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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Los archivos secretos de la computadora de Sebastián Forza. Por Jorge Lanata. |
En esta historia hay muerte. Muertes, en verdad, que no tienen conexión aparente, cuyas diagonales se cruzan en los sitios menos pensados. Esta historia empezó con una muerte y ahora –lejos está aún de su final– tiene tres, aunque tuvo y tendrá varias más en su desarrollo.
El primer asesinato fue el 23 de diciembre de 2004, el de Verónica Díaz, después de recibir una inyección de Yectafer Sorbitex en el Hospital Artémides Zatti, de Viedma. Verónica tenía falta de hierro (anemia ferropénica) y el Yectafer estaba adulterado. Dosis del mismo medicamento mataron a otras tres mujeres y afectaron a treinta y dos.
Las tres muertes
que cruzan en diagonal a la primera
sucedieron a mediados de agosto
pasado, en lo que se conoció como
“el triple crimen de los
empresarios”: Sebastián Forza,
Damián Ferrón y Leopoldo Bina. El
elemento en común es la mafia de los
medicamentos, robados o adulterados
entonces, proveedores de efedrina
ahora, meras exigencias del mercado.
En los nudos de este ovillo hay los
mismos policías, los mismos
traficantes, los mismos intereses y
la misma impunidad.
CHIPI
CHIPI BOMBÓN.
La muerte de
Verónica Díaz en 2004 está sepultada
bajo 63 cuerpos de un expediente que
tramita en el juzgado federal de
Norberto Oyarbide. En toda la causa
aparece con claridad la “pata
policial” cobrando peaje o
garantizando protección. Sandra
Vitale, parte de la banda dedicada a
rellenar las ampollas de Yectafer,
le dice a su abogado, según se oye
en las escuchas telefónicas:
– La investigación, es eso lo que me
preocupa.
– Quedate
tranquila, yo lo hablo con la gente
de Madariaga y General Paz.
En Madariaga 6976 funciona la
División de Delitos contra la Salud
de la Policía Federal: los hombres
justos en el lugar justo, cuando se
trata de remedios adulterados. La
división es la encargada de los
procedimientos que las Justicia
ordena en las causas vinculadas con
medicamentos y trabaja en
coordinación con la ANMAT
(Administración Nacional de
Medicamentos, Alimentos y Tecnología
Médica).
Convencido de la
complicidad policial, Oyarbide
apartó a la División de Delitos
contra la Salud de la investigación
y surgió entonces una causa que
investiga esa complicidad y tramita
en el Juzgado Federal Nº 10 a cargo
de Julián Ercolini. La causa está
hoy en el limbo tribunalicio hasta
que la Cámara decida una cuestión de
competencia.
El nombre que todos mencionan a
media voz suena cálido y familiar: “Chipi”.
Chipi es el suboficial Chipi
Mondragón, a cargo de gran parte de
los operativos relacionados con
droguerías y señalado como quien
“recauda” a cambio de protección. La
historia de Chipi fue confirmada a
este diario por una fuente de la
justicia federal con causas
vinculadas a la mafia de los
medicamentos, otra de la justicia
ordinaria, cuatro miembros de la
Policía Federal y representantes de
laboratorios que comercializan
drogas contra el sida, la hemofilia
y el cáncer, tres productos top en
el ranking del robo de remedios.
En privado,
Solange Bellona, la viuda de Forza,
reconoció que Chipi les brindaba sus
servicios. Chipi le debe su apodo a
Chipy, un pequeño dragón creado por
García Ferré en los 70, con quien
tiene un aire parecido: Mondragón es
rubio y bajito.
– Hace más ruido que una maraca –le
dijo a Crítica de la Argentina un
jefe policial que conoce al
personaje en cuestión–. Actúa con
mucho margen, con libertad, pero no
se maneja solo. Reporta más arriba.
– Chipi investiga, avisa y cobra
–aseguró una fuente de los
laboratorios–. Le cobra a las
droguerías para avisar antes de los
allanamientos.
El vínculo entre Forza y Chipi tiene
pruebas que van más allá de las
declaraciones. Este diario tuvo
acceso exclusivo a los datos de la
computadora de Sebastián Forza que
constan en el expediente que
investiga la Justicia. Allí, en un
archivo de Excel, figura que Forza
emitió doce cheques para Chipi.
