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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Apariciones. Ernesto Raúl Santoro. |
La situación es harto complicada. Suben las aguas... Hay apariciones en el campamento... (Premonitorias y algo irónicas palabras de Dionisio, segundos antes de huir aterrado)
¿Quién no se ocultó alguna vez en las sombras para
sobresaltar, con un inocente ¡Buh!, a un hermano menor o a un amigo? La pequeña
crueldad infantil de asustar a los que, muchas veces erróneamente, creemos más
tontos que nosotros suele ser sólo una diversión inofensiva, siempre y cuando
sus protagonistas no sean personas adultas conscientes -o que deberían serlo- de
que ciertas bromas pesadas pueden dejar huellas en su destinatario y quizás
reforzar supersticiones que acabarán redundando en perjuicio de la sociedad, más
aún cuando el mayor horror de nuestra historia reciente nada tiene que ver con
delirios sobrenaturales sino con los bien reales des-aparecidos.
Lo que sigue es la relación fiel de una falsedad. Todos los hechos y nombres son
verdaderos, salvo el de Dionisio, por razones que se irán revelando como
obvias.
I – LA IDEA
Aquel 30 de diciembre, varios amigos cenaríamos en un restorán de Parque
Saavedra para despedir el año. Como suele suceder cuando se pretende reunir a
más de dos o tres personas, aunque la mesa estaba reservada para las nueve y
media, pasadas las diez de la noche sólo habíamos llegado Guillermo, Quique, el
Gallego y yo, que para entonces acortábamos la espera con una picadita y
cerveza.
Los temas de conversación fluctuaban entre el fóbal, el ir o
el venir de las mujeres presentes en el salón, la próxima salida de pesca y
otras trivialidades, hasta que Quique, que nació en un pueblo de Colombia
cercano a Santa Marta, refirió con pintoresco entusiasmo algunas historias
fantásticas de su tierra.
Un par de meses antes, habíamos conocido la isla Botija, en el Paraná Guazú.
Llegamos casi de noche y, entusiasmados ante lo que era nuevo para nosotros,
poco habituados a los ambientes prístinos, salimos a recorrer el lugar en la
madrugada. Con su sobrecogedora soledad, sus plantas flotantes que brillaban
extrañamente a la luz de nuestras linternas y sus raros sonidos amplificados por
el silencio –el grito y la zambullida de una nutria, el coletazo de una tararira
o un graznido lejano- sumados a la silueta espectral de los árboles en la
oscuridad brumosa, el riacho nos pareció propicio para cualquier ficción
alucinante.
Oír las fábulas de Quique y asociarlas con nuestras impresiones en ese paraje
fue inmediato. Entonces, casi sin darnos cuenta de la insensatez que estábamos
pergeñando, surgió la idea de "fabricar" un fantasma para espantar a Dionisio,
el más aprensivo y crédulo del grupo, que aquella noche, como de costumbre, se
había disculpado por no asistir.
Cuando apareció Julio, el último en llegar porque tuvo la peregrina idea de
hacer como treinta kilómetros de ida y vuelta por la Panamericana para cargar la
batería de su auto, nos encontró en una especie de animoso brain storming. Al
finalizar la comida ya el estrambótico proyecto estaba decidido.
Volveríamos al arroyo Botija después del receso vacacional de enero, por lo
tanto teníamos más de treinta días para planificar los detalles.
II – EL GUIÓN
En el viaje de vuelta a nuestras casas, Guillermo fue delineando, con mínimas
contribuciones de mi parte, una historia apócrifa que haríamos pasar por
creencia popular de las islas ante Dionisio y le daría credibilidad al melodrama
que íbamos a montar. El argumento quedó pulido pasada la fiesta del Año Nuevo,
en el primer almuerzo que tuvimos juntos, con apuntes y hasta un diagrama
incluido. En ellos desfilaban personajes como Rosarito, Quintino, el viejo
Schuster. La imaginación de Guillermo es admirable.
