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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Que los chicos no se frustren. Por Eduardo Cazenave. |
Con el objetivo de lograr a toda costa que nuestros hijos no sepan qué es la frustración, los protegemos demasiado y les damos cualquier gusto. El resultado: chicos infelices, dependientes, aburridos, sin intereses concretos y que no conocen el significado del esfuerzo.
Cuando apareció la psicología, descubrimos qué era la
frustración. No faltó mucho para que algunos psicólogos la volcaran a la
educación y nos convencimos de que era horrorosa, mala palabra y la esquivamos
tanto cuanto pudimos, en especial para nuestros hijos.
Todo se los dimos al alcance de la mano, para que no se frustraran; respondimos
inmediatamente a sus deseos, para que no sufrieran; los llenamos de juguetes,
televisores y Play Stations, para que no se aburrieran.
No reprimimos sus impulsos, para que fueran libres y
espontáneos; fuimos al colegio a quejarnos porque la maestra era injusta y los
chicos estaban siendo sobre exigidos con deberes, lo que no les daba tiempo para
ir a las clases de tenis, de taekwondo, comedia musical y batería. Nos pidieron
ir al boliche y les dijimos que sí, nos pidieron el auto y les dijimos que sí,
nos pidieron y nos pidieron y a todo les dijimos que sí. De pronto, nos dimos
cuenta de que crecieron rodeados de todo, sin frustraciones. Sin embargo,
extrañamente, no son felices.
Siguiendo el consejo de un amigo, le hicimos a nuestro hijo un psicodiagnóstico
y, entre las características que surgieron, el licenciado López nos marcó que
tiene “baja tolerancia a la frustración”, que ante cualquier dificultad u
obstáculo que se le presente rápidamente “tira la toalla” y se deprime.
Nos dijo que tiene baja su autoestima, que no sabe qué es lo que quiere y que
tengamos cuidado con las conductas adictivas, ya que ante todo lo que le brinde
placer no puede posponer el estímulo hasta verlo saciado. No sabe qué estudiar
ni qué hacer de su vida. Sólo disfruta viendo la televisión, en especial un
reality donde varios jóvenes no hacen nada.
La computadora le fascina, aunque está muy lenta y eso lo
enfurece. El deporte le divierte, pero no le gusta entrenar y, como bajó su
rendimiento, prefirió no jugar más antes que soportar los malos resultados.
No puede proyectarse en el futuro formando una familia ya que no cree en la
fidelidad y piensa que los hijos dan mucho trabajo. Quiere ser famoso, poderoso
y millonario, si es posible las tres cosas juntas, siempre que las consiga por
herencia, por ganar un concurso o vaya a saber uno por qué razón.
El psicólogo nos sugirió terapia, pautas claras en casa y que, si no estudia,
trabaje. Que si quiere seguir viviendo con nosotros, sus padres, se acomode a
las reglas familiares, que asuma responsabilidades concretas y que empiece a
planear su futuro.
Nos aconsejó no darle plata para sus salidas, sino más bien que él mismo genere
sus ingresos. Que lo contengamos y que por su propio bien le hagamos ver qué ya
no es un chico, que las cosas en la vida no se dan gratis ni por obra de magia,
que la casa en la que vive se hizo y se mantiene por nuestro esfuerzo, que lo
bueno cuesta alcanzarlo.
En fin, nos dijo tantas cosas que con mi mujer hemos decidido cambiar de
psicólogo. Lo que éste nos dijo no nos gusta. Lo último que queremos es que
nuestro hijo se frustre.
Fuente:
www.economiaparatod