Sólo en 2007
Forza firmó y entregó más de 1.500
cheques, muchos de ellos destinados
a droguerías (entre ellas a Unifarma
y Droguería Urbana, sociedades
vinculadas con la mafia de los
medicamentos e investigadas por la
Justicia). Chipi Mondragón (que en
algunos pagos aparece vinculado a
otra persona, alias “Manteca”)
recibió de Sebastián Forza, según
aparece en su computadora (ver
recuadro en edición impresa).
GRUPO DE
FAMILIA.
Durante los meses
previos al asesinato de Forza, un
laboratorio norteamericano contrató
a un estudio jurídico para que
investigara varios casos de robo de
sus medicamentos. Los abogados
trabajaron con todo tipo de
informantes: desde agentes activos
de la DEA hasta ex espías del FBI
con base en Buenos Aires. En el
devenir de la investigación, se
encontraron una tarde con Sebastián
Forza.
– Yo les cuento cómo los robamos
pero a cambio ustedes gestionan que
mi empresa sea proveedora exclusiva.
Forza contó todos los detalles
aunque finalmente lo hizo a cambio
de una cifra importante. Los
abogados recuerdan hoy al personaje
como a una persona muy alterada: los
llamaba todo el tiempo, hablaba de
más por teléfono, les dijo varias
veces que estaba amenazado.
En los últimos diez años, la
Justicia investigó más de 550 casos
de robo, adulteración o
falsificación de medicamentos. Desde
1997 existe una comisión especial
que se dedica a ese tipo de delitos;
está a cargo de los fiscales Adrián
Giménez y Marcelo Munilla Lacasa, y
trabaja en conjunto con el INAME
(Instituto Nacional de
Medicamentos).
La ya mencionada causa Yectafer
muestra con claridad los manejos de
la mafia del sector: cada eslabón de
la cadena funcionaba por separado,
unos se ocupaban de la fabricación y
el envasado del medicamento (Ángel
Cirullo y Carlos Maidana, en el
expediente de Oyarbide), otros lo
comercializaban a una primera
empresa (Norberto Nagle y Estefanía
Ferraro) y otros los vendían a
distintas droguerías y farmacias.
Los medicamentos pueden ser
falsificados por completo,
parcialmente (se usa el envase pero
se lo rellena con otra cosa), se
adultera la fecha de vencimiento o
se crean productos nuevos, no
registrados. Lo más común es el
rellenado del envase original. En
remedios oncológicos,de sida o
hemofílicos hay productos cuyo valor
oscila entre los 3 y 15 mil pesos;
es un negocio de menor volumen pero
de ingresos altísimos. En el mundo,
según el Center for Medicine in the
Public Interest, de Estados Unidos,
el mercado de medicamentos
falsificados asciende a 75 mil
millones de dólares al año..
Una de las empresas clave,
investigada por adulteración, es la
Droguería San Javier, de Carlos
Torres y Néstor Lorenzo. Lorenzo es,
según varias fuentes del mercado,
uno de los empresarios más “temidos”
del rubro. Como Chipi, nadie cree
que actúe por sí sólo; se lo vincula
a Néstor Vázquez, quien fuera
gerente de prestaciones de la
Superintendencia de Servicios de
Salud (donde está ahora Héctor
Capaccioli) durante la gestión de
José Luis Lingieri en el menemismo.
Vázquez es ahora gerenciador de La Bancaria. El contador Lorenzo, de 53 años, figura además en el directorio de Multipharma S.A. y Elaboradora de Productos Biológicos S.A., también integra las empresas Digital Eco S.A.(de tecnología) y Citywatch S.A. (dedicada a fabricar y comercializar sistemas de control fílmico y fotográfico de tránsito). Lorenzo, quien se la pasa de trabajo en trabajo, también gerencia el COE (Centro Oncológico de Excelencia) de Gonnet, una fundación con pasado prestigioso que lleva diez años sumida en la crisis financiera.