El cuento, que poco después subimos a un sitio de Internet sobre mitos y
supersticiones –con seudónimo, para que Dionisio no se percatara del engaño- y
que llegó a ser copiado en varias páginas similares, muy resumidamente narraba
lo siguiente:
Rosario Schuster, La Rosarito, la niña Rosario, nace en Gualeguaychú, hija de un suizo dueño de una plantación de cítricos que gobierna despóticamente su propiedad. Su madre muere en el alumbramiento. Siendo ella casi adolescente, se enamora de Quintino, un peón del establecimiento de su padre y juntos escapan a la isla Botija. Por alguna razón enigmática, su amante se esfuma repentinamente dejándola sola en ese lugar. La chica enloquece y empieza a debilitarse. El viejo Schuster, al enterarse del paradero y el estado de salud de su hija, va a buscarla decidido a regresarla a su finca por la fuerza, pero ella prefiere ahogarse antes que volver. Esto sucede en el primer día de Carnaval de aproximadamente 1930. El cuerpo nunca es hallado y desde entonces su ánima en pena aparece para esas fechas cumpliendo quién sabe qué penitencia.
El escrito intencionalmente destacaba la coincidencia, tanto
del triste episodio original como de las apariciones posteriores, con las
fiestas de Carnaval porque, precisamente, habíamos planeado pasar en la isla el
fin de semana del 7 de febrero, que marcaba el inicio de las carnestolendas.
Todo parecía favorecer el éxito de la farsa. Teníamos un buen libreto, tiempo de
sobra para prepararlo, un ámbito ideal donde ponerlo en escena y un personaje
asustadizo que sería fácil presa de nuestra chanza "genial", pero... ¿Había sólo
un alma medrosa entre nosotros?
III – LA PRODUCCIÓN
Habitualmente, a pesar de que nuestro grupo de pescadores se componía de unas
quince personas, cuando intentábamos organizar una excursión difícilmente se
sumaban más de siete u ocho. Los otros se excusaban de manera muchas veces
inconsistente, aduciendo generalmente indefinidos compromisos familiares, bien
que -lo sabíamos- morían de ganas de acompañarnos. La razón de esa conducta
quizás habría que buscarla en la proverbial negativa femenina a que los maridos
salgan con sus amigos y sería un buen tema de debate, pero excede el propósito
de este relato.
Esa vez, sin embargo, al saber que la pesca tendría un
condimento especial, nadie se negó a concurrir. La mayoría se las arregló para
eludir los reproches de sus esposas o decidió que el interés del evento valdría
la pena de soportarlos, de tal forma que la tropa fue más numerosa que nunca.
Todos aportaban ideas, algunas de ellas estrafalarias, y hasta accedieron sin
protestar a contribuir con dinero –otro de los puntos generalmente delicados-
para los gastos de escenografía.
Un aspecto a tener muy especialmente en cuenta, si no queríamos ser
desenmascarados, era la actitud que asumiría el Vasco, un isleño que nos daba
alojamiento. Si él nos contradecía o declaraba ignorar el supuestamente
conocidísimo caso de Rosario Schuster, la parodia se malograría. De modo que un
grupo compuesto por Quique, su sobrino, Andrés, Julio y yo fuimos de avanzada el
25 de enero, para advertir al Vasco sobre nuestros planes, reconocer el lugar y,
fundamentalmente, porque teníamos muchas ganas de ir, ya que en ese pequeño
curso de agua habíamos visto pescar unas tarariras enormes.
Por la noche, mientras comíamos un lechón que el colombiano, para nuestro
espanto, se encargó de carnear, tímidamente planteamos nuestras intenciones al
viejo puestero, temiendo que nos tomara por locos. Su reacción nos sorprendió,
no solamente no opuso reparos a lo que le proponíamos, sino que se reveló como
un buen narrador que disfrutaba chacoteando con cuentos de aparecidos. Hasta
intentó hacernos creer que a veces él mismo había recibido ciertas "visitas"
nocturnas, sólo para ver nuestra cara de extrañeza y luego reírse de su propio
embuste. Era un macaneador nato y con su ayuda la comedia se encaminaba.
IV – LOS EFECTOS ESPECIALES
La manera en que el espectro se manifestaría fue, en verdad, el origen de toda
la confabulación. En aquel encuentro de fin de año, mientras esperábamos a los
rezagados oyendo los cuentos de Quique, a alguien se le ocurrió fantasear con la
escena de un ánima emergiendo de las aguas frente a nosotros en plena pesca.
Todas las maquinaciones posteriores, la falsa historia, el sitio de la costa en
que lo haríamos y hasta la elección de la "víctima" -que fue la decisión más
rápida- giraban en torno a esa idea. Llevarla a cabo no parecía difícil, bastaba
con fondear una cabeza flotante de maniquí con una cuerda corrediza y mantenerla
sumergida. En el momento apropiado, soltaríamos lentamente el cabo y el
artificio se asomaría en la superficie.
