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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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"Pensé que no iba a escribir más sobre los años setenta" Por Miguel Russo. |
Martín Caparrós dedicó La voluntad (esa monumental trilogía sobre la militancia revolucionaria en la Argentina que escribió con Eduardo Anguita) "a todos los que quisieron escribir otra historia". Ahora, en las primeras páginas de su nueva novela A quien corresponda, puede leerse: "Este relato debería ser ficción. Sería fantástico".
Entre una y otra frase pasaron diez años. Diez años en que, en lo general, el país quebró, salió a la calle en masa, vio como un presidente repetía una escena con helicóptero y terraza que se pretendía olvidada, conoció semanas de sucesiones en el poder demenciales, volvió a votar, se aquietó, aplaudió medidas, criticó medidas.
Diez años en que, en lo particular, Martín Caparrós publicó ensayos, crónicas y antologías de artículos (Extinción, Qué país, Bingo, Amor y anarquía, El Interior) y novelas como la desaforada La Historia o la ganadora del Premio Planeta 2004, Valfierno. "Entre una y otra frase, diez años" se transforma entonces en el disparador de la charla. Un disparador que no necesita pregunta.
"Básicamente, la diferencia entre La voluntad y A quien
corresponda, o si se quiere entre una y otra frase de esos libros, es la manera
en la que me senté a escribirlas. En La voluntad teníamos una idea muy precisa
de contar, tratando de que nuestras opiniones sobre lo narrado se filtraran lo
menos posible. Por lo menos queríamos que no apareciera nuestra opinión en
primer plano, obturando esa especie de gran fresco que tratamos de armar. En
cambio A quien corresponda es puro grito, pura opinión".
Puro grito: A quien corresponda cuenta la discusión entre dos militantes
revolucionarios. Uno, en el poder; otro, repudiando ese poder y planificando una
venganza contra el pasado. Pura opinión: "No quería escribir más sobre los
setenta. En realidad pensé que no iba a escribir más sobre los setenta cuando
terminé mi primera novela, No velas a tus muertos, publicada en 1986.
Allí pensé que ya había escrito todo lo necesario, al menos para mí, sobre los setenta. Cuando se me ocurrió la idea de La voluntad tenía un cierto sentido de intervención política porque veía cómo se estaba falseando o cómo cierta gente contaba de manera falsa lo que había sido la historia de los movimientos revolucionarios en la Argentina. Quería dejar de lado las afirmaciones de Firmenich, que definía a los Montoneros como un movimiento cristiano que pretendía la vuelta de la democracia.
Montoneros no era cristiano ni demócrata. Pero también aclarar esa lectura de los militantes como desaparecidos, que provino de los movimientos de derechos humanos y, básicamente, de las Madres de Plaza de Mayo que no tuvieron más remedio que presentar a sus hijos en el 76 o 77 como pobres muchachos que estaban tranquilos en el living de sus casas cuando vinieron unos señores muy malos y se los llevaron.
Esto informó toda la historia de ese período, hasta una gran culminación mistificadora, paradigma de esa justificación que fue "la noche de los lápices", donde se enseña, aún hoy en los colegios, que eran unos pobres chicos que pedían por el boleto estudiantil y se los llevaron, los secuestraron y los mataron.
En realidad, los secuestraron, torturaron y mataron, es cierto, cosa que no hay que hacer con nadie. Pero no se dijo que esos chicos acordaban y participaban en actividades de grupos que postulaban la lucha armada. Esto no lo dicen porque se supone que, de hacerlo público, habría una justificación de secuestro, tortura y muerte.
Eso es un poco la idea del desparecido no como sujeto de su
propia historia sino como objeto de las decisiones de otros. Se lo define como
desaparecido, como aquel que quedó inscripto en la historia por el momento en
que otro decidió ir a buscarlo. Lo que La voluntad quiso demostrar es que la
mayor parte de esa gente eran sujetos de decisiones muy fuertes en cuanto a su
forma de estar en la sociedad. Entre otras cosas, eso hacía correr el riesgo por
una causa que lo merecía. Esa fue la razón de La voluntad. Y en cierta medida
funcionó. Y ahí sí, cuando terminé la voluntad estaba convencido que no iba a
escribir más sobre los setenta".
Cuesta interrumpir a Caparrós cuando se lanza. Apenas se puede meter una palabra
en el medio de su discurso.
