La revista australiana NEXUS se ha convertido
en el repositorio de toda clase de información considerada
“subversiva”, desde trabajos extensos sobre la fusión fría y
energías alternativas suprimidas por el gobierno hasta medicinas
y remedios marginados por las grandes farmacéuticas. Los ovnis y
el misterio paranormal también han ocupado lugares de honor en
las páginas de NEXUS, aunque muchos críticos la han tildado de
disparatada, fantasiosa, exagerada y otros calificativos que el
lector ya puede imaginar.
Algunas de los casos que se dan por buenos en NEXUS incluyen uno
del 2005 (Vol. 12, No.6) sobre la supuesta presencia de los
restos del Tercer Reich en la Antártida – otro tema que da mucho
que comentar y que hemos abordado en otros trabajos. Esta
narración tiene todo el atrezzo de una película de los años ’50,
y se prestaría para una futura aventura del Indiana Jones de
Spielberg y Lucas. Pero tomando esto en cuenta, hay un detalle
que hace de lo siguiente un tema muy interesante.
El autor James Robert ofrece en su trabajo los “recuerdos del
último sobreviviente de una campaña militar británica contra los
nazis en Neuschwabenland – parte de la “Tierra de la Reina Maud”
que sale en los mapas y globos terráqueos. Según Robert, esta
narración fue ofrecida en dos ocasiones distintas por el mismo
sobreviviente.
El protagonista de la hazaña fue enviado primero a Gibraltar y
luego a las Malvinas (islas Falkland) en 1945, donde conoció al
oficial encargado de la misión al polo y a un noruego que había
luchado en la resistencia de su país contra el nazismo. La
misión consistía en investigar las actividades anómalas en la
cordillera Muhlig-Hoffman, partiendo de la base británica en
Maudheim, el asentamiento semipermanente de los noruegos.
“Quedamos intrigados ante lo que nos
contaron. Ninguno de nosotros había escuchado algo tan
fascinante o aterrador. No era comúnmente sabido que los nazis
habían estado en la Antártida en 1938-39, y aun menos conocido
que Inglaterra había establecido bases secretas en la Antártida
como respuesta a ello.” La base Maudheim supuestamente quedaba a
doscientas millas de la supuesta base del Reich.
Según el relato que nos presenta Roberts, los alemanes habían
descubierto un túnel antiguo en la cordillera. Espías británicos
habían localizado esta formación geológica, enviando un mensaje
entrecortado sobre “hombres polares, túneles antiquísimos y
nazis”. Ahora una nueva expedición hallaría la respuesta a estas
tres intrigantes.
Aquí comienza la aventura: los soldados ingleses llegaron al
polo sur en avión, se montaron en tractores de nieve, solos y
sin respaldo alguno, hasta llegar a Maudheim, que estaba
totalmente abandonada. Se encontraron con uno de los espías que
había transmitido el mensaje y que mantenía cautivo a uno de los
“hombres polares”, que llegó a matar a uno de los recién
llegados antes de fugarse. Según la descripción, estos
semihumanos eran caníbales.
El segundo enigma – el túnel – resultó estar en uno de los
famosos valles secos de la Antártida, y se extendía por millas
hasta una enorme cueva subterránea que los nazis habían
convertido en una base con todo y atracaderos para submarinos.
Según Roberts, “el sobreviviente informa que habían encontrado
hangares para aviones extraños y un sinfín de excavaciones”.
“El misterio de los hombres polares,” explica Roberts en su
escrito para NEXUS, “no fue explicado de manera satisfactoria,
pero se explicó de igual manera como un producto de la ciencia
nazi. También se explicó el misterio de como los nazis obtenían
energía, aunque no de manera científica. La fuerza empleada
provenía de la actividad volcánica, que les daba calor para
producir vapor y ayudaba también a producir electricidad, aunque
los nazis habían aprendido a dominar una fuente de energía
desconocida”.