Pero una cabeza de maniquí es pesada y no se encuentra con facilidad. La
solución la hallamos en una casa de disfraces de la calle Suárez. Allí
conseguimos un soporte de poliestireno expandido, de esos que se usan para
mantener arregladas las pelucas, una máscara de mujer y una cabellera sintética
barata color azabache. Hubiéramos preferido que fuese rubia, ya que nuestro
personaje era de origen suizo, pero no tenían.
Días después, cuando el monigote estuvo armado (me quemé un
dedo con la pistola de goma caliente haciéndolo), era realmente espeluznante. Le
agregamos un pañuelo de gasa blanca atado al cuello para que al asomar desde el
agua tuviese el aspecto de una dama vestida con tules o algo así. Sus ojos eran
dos cuencas negras y verlos producía escalofrío.
El dueño del comercio, visiblemente intrigado por lo insólito de nuestra compra,
nos había preguntado para qué usaríamos esos elementos. No podíamos contarle la
tontería que estábamos por consumar, así que tuve la mala ocurrencia de decirle
que los necesitábamos para una obra de teatro. Era un hombre familiarizado con
el ambiente escénico e inquirió con curiosidad sobre la supuesta representación.
Turbados ante sus preguntas, no atinamos más que a balbucear incoherencias. Ése
fue el primer papelón.
V – EL DÍA SEÑALADO
En vísperas de la excursión, Dionisio fue anoticiado sutilmente del mito que
pesaba sobre el paraje adonde iríamos. El encargado de hacerlo fue Normando,
bolacero insigne de nuestro grupo, quien supo dosificar la información de tal
modo que logró crear algo de inquietud en su receptor sin atemorizarlo
demasiado. Para evitar que el recelo lo hiciera desistir de la partida, los
detalles más pesados, como la predilección de La Rosarito por aparecer en
Carnaval y su notable asiduidad, se los haríamos conocer una vez que pisáramos
la isla, momento en el que ya no habría retorno posible.
Pero los humanos proponen y la fatalidad se atraviesa. La esperada aventura
estuvo a punto de abortarse por razones impensadas. Casi sobre la hora de
partir, con todos los avíos –carpas, bolsas de dormir, cañas, ropas,
provisiones, un motorcito fuera de borda y, por supuesto, el "cuco" y sus
accesorios- acomodados en los autos y la lancha de Normando lista sobre su
remolque, me tocó llamar al teléfono celular del dueño del predio para confirmar
nuestra concurrencia a la isla y asegurarnos el cruce del Paraná Guazú en su
enorme canoa, ya que la embarcación que llevábamos era insuficiente para todos.
La respuesta que recibí me dejó pasmado: El hombre me
informaba que debido a un imprevisto muy serio, no podía hacerse cargo de
nuestro traslado y nos pedía que no fuéramos a su propiedad ese fin de semana
porque no quedaría nadie en ella para atendernos. Sin saber bien qué responder,
me despedí lamentando lo que le ocurría y corté la comunicación.
No duró demasiado la decepción. Julio, luego de un par de llamados telefónicos,
consiguió revertir la negativa inicial a recibirnos e hizo arreglos para que el
servicio de transporte nos lo proporcionara otra persona y el viejo puestero
permaneciera con nosotros en el Botija. Eso sí, a un precio sensiblemente mayor.
Está visto que el dinero puede remediar muchas dificultades insalvables.
Contra todo pronóstico, en esa ocasión no sufrimos bajas calzonis causa de
último momento y la integridad de la banda quedó intacta. La componíamos Quique,
El Gallego, Eduardo, Julio, Andrés, El Coqui, Sebastián, Normando, Rubén,
Guillermo y yo además de, por supuesto, Dionisio. Sugestivamente, con el
agregado del Vasco sumábamos trece para el asado de esa noche. Igual que en La
Última Cena.
A las cinco de la tarde nos pusimos en marcha. Tanto en el viaje terrestre como
en el fluvial no hubo sobresaltos, salvo por la temeraria sobrecarga de las
embarcaciones en que cruzamos el mayor río del Delta y las burdas alusiones a
presuntas experiencias sobrenaturales que algunos soltaban todo el tiempo en
presencia de Dionisio, a riesgo de concluir alertándolo. Resultaba arduo
hacerles cerrar la boca y al rato empezaban de nuevo. Evidentemente, el sentido
de la oportunidad les era ajeno. No estaban hechos para trabajar en relaciones
públicas.
