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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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La conspiración peronista que desembocó en la tragedia setentista. Por Humberto Rovira. |
Una investigación llevada a cabo en 1957 por el reconocido
periodista brasileño Arlindo Silva vuelve hoy a la luz para conocer uno de los
tantos períodos trágicos de la historia argentina. Las copias de cartas secretas
dirigidas por Perón a sus "Comandos Revolucionarios" en varios países
sudamericanos fueron el prolegómeno del baño de sangre que enfrentó a los
argentinos durante casi tres décadas (1955-1983) llevándolos a un callejón sin
salida.
La existencia "prima facie" de una "asociación ilícita" convocada y organizada
desde el extranjero para delinquir, sabotear, conspirar y agredir a la nación y
a sus habitantes por distintos medios violentos, hasta la toma del poder por la
fuerza de las armas, resultó una estrategia que se extendió durante largos 16
años.
Cuando el 25 de mayo de 1973, asumía la presidencia el Dr.
Héctor Cámpora en representación del exiliado Juan Domingo Perón, habían pasado
entonces 18 años de proscripciones pero también de huelgas, atentados,
asesinatos y crisis económicas.
La consigna “Cámpora al gobierno, Perón al poder” parecía haber calmado las
aguas y tranquilizar a "los muchachos", pero después de una segunda elección y
gobernando la fórmula "Perón-Perón", la salud deteriorada del viejo líder
justicialista y su acendrado odio a la izquierda terminó de romper con el pacto
que lo llevó a la presidencia.
La traición a sus huestes revolucionarias (Montoneros, Far y
Fal), convirtió a su gobierno en una anarquía que se agravó aún más después de
su muerte en 1974. Ese período tétrico de la historia argentina es el que está
hoy en discusión.
Las reacciones
En estos días, carteles con la leyenda "No jodan con Perón" fueron pegados en
calles del barrio porteño de Constitución por el gremio ferroviario La
Fraternidad en referencia a eventuales derivaciones que podría tener la causa
"Triple A" por la cual dos jueces pidieron la captura de la viuda del general,
María Estela Martínez de Perón.
Un inveterado dirigente justicialista que participó del gobierno de Isabel Perón
y de Carlos Menem, se rasga las vestiduras muy ofendido: "Mientras estuve
ausente del país, un juez federal penal cometió el desatino de pedir la
extradición de la Sra. de Perón por motivos absurdos." - expresa encolerizado.
El juez debería pedirle perdón al Dr. Juan Gabriel Labaké por haber incurrido en
el error de dictaminar un fallo en su ausencia.
El ex fiscal del juicio a las juntas militares Julio César Strassera, devenido
en defensor de "pobres y ausentes", critica el pedido de captura de Isabel
Perón, negándole validez jurídica. Strassera es posible que opine como activo
mediador de un posible pacto de no agresión entre el gobierno de Alfonsín y el
Partido Justicialista celebrado durante aquellos años del Juicio a las Juntas.
El presidente Néstor Kirchner manifestó en reiteradas oportunidades: "Nosotros
queremos reconciliación, pero con verdad y sin impunidad. Por eso hay que
conocer la verdad, sea cual sea."
Sin embargo, Firmenich, Vaca Narvaja, Perdía y otros ideólogos y militantes de
grupos "pseudo revolucionarios" gozan de total libertad y decenas de asesinatos,
incluso aquellos "confesados públicamente", han quedado sin castigo. La muerte
violenta de ciudadanos argentinos ajenos a los bandos en pugna y en
circunstancias fortuitas, no parece para el presidente merecedora de la
calificación de crimen de lesa humanidad.
Por tal motivo, Mario Eduardo Firmenich, a pesar de haber
sido procesado y condenado en primera instancia (1987) a la pena de reclusión
perpetua y accesorias, limitada a treinta años en razón del compromiso de
extradición (además de la causa a que diera lugar el secuestro extorsivo de los
hermanos Born y los homicidios de Alberto Bosch y Juan Carlos Pérez), quedó
libre gracias al decreto del indulgente riojano Carlos Menem en 1990 (estuvo
solo tres años detenido) y salvo un pequeño incidente con el juez Bonadío que lo
acusó por la desaparición de militantes montoneros en 1980, jamás volvió a ser
molestado.
