
A consecuencia de algunas indiscreciones, los gobiernos de distintos países
enviaron agentes en busca del tesoro bajo pretexto de exploraciones
científicas, pero no tuvieron éxito alguno en su propósito. Los informes de
Tschuddi y otros historiadores del Perú confirman esta narración, aunque hay
algunos pormenores desconocidos del público antes de ahora.
Varios años después volvimos al Perú, y en un viaje por mar desde Lima a las
costas meridionales, llegamos cuando ya se ponía el sol a un punto cercano a
Arica, donde nos llamó la atención una enorme y solitaria roca cortada casi
a pico y sin visible enlace con la cordillera de los Andes. Era la tumba de
los incas. Con el auxilio de unos gemelos de teatro, distinguimos a los
reflejos del sol poniente algunos curiosos jeroglíficos grabados en la
superficie de la volcánica roca.
SUBTERRÁNEOS DEL PERÚ
“En Cuzco, capital del Perú, se alzaba el templo del Sol, famoso en todo el país por su magnificencia. Techo, paredes y cornisas estaban revestidas de planchas de oro, y en el muro occidental habían practicado los arquitectos una abertura dispuesta de tal modo, que enfocaba los rayos solares hacia el interior del edificio, en donde se difundían como dorada cadena alrededor de las paredes e iluminaban los torvos ídolos y descubrían ciertos signos místicos, de ordinario invisibles, en que se cifraba el secreto de las entradas a la galería subterránea. Una de estas entradas se abre en las inmediaciones del Cuzco (actualmente es imposible de descubrir), y da acceso a un larguísimo subterráneo que conduce a Lima, y de esta ciudad tuerce hacia el Sur hasta Bolivia.
En cierto punto del túnel hay un sepulcro regio a cuya
cámara dan acceso dos puertas ingeniosamente dispuestas, o mejor dicho, dos
enormes losas, que al girar sobre sus goznes cierran con tan perfecto
ajuste, que sólo por medio de ciertas señales secretas pueden descubrir la
juntura los fieles guardianes.
Una de estas losas intercepta la galería por la parte de Lima, y la otra por
la de Bolivia. Esta última rama se dirige hacia el Sur y pasa por Trapaca y
Cobijo, porque Arica no está muy lejos del riachuelo Payquina que separa
Perú de Bolivia.
“No lejos de allí se yerguen tres picachos andinos, distanciados en forma de
triángulo. Según tradición, en uno de estos picos se abre la única entrada
expedita de la galería que va al Norte; pero sin conocer los puntos de
referencia que a la entrada encaminan, fuera en vano que un ejército de
titanes apartara las rocas con intento de descubrirla.
Y aun suponiendo que alguien diese con ella y llegara por la galería hasta la losa que cierra la cámara sepulcral, resuelto a derribarla, nada conseguiría, porque las rocas de la bóveda están asentadas de modo que, en tal caso, cegarían la tumba con todos sus tesoros. La cámara de Arica no tiene otra entrada que la abierta en la montaña inmediata al río Payquina. A lo largo de la galería que desde el Cuzco pasa por Lima hasta llegar a Bolivia, hay pequeños escondrijos, donde durnte muchas generaciones acumularon los incas incalculables riquezas en oro y piedras preciosas.
“Los tesoros descubiertos en las excavaciones de Micenas por Schliemann despertaron la codicia de los aventureros, que desde entonces ponen la mira en las ruinas donde sospechan ha de haber criptas o cuevas subterráneas con escondidos tesoros. No hay paraje alguno, ni siquiera el Perú, del que se refieran tantas tradiciones como del desierto de Gobi, en la Tartaria independiente. Esta desolada extensión de movediza arena fue, si la voz popular no miente, uno de los más poderosos imperios del mundo. Se dice que el subsuelo esconde oro, joyas, estatuas, armas, utensilios y cuanto supone civilización, lujo y arte en cantidad y calidad superior a lo que pueda hoy hallarse en cualquier capital de la cristiandad.
Las arenas del desierto de Gobi se mueven regularmente de Este a Oeste, impelidas por el huracanado viento que de continuo sopla. De cuando en cuando, dejan las arenas al descubierto parte de los tesoros ocultos, pero ningún indígena se atreve a echarles mano porque le herirían de muerte los bahti, espantosos gnomos a cuya fidelidad está confiada la custodia de aquellas riquezas, en espera de que la sucesión de los períodos cíclicos permita revelar la existencia de aquel pueblo prehistórico para enseñanza de la humanidad.
Según tradicional local, en las cercanías del lago
Tabasun Nor está todavía la tumba del khan Ghengiz, donde el Alejandro mogol
duerme para despertar dentro de tres siglos y conducir a su pueblo a nuevas
victorias y más verdes laureles.
El desierto de Gobi, así como toda la Tartaria independiente y el Tíbet,
están celosamente guardados contra la intrusión de los extranjeros. Quienes
obtienen licencia para atravesar dichos territorios, quedan sujetos a la
vigilancia de los agentes de la suprema autoridad del país, con la
restricción de no divulgar nada de lo referente a lugares y personas.