La isla nos recibió casi inundada. El agua se había retirado apenas, dejando las
zonas más cercanas a las orillas convertidas en un lodazal difícil de transitar.
El angosto canal paralelo al sendero, que se adentraba doscientos metros en la
tierra, estaba tan colmado que nos permitió llevar la lancha hasta su extremo,
en lugar de dejarla sobre el riacho, como era habitual.
A poco de llegar, Rubén, lo más parecido a un troglodita que
debe existir por estas comarcas enganchó un patí de más de diez kilos con su
caña de pulso (por cierto, un tanto reforzada de más, fiel a su estilo), y se
arrojó al agua para evitar que escapara. Lo comimos al día siguiente cocido al
disco, estaba sabroso, pero varios acabaron vomitando a causa de la cantidad de
grasa que tenía. También nos topamos con una "víbora" perdida cerca de la casa
–en realidad, se trataba de una culebra inofensiva-, y se armó bastante revuelo.
Crecidas inusuales, peces enormes que se dejaban atrapar sin oponer demasiada
resistencia, serpientes exponiéndose fuera de la seguridad del monte...
- Esto no es normal, acá está pasando algo... - insinuábamos, aún sabiendo que
sólo se trataba de hechos fortuitos.
Y Dionisio asentía gravemente.
VI – LA NOCHE
Ya casi sin luz natural, comenzamos a levantar las carpas en una explanada
cercana al quincho mientras Eduardo, asador en jefe, se abocaba a encender el
fuego. En eso estábamos cuando el colombiano, pletórico de orgullo, nos presentó
su nueva adquisición: una carpa de alta montaña, absolutamente inapropiada para
el verano del Delta, que había comprado siguiendo los negligentes consejos del
vendedor. Una vez armada, su desilusionado poseedor comprobó que resultaba
decididamente inhabitable por lo calurosa y falta de ventilación. Empero, horas
más tarde una persona pediría insistentemente que la dejaran dormir en ella.
Entretanto, de acuerdo a lo convenido, Rubén y Andrés invitaron a Dionisio a
salir un rato en la lancha para hacer unos lances en la embocadura del arroyo.
El real objeto del convite era mantenerlo alejado mientras colocábamos el
espantajo en su sitio. Era seguro que Dionisio iría, dada su conocida
inclinación a poner distancia cuando el resto trabajaba.
La tarea se demoró algo más de lo calculado, a causa de un detalle que no habíamos previsto: los movimientos erráticos que la fuerza de la corriente, por suave que sea, siempre comunica a todo objeto flotante y que seguramente delatarían el engaño. Finalmente, el bandeo fue contrarrestado por medio de una vara de sauce larga y flexible clavada bajo el agua en el talud de barro.
Por culpa de nuestra demora, la lancha con Dionisio regresó
cuando aún no habíamos terminado. A pesar de que ya era noche cerrada, la
eventualidad de ser descubiertos nos obligó a apagar las linternas y escondernos
entre los árboles a su paso rumbo al fondo del canal. Luego diríamos que
habíamos salido a pescar con uno de los botes aguas abajo. Superado el
contratiempo, tensamos el cabo que pasaba por la anilla de un muerto de fondeo,
lo aseguramos a un árbol que estaba a unos siete metros, fuera del escenario
principal, y la cabeza quedó sumergida, esperando.
Cuando volvimos a reunirnos con los demás, teníamos los rostros levemente
desencajados por el esfuerzo. Dionisio lo notó, inquiriendo por el motivo de
nuestro aspecto. Respondimos evasivamente que el motor había fallado,
obligándonos a volver a remo. Normando insinuó con sorna que un pique
inexplicable en mi caña me había intimidado, tratándome veladamente de cobarde.
Acto seguido, fingimos eludir el tema, como ocultando algo. Dionisio insistió en
averiguar lo sucedido, sin éxito.
La comida transcurrió gratamente, salvo por la escasez de vino. Julio, que no
bebe alcohol y se había encargado del avituallamiento, llevó solamente cuatro
botellas para doce personas. Si alguna enseñanza atesoramos luego de ese
sinsabor etílico, es la de nunca más encomendar a un abstemio la provisión de
las bebidas.