En la Argentina el crimen no paga, según sean los padrinos que uno tenga.
El Ku-Kux-Klan argentino
El propio Perón, desde su exilio –primero en Panamá y luego en Venezuela,-
dirigió un movimiento subversivo que pretendía su retorno a la Argentina. Los
documentos obtenidos durante la investigación llevada a cabo por el periodista
Arlindo Silva, prueban que no bien llegó a Panamá, después de huir de Paraguay,
Perón comenzó a organizar su "quinta columna" en varios países sudamericanos.
Desde la ciudad panameña de Colón, donde se refugió inicialmente, comenzó a
dirigir cartas a los peronistas exiliados en Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile y
Bolivia, y en poco tiempo organizó sus "comandos secretos" que entraron
rápidamente en acción.
Perón mandó imprimir planes, instrucciones y directivas, enviándolos a los jefes
de esos "comandos", quienes, a su vez, los remitieron, por medio de otras
personas, o por correo, a elementos peronistas radicados en la Argentina.
Esas directivas y planes de agitación fueron profusamente distribuidos
haciéndolos llegar a las masas obreras. En su correspondencia a los jefes de los
"comandos", Perón decía que la difusión de esas directivas debía ser tan intensa
que la masa quedase saturada, pasando luego a la acción decisiva. Si la masa
obrera cumplía al pie de la letra los planes que él trazaba, el gobierno de
"facto" surgido de la Revolución Libertadora de 1955 no permanecería en el poder
por mucho tiempo.
Sin embargo, en las cartas remitidas a los "comandos", Perón confesaba que no se
podía esperar un golpe militar exitoso contra el gobierno de Aramburu, si bien
la acción civil iba a ser el único medio de abatir y desgastar lo que él llamaba
"canalla dictatorial".
A pesar de la vigilancia dispuesta por los gobiernos sudamericanos, Perón, sin
duda, consiguió alcanzar parte de su objetivo. Sus directivas –ordenando actos
de terrorismo y sabotajes- entraron en gran escala en la Argentina y llegaron a
ser lanzados en las calles de Buenos Aires anticipando los primeros bosquejos de
la guerrilla urbana organizada que asoló a la Argentina durante casi toda la
década de los setenta.
Como la remesa por vía aérea de millares de esos panfletos
costaba mucho dinero, Perón ordenó que las directivas e instrucciones fuesen
impresas en papel de seda, economizando así en los fletes aéreos.
Dos grandes incendios en los talleres de la SIAM causaron daños por valor de 75
millones de pesos. Se comprobó que fue sabotaje de los peronistas.
Para que tales directivas tuviesen validez, desde cierta fecha en adelante,
Perón resolvió firmarlas. En una carta enviada en mayo de 1956 a Modesto Alves
Spacchessi, jefe del "comando" peronista en Brasil, Perón decía que poco a poco
la situación en la Argentina iría entrando en un clima de insurrección general y
que la marcha hacia el caos era lo que los peronistas deberían provocar.
Una carta enviada por Perón al Dr. Modesto Spachessi fechada en Colón (Panamá)
el 13 de mayo de 1956 expresa lo siguiente: "Las cosas en la Argentina siguen su
curso normal. Poco a poco se va entrando en el momento de la insurrección
general... Será la única manera que el pueblo tome las cosas en sus manos y se
cobre generosamente todas las deudas que la canalla dictatorial ha acumulado.
Hay que dar ocasión a que el pueblo extermine a la reacción y me temo que no
haya otro camino que el colgamiento de los reaccionarios...
Pero no hay que apurarse pues la canalla dictatorial está haciendo tal número de macanas... Yo nunca fui político pero en el futuro lo voy a ser para aniquilar a los demás partidos que en esta emergencia se han puesto la tapa definitiva apoyando a una dictadura que asesinó obreros e impuso la tiranía para suprimir todas las conquistas del pueblo...
Los comandos en todas partes van bien encaminados y el
trabajo comienza a rendir... No necesitamos muchos diarios para ello porque en
poder de la verdad es increíble lo que se puede hacer con poco."