La autopsia de uno de los “hombres polares” – muerto durante una
escaramuza – permitió determinar que era “humano”, pero capaz de
producir más pelo y resistir el frió con mayor eficacia. Este
cadáver fue colocado en una bolsa para permitir un examen
minucioso posteriormente.
La narración de Roberts acaba como un thriller: una lucha contra
nazis, explosiones, persecución por los infrahumanos, el escape
de unos cuantos y claro, la separación de los sobrevivientes al
finalizar la misión, con órdenes de “nunca volver a hablar sobre
el asunto”. Cinco años después de la misión a la Antártida dice
el sobreviviente: “Maudheim y Neuschwabenland fueron visitadas
de nuevo (en febrero de 1950) pero principalmente con el fin de
ver lo que habíamos destruido. Durante los años intermedios
entre las misiones, la RAF realizó vuelos de reconocimiento
constantes sobre Neuschwabenland”.
Amén de los detalles rocambolescos que la convierten en una
historia muy entretenida, la presencia de los supuestos “hombres
polares” es interesante. Sabemos que la ciencia nazi
acostumbraba experimentar con prisioneros, y es muy posible que
los tratamientos diseñados a crear supersoldados resistentes al
frío figurase entre sus actividades: sueros para aumentar la
temperatura del cuerpo, fomentar el hirsutismo, podemos imaginar
cualquier cosa del régimen que nos dio a Josef Mengele.
En la década de los ’60, el periodista estadounidense Frank
Edwards, famoso por sus programas de radio en la Mutual
Broadcasting Network, escribía sobre la “Unidad 731” del
ejército imperial japonés, creado en 1930 para realizar
experimentos sobre sujetos vivientes en Manchuria. Estos
nefastos practicantes de la medicina experimentaron por lo
general con virus y otros agentes de guerra bacteriológica bajo
la dirección de Ishii Shiro, el “Mengele japonés”. Se cree
actualmente que las muertes de un cuarto de millón a un millón
de seres humanos en China se deben a los virus creados por Shiro.
Pero los experimentos abominables de la Unidad 731 y sus equipos
afines rayaban en la locura: vivisección de hombres, mujeres y
niños (muchos de ellos concebidos por los médicos con
prisioneras), amputación de extremidades para colocarlas en
distintas partes del cuerpo, reconexión de órganos internos con
otros... en fin, procedimientos dignos de uno de los círculos
más bajos del infierno de Dante, o del “Reanimator” de H.P.
Lovecraft.
Es muy posible que los sádicos al servicio de
Ishii Shiro hayan llevado sus experimentos más allá de todo
esto. Frank Edwards informaba en su libro que décadas después de
la segunda guerra mundial, agentes del FBI (como si de
Expedientes X se tratara) encontraron documentos que habían
formado parte de los archivos del alto mando japonés. Estos
escritos indicaban que los científicos al servicio del ejercito
habían experimentado con seres humanos, colocándoles branquias
de tiburón y otros órganos necesarios para permitir la
respiración submarina. Estos verdaderos “hombres peces”, según
el material de Edwards, fueron capaces de respirar bajo el agua
antes de morir. Se realizaron experimentos con órganos
procedentes de otros mamíferos conocidos por su capacidad de
aguantar la respiración bajo el agua....
Si hay algo de cierto en los escritos de Edwards, y no son
meramente pulpa de los ’60, ¿podemos dudar que los médicos nazis
hayan conseguido crear “hombres polares?”
“La Antártida era un secreto”, declara una de las fuentes de
Alemania Oriental, ex-oficial de la Kriegsmarine, consultadas
por John Roberts en su escrito, “pero subsistían los rumores, y
sería un refugio sólo para aquellos de mayor dedicación. La
mayoría de los que poseían conocimiento detallado sobre
Neuschwabenland no llegó a ver el final de la guerra, y aquellos
que lo lograron, acabando fusilados, se suicidaron, o fueron a
parar al gulag ruso. Los que fueron capturados por los ingleses
tuvieron mejor suerte, pero después de ser interrogados, se les
prohibió que volviesen a mencionar sus hazañas durante la
guerra. Los alemanes guardaron silencio ante el peligro de que
sus antecedentes militares se diesen a conocer, y esto ayudó a
los aliados a suprimir la verdad”.
