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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Robledo Puch: el ángel negro. Por Álvaro Abós* |
Con apenas 20 años, consumó el espeluznante récord de once muertes en un año. Cuando fue detenido, en 1972, sorprendió al país con su cara de niño y su falta total de arrepentimiento. Hoy cumple condena en Sierra Chica.
Desde Retiro hasta San Fernando, a lo largo de 15 kilómetros, se extiende una aglomeración urbana que las guías de turismo de la ciudad de Buenos Aires llaman "la ribera norte". Viven allí millones de personas, pero el lugar no es importante por los números: alberga lo mejor y lo peor de la gran ciudad.
En ella se alzan las residencias más elegantes. Algunas rodeadas por enormes barriadas miserables. La ribera norte es el lugar del poder: en un predio de 14 manzanas situado en Olivos, viven los presidentes de la Argentina.
Es también escenario de placeres: restaurantes, clubes,
posadas del amor convocan cada noche a multitudes. Y de pasiones populares
como el turf (allí tienen sus templos los burreros, en los hipódromos de
Palermo y San Isidro), o el fútbol (el Estadio Monumental). La ribera norte es
también la ciudad de las artes: en San Isidro, junto a las barrancas, Victoria
Ocampo recibió a lo más granado de la cultura del mundo.
Fue cuna de sabios y genios, de magos y curanderos, también de caudillos y
pistoleros. Y de criminales. Entre ellos, ninguno como Carlos Eduardo Robledo
Puch. Su récord homicida fue breve y aun hoy, a treinta años de distancia y
con mucha sangre corrida bajo los puentes, impresiona.
En un año mató once personas –quizá más– y consumó decenas
de asaltos. Lo hizo en supermercados, quioscos y garajes de Acassuso,
Martínez, Olivos y Vicente López. No necesitó salir del barrio para pasar a la
historia negra de la Argentina.
Comienza la década del 70 y Robledo Puch es un muchacho rubio, flaquito, de
exuberante cabellera rizada, nacido el 22 de enero de 1952. Su padre, del que
hereda los dos apellidos, es descendiente del general Martín Güemes. Es
también un importante técnico de la General Motors. La madre de Robledo Puch
es hija de alemanes. La familia vivió mucho tiempo en Tigre, y después en un
chalet de Villa Adelina.
Robledo Puch, a quien en el colegio llamaban "leche hervida", por su carácter,
o "el colorado", es un rebelde. Un violento. Es inteligente y buen lector,
pero tiene lo que, eufemísticamente, se llama "problemas familiares". Por
robar una moto lo mandan un tiempo a un correccional, la Escuela de Artes y
Oficios José Manuel Estrada, en Los Hornos, cerca de La Plata. Sus padres
hicieron de todo para disciplinarlo, por ejemplo, colocarlo en diversos
colegios, donde invariablemente era expulsado.
Carlos Eduardo se hace de dos amigos fieles con los que comparte la pasión por
las motos y los coches. Uno se llama Jorge Ibáñez, es un rosarino dos años más
chico pero con más experiencia que Robledo Puch: roba desde los diez años. El
otro es Héctor Somoza, más modesto, hijo de un panadero de Villa Adelina,
vecino de los Robledo Puch. Pero Ibáñez y Somoza no se llevan bien. Entonces,
Carlos Eduardo debe optar y se queda con Ibáñez, alias Queque.
En septiembre de 1970, Ibáñez y Robledo Puch roban la joyería de Rachmil
Israel Isaac Klinger, en Olivos. Sacan 100.000 pesos. Luego asaltan un taller
de caños de escape, a pocas cuadras de la joyería, de donde se llevan 110.000
pesos. En enero de 1971 entran en una casa que vende motos en San Fernando y
roban una vieja Guzzi roja de los años cincuenta y una Gilera 150 más nueva,
negra y roja. En un cajón, Robledo Puch descubre una máquina que lo fascina:
es una pistola Ruby calibre 32.
El 15 de marzo de 1971 dos hombres dormitan a la madrugada en dos catres: son
el dueño y el sereno del boliche Enamor, en Espora 3285, Olivos. Entran Ibáñez
y Robledo Puch por una ventana trasera. Se llevan 350.000 pesos de la caja.
Robledo Puch ve a los dos hombres dormidos y desenfunda su Ruby 32. Le pega un
balazo en la cabeza a cada uno. Mueren sin despertar.
El 9 de mayo de 1971, a las cuatro de la madrugada, Robledo Puch e Ibáñez se
descuelgan por un tragaluz y entran en un negocio que vende repuestos de
automóviles Mercedes-Benz, en Vicente López. Robledo Puch se introduce en el
dormitorio donde reposan una pareja y un niño de corta edad. Robledo Puch
asesina al hombre y dispara contra la mujer. Ibáñez, a pesar de que la mujer
está herida, intenta violarla. Ella sobrevivirá como testigo. Antes de huir
con 400.000 pesos, Robledo Puch dispara a la cuna donde llora un bebe de pocos
meses que salva la vida de milagro: la bala lo roza.