- Pero
- Pero un día me puse a escribir una historia que no tenía nada que ver sobre
eso, a partir de un pequeño recorte de un diario, de un crimen en un pueblito de
provincias. No recuerdo si en ese recorte el crimen era de un cura, realmente no
lo recuerdo, pero lo arranqué así, sin querer. Y el libro se me fue desviando
hacia el setentismo. Creo que eso tiene que ver con mi cólera constante contra
el uso que hace el kirchnerismo y los distintos estamentos del poder actual de
la Argentina de esa historia. Por primera vez en mi vida, me ocurrió eso de que
al querer escribir una cosa terminé escribiendo otra.
- ¿Cree en esa vieja historia de los personajes que
se le escapan a uno?
- Yo me reía a carcajadas escuchando eso. A mí los personajes no se me escaparon
de ningún lado, pero sí me di cuenta de que no quería escribir sobre eso. Sin
embargo, todo lo que me ocurría me llevaba hacia el tema del setentismo. Lo fui
rechazando hasta que no pude más y escribí eso que me pegaba desde adentro.
- Sin embargo, la bronca pudo más
- El truco que usé para escribir algo que no era lo que me había propuesto fue
"bueno, lo escribo pero no lo publico". Cuando lo terminé, me lo pidió mi
agente, se lo mandé, se entusiasmó, se lo mandó a Jorge Herralde (director del
sello español Anagrama) y ahí me dejé tentar por las sirenas.
- Entonces, ¿de la noticia del asesinato de un cura
y una bronca personal nacen los ex montoneros Juanjo, devenido funcionario, y
Carlos, vengador de su mujer desaparecida?
- De ese primer capítulo sale todo, pero después, puesto como a justificar, se
me ocurre que me interesaba que el objeto de la venganza fuera un cura por
varias razones. Primero porque era demasiado fácil vengarse de un torturador, de
un asesino. Y la sociedad argentina ha condenado, y sigue condenando a muchos de
estos asesinos.
Y muchísimo menos, si es que algo, a sus infinitos cómplices. Podía ser la Iglesia o al empresariado, o los ricos que se beneficiaron con esos asesinatos. Y no son pocos, son la clase dominante en la Argentina en su conjunto. Lo malo, lo realmente grave de las masacres de la dictadura, más allá de lo terrible de que hayan matado a 15 o 20 mil personas, es que no lo hicieron por malvados o perversos.
Lo hicieron porque querían construir un modelo de país radicalmente diferente para el cual se necesitaba eliminar a toda esa gente. Los que se beneficiaron con ese modelo de país son cómplices pasivos y en su momento fueron cómplices muy activos. Entonces, lo del cura es porque es una figura menos identificada, en lo inmediato, como responsable.
Y, además, porque me interesaba esa idea del choque de dos creencias muy fuertes: la creencia revolucionaria, que tiene mucho de religiosa en la medida que se plantea la idea de llegar a un futuro mejor a través del sacrificio. La verdad científica del materialismo contra la verdad teológica del catolicismo. Hay semejanzas que hacen que en un punto sea como un choque de creencias. Y como dice algún personaje en un momento, ellos creyeron tanto que pudieron renunciar a ciertos pilares de su creencia para ganar la pelea.
Cosa que la izquierda no hizo porque respetó los límites que
le imponía su creencia. Los militares y los curas y los otros creían tanto en la
justicia de su causa que se cagaron en los límites y secuestraron, torturaron,
mataron.
Antes, Caparrós dijo "15 o 20 mil". Serio, dijo "15 o 20 mil". No puede ser una
equivocación. No en un tipo como Caparrós, que es absolutamente adrede al decir.
- ¿15 o 20 mil es una manera de decir "no" a los 30
mil desaparecidos?
- A ver, nunca se confirmó nada que se le parezca a ese número. Y se usa el
número 30 mil porque parece que impresiona más y porque se cristalizó de esa
manera. Creo que no es necesario poner cifras de las que no estamos seguros para
que parezca más.
- Pero no es que comulga con la polémica por las
cifras que hace unos años zarandeaba cierta derecha retrógrada...
- No porque no les creo a sus cifras. Pero, a esta altura, sí le creo a las
cifras que más o menos se empiezan a barajar en las listas de nombres que se van
construyendo. No trabajé mucho esa cuestión, pero estoy seguro de que no pasa
por el número. Uno solo ya es demasiado. Tratemos de ajustarnos a cierta verdad
comprobable.
- En la novela, ni el ex montonero en el gobierno ni
el compañero que prefiere no participar del poder quedan muy bien parados.
¿Busca una lectura revulsiva, sea hecha por un militante o no?
- No pienso, y mucho menos con este libro, cómo se leerá lo que escribo. Si
alguien se molesta, que se moleste. Espero que a alguien le interese discutir un
poco ciertas cosas antes que molestarse. Carlos, hablándole a su mujer muerta,
dice: "Ustedes no eran los mejores". Vale la pena discutir esas afirmaciones,
pero no creo que produzcan molestia.