Su previsión no fue muy acertada, pues un año después el gobierno provisional de
Aramburu continuaba firme. Aunque, de todos modos, no cejaba en arengar a su
tropa incitándolos a que el pueblo argentino no tenía otro camino que el
ahorcamiento de los reaccionarios.
Se nota en las directivas enviadas a las organizaciones peronistas clandestinas
un tono siniestro. Para una mejor difusión de sus planes de agitación y
subversión, Perón hizo que fueran montadas estaciones de radio clandestinas en
algunos países, como en Brasil y Chile, y esperaba instalar otras en Bolivia.
Aunque en escala menor de lo que Perón tal vez esperaba, tales directivas fueron
cumplidas por sus adeptos en la Argentina. Por ejemplo, elementos fanáticos
provocaron el incendio de 8 mil hectáreas de trigo y cebada en varias regiones
agrícolas del país, mientras que en el Norte eran practicados numerosos actos de
sabotaje.
Los dos grandes incendios de la fábrica SIAM, que se dedicaba a la producción de
heladeras, pequeños vehículos motorizados y artefactos eléctricos en general, y
que era una de las más grandes empresas industriales en la Argentina, fueron
producto de la acción criminal de los terroristas que obedecían a los planes de
Perón.
El primer incendio de la SIAM, en diciembre de 1956, exigió la presencia de 700
bomberos y causó daños por valor de 70 millones de pesos (unos 4 millones de
dólares, al cambio oficial).
El segundo siniestro, en abril de 1957, causó daños por dos millones de pesos.
Cerca de 2.000 obreros quedaron sin trabajo, lo que creó al gobierno un serio
foco de inquietud social. También la explosión producida en febrero de 1957 en
el oleoducto La Plata-Buenos Aires fue un acto de sabotaje practicado por
elementos fieles al gobierno depuesto. Para destruir el oleoducto, los
saboteadores dinamitaron un puente ferroviario, bajo el cual pasaba el tubo
conductor del combustible.
Asimismo, en abril de 1957 fue dinamitado el puente de la carretera
panamericana, ubicado en el populoso barrio de Quilmes, en la provincia de
Buenos Aires, ocasión en la que quedó gravemente herido Andrés Cibrián,
peronista confeso, que antes de morir en un hospital de Avellaneda, reveló su
participación en el atentado, así como la existencia de una vasta organización
de saboteadores que practicaban actos terroristas según las órdenes recibidas
del exterior.
Las bombas que casi todas las noches explotaban en los más diversos puntos de
Buenos Aires eran parte de la guerra de nervios desencadenada según las
directivas peronistas.
Además de los actos de sabotaje y terrorismo, Perón determinó la organización de
una sociedad secreta, estilo Ku-Kux-Klan, para la punición (inclusive la muerte)
de todos los enemigos del peronismo. Los miembros de esa secta comparecían a las
reuniones secretas con el rostro cubierto con un capuchón y no debían conocerse
por su nombre, sino usando una seña convencional. Perón bautizó esa secta con el
nombre de "Justicia del Pueblo", J.D.P., iniciales que corresponden a su propio
nombre.
Casi todos los "comandos" en actividad en los países sudamericanos se
organizaron en base a los exiliados peronistas que lograron escapar de la
Argentina.
El Comando Central peronista de Río de Janeiro envió este telegrama al general
Aramburu "intimidándolo" a entregar el gobierno "a los representantes del
pueblo".
En Brasil, la mayoría de los integrantes de los "comandos" que actuaban en el
país, estaba compuesta por peronistas que estuvieron refugiados en la embajada
de Brasil en Buenos Aires durante la revolución que depuso a Perón. Además, los
"comandos" en Brasil eran muy numerosos. Su jefe, era Modesto Alves Spachessi,
ex diputado por la provincia de Córdoba, que residió durante muchos años en la
Av. Copacabana 872, departamento 802, de Río de Janeiro.
En Brasil, el movimiento peronista estaba dividido en tres grandes núcleos: uno
en Río, que dirigía Spachessi; otro en San Pablo, donde los fanáticos
partidarios de Perón trataron de organizar milicias "para liberar la patria de
la tiranía"; y el tercero en Uruguayana, Rio Grande do Sul. Pero había otras
pequeñas ramificaciones en Porto Alegre y Paraná. El núcleo que operaba en Rio
era el "Comando Central" y los demás "subcomandos".