La noche del 24 de mayo Robledo Puch e Ibáñez entran en un supermercado Tanti,
en Olivos, y asesinan al sereno.
Hasta entonces, la policía no había ligado estos crímenes entre sí. Formaban
parte de la trama del delito que palpita en una ciudad inmensa. La
simultaneidad de los hechos había ganado algún espacio en los diarios: "Volvió
a golpear la secta del crimen en la zona norte", rezaba un título.
Raid violento
El 13 de junio de 1971 Jorge Ibáñez entra en un garaje del barrio de
Constitución, en la Capital Federal. Son las once de la noche. Sin pronunciar
palabra, mata de un tiro en la cabeza al cuidador. Ibáñez elige, de entre los
coches que duermen en el garaje, un Ford Fairlane y se retira tranquilamente,
dirigiéndose hacia el norte de la ciudad. Pasa a buscar a su amigo y comienzan
a deambular por Olivos. En la Avenida del Libertador al 3800, Ibáñez ve una
mujer joven que sale de un boliche.
–Traela –ordena a su compañero. Robledo cumple la orden.
Ibáñez le cede el volante a Robledo Puch, que a toda velocidad comienza a
circular por la Avenida del Libertador. En el asiento trasero, Ibáñez viola a
la muchacha. La dejan bajar en la ruta Panamericana. Pero mientras ella se
aleja, Robledo Puch la acribilla con cinco tiros en la espalda.
Carlos Robledo Puch y Jorge Ibáñez formaban lo que se llama una "pareja
delincuente". Como los asesinos norteamericanos que Truman Capote retrató en
su libro A sangre fría, había entre ambos una relación de dependencia, quizá
de sumisión. Ibáñez era la cabeza pensante y Robledo Puch, el ejecutor. Ibáñez
mandaba y Robledo Puch obedecía.
Pocas noches después de matar a la adolescente, se toparon con otra muchacha
que salía de Katoa, en Vicente López, donde el novio trabajaba de camarero.
Quisieron subirla al coche. La muchacha se resistió tenazmente a la violación
e Ibáñez desistió. La arrojaron del coche semidesnuda y cuando ella corría al
borde de la Panamericana, Robledo Puch la mató a tiros.
El 5 de agosto, Robledo Puch e Ibáñez recorrían la avenida Cabildo en un Di
Tella que era del padre de Carlos. Robledo Puch tuvo un descuido y se
estrellaron contra otro coche. Ibáñez, que viajaba en el asiento del
acompañante, murió en el acto. Robledo Puch incurrió en una conducta habitual
en él: la frialdad absoluta ante la muerte. Le sacó la cédula a Ibáñez, se
bajó del coche y se retiró a pie.
Algunos dudaron, luego, de que Ibáñez hubiera muerto en un tonto accidente. El
fin del muchacho pudo haber sido otro. ¿Un ajuste de cuentas? ¿Había una
tercera persona en el coche? Lo cierto es que la muerte de Ibáñez marcó una
pausa en la carrera criminal de Robledo Puch: dejó de matar y retomó sus
estudios. Su madre le regaló un Dodge GTX cupé, con llantas deportivas. Costó
3.041.000 pesos. Lo compraron en una concesionaria de Martínez. Tiempo
después, cuando le preguntaron al "ángel rubio", ya preso, cuál había sido el
momento más feliz de su vida, no vaciló:
–El día en que mi madre me compró el coche.
En realidad, el Dodge Polara se lo compró su madre con dinero que Carlos
Eduardo le daba. ¿Cómo hacía un muchacho para tener esa plata? Es que soy un
gran mecánico y arreglo motos, mamá, decía él. Le creyeron. Algunos de los
robos no produjeron botín alguno, porque los serenos asaltados no custodiaban
dinero, pero el del supermercado Tanti, por ejemplo, los compensó: de allí se
llevaron cinco millones.
Durante aquel intervalo feliz, su padre lo llevó en varios viajes de negocios
al interior. Mientras tanto, algún policía intentaba ligar el rompecabezas
macabro conformado por esos crímenes dispersos que se habían sucedido desde
marzo.
Muerto Ibáñez, Robledo Puch se volcó hacia su amigo Somoza,
con el que comenzó a salir cada noche. El 13 de noviembre rompieron la
vidriera de una armería y se llevaron un revólver Astra Cádiz calibre 32. Dos
días después asaltaron el supermercado El Rincón, de Boulogne. Acribillaron al
sereno y encontraron la caja vacía. Al día siguiente, Robledo Puch estrelló el
Dodge Polara contra un árbol en Figueroa Alcorta y Dorrego. Entonces, durante
un tiempo, los asesinos se desplazaban en colectivo.