No es necesario decir de los muertos que fueron los mejores.
No me interesa el debate legitimado por la sangre. Debatamos ideas, conceptos.
Parece que la sangre fuera la única opción habilitadora en el debate y en la
política argentina. Funcionamos así durante muchos años, entonces hagámonos
cargo de eso y dejemos de llamarnos una sociedad desarrollada. "Eran los
mejores", "fueron 30 mil", son cosas que obturan la discusión.
- ¿Qué discusión, por ejemplo?
- En el caso de eran los mejores, ¿por qué, porque se murieron? Tuve muchos
amigos, unos murieron, otro no, y no eran mejores unos que otros. En la
realidad, y el libro lo dice también, algunos murieron porque eran más
testarudos, otros porque tuvieron menos suerte, porque no se les ocurrió otra
salida, porque pensaron que debían hacer eso y no otra cosa, por infinitas
razones.
Pero ninguna de esas razones los hace mejores o peores, solo
los hace muertos. Es tristísimo, pero basar la calificación de un conjunto de
gente en el hecho de que se murieron es un mecanismo religioso, primitivo, la
manera en que la Iglesia católica eligió a sus santos. Hace dos mil años que se
puso a funcionar ese mecanismo, ya es hora de que pensemos otro, si es que
queremos tener un mecanismo para elegir santos.
- ¿Es imprescindible tener santos?
- Claro que no. Hay una frase de la obra Galileo Galilei, de Bertolt Brecht, en
la que un personaje dice: "Pobres los pueblos que no tienen héroes". Y Galileo
contesta: "Pobres los pueblos que necesitan héroes".
- ¿Le molestan tanto los ex militantes
revolucionarios en el gobierno que tuvo que crear tan chanta al personaje Juanjo?
- Juanjo es deplorable, me cae mal, pero tampoco Carlos es una luz. No es que me
moleste que haya militantes revolucionarios en el poder, porque no creo en el
hecho de que alguien que haya sido militante hace 35 años tenga que definir su
actuación, ideología y demás, en este momento. Ahí también hay una falsificación
historiográfica: pretender que una cantidad de personas esté definida por
aquello que hizo durante 5 años hace 35. Es insostenible.
- Pero detrás de esa gente que hizo algo durante 5
años hace 35 había una ideología fuerte
- Y si se mantiene está bien. Peo en general no se mantuvo en ninguno de los
casos. Esa idea de la toma violenta del poder para la construcción del
socialismo no está funcionando en ningún lugar del mundo. No fue una derrota de
un grupo, fue una derrota de una manera de pensar el mundo que se produjo en
todo el mundo. Por eso digo que un grupo de jóvenes que hace 35 años
coincidieron durante 5 años en una forma de pensar el mundo no tiene que
mantener ninguna coherencia interna tres décadas y media después.
Allí hay una falacia grave, la de pensar que uno debería
analizar qué resulta del hecho que haya ex guerrilleros en el poder: son
personas que evolucionaron de formas infinitamente diversas y que llegaron,
algunas, al poder. Lo que sí me cabrea es que traten de usar esa historia, tan
lejana, para legitimar lo que no hacen ahora en el poder.
- Lo mismo que se plantea en A quien corresponda:
allí usted hace decir a Carlos que gobiernan para los ricos contra los cuales
peleaban. ¿Es así?
- Claro, tratan de barnizar un gobierno centrista con los recuerdos melancólicos
de lo que supuestamente hicieron hace 35 años. Y me jode que la sociedad compre
eso, a favor o en contra. La síntesis de esa situación es Puerto Madero, donde
se instaló el compañero Kirchner en una caricatura de sí mismo. Siempre lo dije:
me impresiona Puerto Madero porque es el lugar donde se construyen edificios a
4000 dólares el metro cuadrado en calles que se llaman Azucena Villaflor. Los
riquísimos encerrados en un gueto sobre una calle que lleva el nombre de
militantes más o menos revolucionarios.
- ¿Hay alguna posibilidad de que deje de escribir
sobre el setentismo?
- Creo que ya no tengo más para decir. Me interesan más una infinidad de cosas.
Espero que A quien corresponda no se lea como una pelea con Kirchner, más allá
de que en su origen haya sido algo así.
- ¿Prefiere que se lea, en definitiva, como una
novela sobre el poder?
- Sí, claro, es que es eso. El poder en los setenta y el poder ahora. Mi manera
personal de decirle "basta" a los años setenta.
Caparrós se para, enciende un cigarro. Queda en silencio por un segundo. Resulta
difícil creerle eso del "basta". Muy difícil.
Fuente: LA NACIÓN