El COE no tiene
actividad y ni siquiera está
nombrado el director que debe
aportar el Estado provincial, pero
Lorenzo sigue pagando el sueldo a
los 130 empleados que allí quedaron.
¿Conciencia social o uso del nombre
de la fundación con otros fines?
El movedizo Lorenzo, claro, no podía
no tener vínculos con Forza. Lo
conoció en 2001, cuando trabajaba en
la Droguería Austral, y en 2005
comenzó a venderle a Baired Med (de
Forza) productos oncológicos y de
HIV. Ya Forza como Lorenzo aparecen
mencionados en varias causas por
robo de medicamentos del Plan
Nacional contra el Sida.
En octubre del
año pasado, Forza y Lorenzo
volvieron a encontrarse y el
empresario asesinado le vendió
mercadería por cinco millones de
pesos. Lorenzo le pagó con cheques
de terceros, entre ellos de la Obra
Social de Bancarios. La relación
comercial entre ambos se registró
hasta marzo de 2008. Cuando tuvo que
declarar en la causa por el triple
crimen, Lorenzo dijo que se
distanció de Forza “porque no tenía
buena reputación en el mercado de
los medicamentos”.
A través de su droguería Multipharma
y también a nombre de su socio
Carlos Torres, Lorenzo aportó 710
mil pesos a la campaña de Cristina
Kirchner.. Baires Med (de Forza,
como dijimos), Unifarma (del
suicidado Ariel Vilán, señalado como
testaferro del grupo), Droguería
Urbana, Nucleo Farma, Droguería del
Plata y Droguería Plaza, todas
empresas investigadas por la
Justicia como parte de la mafia de
los medicamentos, también fueron
aportantes a las campañas K desde
2003.
PLATA FÁCIL, GOBIERNO COMPLICADO.
“Forza era una persona muy suelta
para hablar –declaró ante la
Justicia el 15 de octubre el
cirujano Gustavo Ricchiuto–. Por
ejemplo, decía haber aportado dinero
para la campaña de Cristina Kirchner
y nadie le creyó, pero después
resultó que era así. También señaló
en su momento que se había hecho
escándalo con la valija de Antonini
Wilson por 800 mil dólares, pero ese
día habían ingresado otras valijas
por cuatro millones doscientos mil
dólares más.”
El “aporte electoral” de Forza, como
el de otro empresario del sector,
Marcos Daniel Hendler, o el de Julio
Posse, el monotributista y agente de
la DEA, eran, en realidad, parte de
una operación que involucra a las
más altas esferas del gobierno
nacional. La administración K lavó
dinero para ingresarlo legalmente a
la campaña de Cristina: entregaron a
socios, aliados o amigos dinero en
efectivo a cambio de cheques blancos
que pudieran ser declarados ante los
propios controles del Estado.
Por eso las
cifras no cierran: empresas
quebradas que “donan” 300 mil pesos,
jubilados que regalan dinero,
monotrobutistas que, presos del
fervor cristinista, dan lo que no
tienen. La respuesta es simple:
nunca lo dieron.
Ésta era la mecánica: Héctor
Capaccioli o algún contador del
Frente para la Victoria recibían al
“donante” en las oficinas de Roque
Sáenz Peña 530, combinaban una cifra
y entregaban euros o dólares a
cambio de cheques declarados. El
compromiso siempre era el mismo: que
el dinero esté depositado en la
cuenta correspondiente para la fecha
de vencimiento del cheque, que era
cuando el FPV emitía la orden de
cobro.
La cifra que el
donante recibía en efectivo y debía
depositar tenía, claro, un
descuento: el donante se quedaba con
el 10% y donaba el resto. En el caso
de Néstor Lorenzo, su aporte fue
hecho a través de su socio en San
Javier, Carlos Torres (170 mil) y
Julio Posse (otros 170 mil). También
hay 310 mil pesos aportados por
Multipharma, una empresa que dirige
con Torres.
De los más de diez millones de pesos
que el FPV declaró en concepto de
aportes de empresas, 3.650.000
fueron “donados” por firmas del
sector de los medicamentos y
droguerías.
Investigación: Jorge
Lanata, Luciana Geuna, Jesica Bossi
y María Helena Ripetta.