Durante la dilatada sobremesa fuimos deslizando las partes
más espinosas de la historieta, reservadas adrede para ese momento. Entonces,
igual que en el viaje, debimos lidiar contra las intervenciones de los más
desubicados, que aún en los momentos más dramáticos de la trama se atrevieron a
especular, entre soeces risotadas, sobre la insatisfacción sexual de La Rosarito,
el lujurioso propósito de sus apariciones y ciertas generosas dotes físicas de
Quintino, su amante perdido. El Gallego se cubría la cara meneando la cabeza
incrédulo. Era insólito lo que estaban haciendo esos patanes y aún así Dionisio
no daba muestras de sospechar nada.
El momento del café fue cuasi surrealista. Sentados cerca del fuego,
redondeábamos el camelo mientras Quique, desde una reposera algo alejada de la
rueda, soplaba dentro de una botella vacía de gaseosa arrancándole sonidos
lúgubres y de a ratos llamaba con voz ululante a Quintino simulando ser Rosario,
haciéndole requerimientos obscenos.
El Vasco, algo envinado, hablaba de llamas etéreas que
surgían y se extinguían sin dejar rastros y carpinchos que se lanzaban al agua
en circunstancias que no alcanzábamos a comprender, dado lo ininteligible de su
discurso. A esa altura, Dionisio ya había sugerido que nos fuésemos a dormir sin
pescar esa noche, aduciendo que así podríamos levantarnos mas temprano al otro
día para aprovechar las horas de mejor pique. Pero la decisión mayoritaria fue
(muy obviamente) probar suerte luego de la cena. Puesto ante el dilema de
acompañarnos o quedarse solo en el campamento, no tuvo más remedio que aceptar.
De súbito, un estallido en la fronda nos aturdió a todos. Alguien se había
escurrido del círculo para encender una bomba de estruendo, seguramente usando
un cigarrillo como mecha con el fin de retardar la explosión, y luego había
vuelto sin ser notado. Hubiese resultado interesante preguntarle dónde demonios
se había documentado sobre la afición por la pirotecnia entre los seres del Más
Allá, pero nadie confesó la autoría del hecho, negándonos esa posibilidad.
Aunque el encanto parecía irremisiblemente perdido, pronto el
azar vino a componer el estropicio: Un murciélago surgió fugazmente desde la
oscuridad pasando muy cerca de nosotros, casi rozándonos, para luego desaparecer
entre los árboles. Enseguida, el fuego crepitó enérgicamente haciendo que los
perros del Vasco salieran de su apatía y corrieran unos metros lanzando ladridos
hacia la nada. Dionisio observaba pensativo. ¿Qué habrían visto?
Cuando ya terminábamos el café, descubrimos una pequeña rana cerca del fuego
que, a pesar de nuestros intentos de alejarla del peligro, obedecía a su
instinto de buscar la luz saltando siempre hacia las brasas, dando la impresión
de querer inmolarse. Esos comportamientos aparentemente irregulares, sumados a
los de la culebra y el patí de la tarde, nos dieron pie para volver a sugerir
que alguna fuerza inexplicable estaba alterando la conducta de esos animales.
Asumiendo mi papel de escéptico, simulé esbozar alguna
interpretación racional, pero fui reconvenido airadamente por Dionisio, quien me
acusó de ser un acérrimo negador de lo espiritual. Si él buscaba evidencias para
convencerme de mi "error", muy pronto las tendría.
Sin mucho más que hacer ahí, recogimos nuestros equipos de pesca y,
desperezándonos, nos encaminamos lentamente hacia la costa.
VII – DE LA CABEZA
La columna avanzaba con paso inseguro, iluminándose con un farol sol de noche al
frente y algunas linternas. Afirmando los pies con extremo cuidado y evitando
los charcos, llegar hasta el agua se nos hizo una eternidad. El fantasma que
aguardaba junto a la orilla sería falso, pero el barro pegajoso que nos
dificultaba la marcha y amenazaba con hacernos resbalar era bien concreto.
Caer en esas circunstancias implicaba la posibilidad de
lastimarse al golpear con una raíz expuesta, de las que abundan en los suelos
que las crecidas erosionan permanentemente, quebrar una caña o, como mínimo,
estropear nuestras ropas con ese légamo que muchas veces deja manchas indelebles
en las telas que toca. Pese al riesgo, ese mismo sendero sería desandado poco
después a una velocidad considerablemente mayor que a la ida. El miedo suele
mejorar la agilidad y aguzar la visión.