La correspondencia entre Perón y Modesto Alves Spachessi era intensa. El Brasil
era también el centro de comunicación para los "comandos" del Paraguay, Bolivia
y Uruguay, a través de Spachessi quien recibía de Perón las directivas
subversivas, así como cintas grabadas y discos. Luego las reproducía y las
remitía a otros países, donde los "comandos" habían instalado estaciones de
radio que operaban en ondas cortas y largas.
Las cintas magnetofónicas y los discos contenían o las
famosas directivas subversivas, o los discursos de Perón incitando a sus
partidarios a realizar actos de terrorismo y a la resistencia. En una de sus
cartas a Modesto Spachessi, Perón dice que se siente un tanto exhausto con la
actividad que desarrolla en Caracas organizando planes, enviando directivas,
respondiendo cartas y, además, dirigiendo nada menos que quince organizaciones
clandestinas ubicadas en varios países.
Algunas cartas de Perón son firmadas con el nombre de "PECINCO", palabra
derivada de las cinco letras de su apellido. Pero siempre que lo hacía, su
ayudante de órdenes, el mayor Pablo Vicente, que vivía con él, en Caracas,
agregaba debajo: "Es auténtica".
El sub-comando de Uruguayana era dirigido por los peronistas Luis Piacenza y
Victorino Cardinali, éste último usando a veces el seudónimo de "Pancho". Eran
elementos activos y peligrosos. En la fracasada revolución de junio de 1956,
cuando los peronistas intentaron derribar al gobierno de Aramburu; Piacenza y
Cardinali tomaron la emisora LT-8 de Rosario, y en ella permanecieron hasta que
la insurrección fue dominada. Luego se refugiaron en la embajada de Brasil y
posteriormente se dirigieron a Uruguayana. Allí formaron el sub-comando,
subordinado al "comando" central de Rio, al que daban cuenta de sus servicios.
El sub-comando de San Pablo era el que se encargaba de la impresión de folletos,
planes, directivas, en los talleres gráficos del exiliado peronista Jorge Corzo.
Además, en San Pablo, el movimiento peronista estaba dividido en dos grupos. Uno
que era propiamente peronista y distribuía volantes y panfletos incitando a los
fanáticos a formar milicias para derrocar al gobierno de Aramburu. El otro, el
segundo, se autodenominaba "Movimiento Nacional Rosista" y usaba como símbolo la
efigie del tirano del Plata, Juan Manuel de Rosas.
Conclusión
Miedo a conocer la historia, miedo a oír la verdad, miedo a reconocer los
errores, miedo, miedo, miedo... La conciencia de muchos peronistas se divide hoy
entre el beneplácito por continuar mamando del poder con un Kirchner que olfatea
un segundo mandato (de él o de su esposa) y el olvido de una de las premisas que
el justicialismo marcó a fuego en cada corazón peronista: la lealtad.
Pero ¿lealtad a quién, para qué? Perón murió y por más que lo
resuciten a menudo inventando alguna bochornosa demostración de "para un
peronista no hay nada mejor que otro peronista", nada va a cambiar el horizonte.
A lo que se le teme es al juicio de la historia y esto es lo que se trata de
impedir. La demostración de que sus principales símbolos eran personas comunes
con vicios, virtudes, errores, ambiciones, odios, vergüenza, pasiones... como
cualquiera, los somete a una catarsis difícil de digerir.
Como alguna vez dije: "Si en 1946 existía el radicalismo, el socialismo, el
conservadorismo, el laborismo, la democracia progresista, el comunismo... para
qué era necesario el peronismo, un conglomerado de ideas y de proyectos robados
a otros partidos políticos y aprovechadas al máximo por la sagacidad del
general"...
Hoy, muchos de los que participan en los cuadros del poder se están haciendo
esta misma pregunta.
Fuente documental: "O Cruzeiro"
Edición Internacional - 1º de agosto de 1957
Gentileza para NOTIAR del Sr. Luis Daniel de Urquiza.