Y los aliados tenían una verdad que suprimir: las declaraciones
realizadas por el legendario almirante Richard Byrd, quien a su
regreso de la Antártida en 1947, supuestamente dijo que era
necesario que EE.UU. “tomase acciones defensivas contra los
interceptores enemigos que provienen de las regiones polares”.
La unión americana, según Byrd, “podía verse atacada por
interceptores capaces de volar desde un polo al otro a
velocidades increíbles”.
El uso de las islas Kerguelen por la Kriegsmarine durante la
guerra, supuestamente para “atacar los buques mercantes de los
aliados”, adquiere importancia si vemos este puerto—libre de
hielo el año entero-- como un punto de abastecimiento para
cualquier base u operación realizada en la Tierra de la Reina
Maud. Y es que las Kerguelen son bastante misteriosas de por sí,
lo suficiente como para haber figurado en la novela “The
Narrative of Arthur Gordon Pym” (1838) de Edgar Allan Poe, cuyo
protagonista visita dichas islas.
Pero nos referimos concretamente a lo que se llegó a conocer en su momento como “el incidente Vela” o el “destello del Atlántico Sur” – un fenómeno inusitado que tomó lugar el 22 de septiembre de 1979, cuando un satélite Vela detectó lo que muchos tomaron por una explosión nuclear. Numerosos comités e informes trataron de echar por tierra el suceso, achacándolo a un error del equipo o al impacto de un micrometeorito contra el satélite.
Otros temieron que pudiese ser un evento parecido al de Tunguska, pero en las ignoradas aguas del Antártico. La Agencia Nacional de Seguridad de los EE.UU. daba por seguro que se trataba de una explosión atómica – posiblemente una prueba realizada por la república sudafricana, tal vez usando artefactos comprados a Israel (la “Operación Fenix”).
Sin embargo, la Agencia Internacional de
Energía Atómica declaró en fechas posteriores que todos los
posibles artefactos atómicos en manos sudafricanas estaban
contabilizados. La proximidad de las Kerguelen – territorio
francés – llevó a muchos a pensar en pruebas secretas de los
franceses. Pero, ¿pudo haber sido un despliegue de fuerzas de
los enigmáticos inquilinos del polo sur?
Sobre el asunto de la existencia de “instalaciones subterráneas”
en el más frío de los continentes, Jim Marrs – citando al
escritor R.A. Harbinson-- señaló que “en cuanto a la posibilidad
de los alemanes pudiesen construir fábricas e instalaciones
subterráneas en la Antártida, basta solo con señalar que los
centros de investigación de la Alemania Nazi fueron enormes
logros de la construcción, con túneles de viento, talleres de
maquinado, plantas de ensamblaje, plataformas de lanzamiento,
intendencias y alojamiento para todos los trabajadores – y aun
así, pocos sabían de su existencia”.
Para no quedarse atrás, la guía “Antarctica” de la serie Lonely
Planet hace mención del descubrimiento de las colinas desheladas
del continente blanco y el lago en el que piloto David Bunger
aterrizó su hidroplano en el mes de febrero de1947. Las colinas
de Bunger – “Bunger Hills”, de 780 kilómetros cuadrados de
extensión – causaron frenesí cuando se anunció su
descubrimiento. Los titulares de prensa proclamaron la
existencia de un “Shangri-La antártico”, que según Lonely Planet,
fueron el motivo de muchas películas de ciencia-ficción sobre
regiones tropicales en la Antártida ocupadas por dinosaurios.