Como siempre, el primero en echar su línea al agua fue Dionisio,
tradicionalmente empeñado –y eso cuando lo hacía sin requerir la colaboración de
los demás- únicamente en la atención de sus propios avíos. Mientras el Gallego
buscaba una rama alta donde colgar el farol, otros acomodaban las banquetas o
terminaban de acondicionar sus equipos y yo me apartaba subrepticiamente hacia
el árbol al que estaba atada la soga que accionaría el artilugio, él se plantó
presurosamente en el tramo de la orilla más libre de obstáculos y privilegiado
por la corriente para pescar desde allí, muy cerca de donde, conociéndolo bien,
habíamos instalado el engendro.
De todas formas, si por alguna improbable razón Dionisio no
hubiera actuado de esa manera, habría sido sencillo lograr que se ubicara en el
punto apropiado: Con sólo aparentar varios piques fallidos en ese lugar,
habríamos conseguido que él se desplazara hacia allí disimuladamente, con ánimos
de birlar el pez.
Con todo el mundo en su sitio, afectando despreocupación, y Dionisio demasiado
absorto en los avatares de la pesca como para notar mi ausencia (yo estaba fuera
de su campo visual, oculto detrás de un grueso árbol porque de otra forma mi
remera blanca me habría delatado), desaté la cuerda y me dispuse a dar inicio al
drama. Por unos instantes, y todavía sosteniéndola tirante entre mis manos,
vacilé como quien está a punto de liberar a un monstruo y teme por las
consecuencias de ese acto. Superado el primer titubeo, comencé a soltarla con
lentitud y, encogiéndome instintivamente, me preparé para la batahola.
Como en un sueño, vislumbré el horror de uno y las escenas de pánico fingidas (o no tanto) por el resto. Distinguí a todos huyendo en estampida, blandiendo peligrosamente las cañas y saltando obstáculos imposibles de superar en estado normal. Me encontré reunido con todos alrededor del fuego, tratando sin saber qué hacer con Dionisio, preguntándonos cómo era posible que se hubiese tragado toda esa fantochada y hasta temiendo por su salud mental. Lo oí rogarle a Quique que lo dejara dormir en su claustrofóbica carpa porque ésta no tenía ventanas por las que pudiesen atisbarlo desde las sombras. Supe cómo el temple de los más "corajudos" puede flaquear en determinadas situaciones, aún sabiendo que nada de lo que está pasando es verídico. Conocí la pavura de estar solo en el arroyo de noche, sintiéndome acechado desde lo oscuro y sin poder dominar el estremecimiento que me impedía razonar, sólo por sostener mi propio desafío de embarcar en un bote sin compañía. Pero nada de eso había sucedido... todavía.
Transcurrieron un par de minutos en calma, al cabo de los cuales, temiendo que algo hubiese fallado, me asomé tímidamente desde mi escondite y la escena me dejó atónito: La cabeza estaba ahí, flotando a escasos dos metros frente a Dionisio, sin que él se diera cuenta, tan concentrado que estaba en los vaivenes de su boya. Dudando entre aguardar inactivo o agitar el esperpento para hacer que reparara en él, opté por la prudencia, sabiendo que una acción precipitada podría estropearlo todo.
Finalmente, ante la ausencia de una respuesta, no tuve otra
alternativa que tirar tímidamente de la soga y soltarla un par de veces, para
provocar ondas en el agua y algún sonido que sacaran a Dionisio de su pasividad.
¡Y aún así no la veía!.
Hubiésemos deseado que él se percatara del fenómeno sin ayuda, pero como nada
parecía poder rescatarlo del estado de pertinaz ensimismamiento en que se
hallaba, se hizo necesario que el Gallego, cansado de esperar en vano, mientras
Dionisio pronunciaba las imborrables palabras del epígrafe, le señalara -con
ficticios signos de temor y en un juego de falsas alarmas y retractaciones
magistralmente escenificado- lo que sucedía frente a sus narices.
Entonces La Rosarito, el alma en pena de la isla, la amante abandonada de
Quintino, la hija del viejo Schuster y de nuestro ingenio truculento, se mostró
ante los azorados ojos de Dionisio en su grotesca plenitud.
Y comenzó otra leyenda.