El 17 de noviembre, Robledo Puch y Somoza entraron en una concesionaria de
autos en Olivos y mataron al cuidador. El 25 de noviembre entraron en la
concesionaria Puchmartí, de Martínez, en la que su madre le había comprado el
Dodge. Se filtraron por el techo, redujeron al sereno y le sacaron las llaves.
Robledo Puch lo mató de un tiro en la nuca.
Se llevaron un millón. Se fueron en taxi y al día siguiente compraron un Fiat
600 gris. Querían prepararlo para competición. Le duró unos pocos días.
Robledo Puch manejaba como un loco y al Fitito lo arrolló un colectivo. Lo
vendieron como chatarra.
Después, vino el final. Fue el 1° de febrero de 1972. Salieron a "recorrer".
Robledo Puch vestía una campera de corderoy Levi’s, remera a rayas, jean sin
cinturón con la cintura caída. En la muñeca llevaba un Omega Speedmaster y
calzaba sus Adidas blancas.
Entraron en la ferretería Masseiro Hermanos, de Carupá. Como siempre,
remataron de un tiro al vigilador. Luego intentaron abrir con las llaves la
caja de caudales. Comenzaron a violentarla con un soplete. Somoza trabajaba y
Robledo Puch vigilaba. Tras sopletear varias horas, Somoza hizo una pausa y se
acercó a su compañero. Lo abrazó desde atrás, en un gesto amistoso. Robledo
Puch se sobresaltó. Se dio vuelta y lo mató de un balazo. Después le quemó la
cara con el mismo soplete. Robledo Puch terminó de abrir el cofre, recogió el
botín y se fue. Con tanto apuro que dejó la cédula en el bolsillo de Somoza.
La policía identificó el cadáver de Somoza. Tenía un tiro en el corazón y la
cara horriblemente quemada con fuego. Una comisión fue a la casa de Somoza.
Una señora les dijo:
–¿Mi hijo? Ahora no está. Anda siempre con su amigo, Carlos.
–¿Qué Carlos?
–Carlos Robledo. Le dicen "el colorado".
Ella les dio las señas de la familia Robledo Puch: Las Acacias al 200, Villa
Adelina.
Un coche de la subcomisaría Balnearios llegó a las cuatro de la tarde a ese
chalet. Era el 3 de febrero de 1972. Apenas habían parado cuando apareció un
chico en una motito.
–¿A quién esperan, señor? –preguntó Robledo Puch, desentendido.
–Pibe, ¿vos conocés a un tal Somoza?
–¿Somoza? No, ¿quién es?
–Debe ser un amigo tuyo, porque tenía tu cédula en el bolsillo.
La policía registró el chalet de los Robledo Puch y, escondido en un rincón
del piano, encontró el dinero de los robos, así como dos revólveres calibre 32
y cinco calibre 22.
Lo subieron al coche y lo llevaron a la comisaría. Carlos Eduardo Robledo Puch
al principio negó. Pero enseguida confesó todo, haciendo gala de una memoria
excepcional. Recordaba cada detalle y le reveló a la policía algunos robos que
ni siquiera estaban registrados.
Sin arrepentimiento
Sus confesiones llenaron durante meses la crónica policial. Lo bautizaron "El
ángel negro", "El tuerca maldito", "Cara de ángel", "El muñeco maldito" o "El
Chacal". Pero pronto la descripción de tantos crímenes dejó paso a otro
deporte: interpretar a aquel monstruo que la sociedad había engendrado.
Para algunos, fue el representante de una clase social
parasitaria. Para otros, el exponente de una juventud destruida por anteriores
generaciones. Uno de los psiquiatras que lo revisaron recordó que "ahora es un
psicópata, hace unos años fue un chico asustadizo". Lo más sorprendente eran
las explicaciones que el propio Robledo Puch daba. "Un pibe de veinte años no
puede estar sin guita y sin coche." ¿Cinismo? ¿Provocación? ¿O la cruda
explicación de un mundo de infinita miseria?
"Tenía 20 años, era aparentemente un chico común, perteneciente a una familia
de clase media", lo describió el juez Víctor Sasson. No mostraba el aspecto de
un criminal convencional. Una revista semanal lo interpretó a la luz del
psicoanálisis: Robledo Puch, decía Panorama, "es visto como el Mal con aspecto
de Bien y al horror real de los crímenes se suma el de la fantasía…" Crónica
explotó a fondo esa dualidad: "Es niño bien, tiene 20 años, carita de ángel,
frío, feroz y cínico".
La saga del "ángel rubio" tuvo una impensada continuación: el 7 de julio de
1972, el entonces acusado en espera de juicio estaba recluido en una
dependencia especial del Penal de Olmos, cerca de La Plata. Esa noche, en
compañía de otro detenido, se fugó saltando por los techos. Estuvo en libertad
durante 64 horas. Lo detuvieron mientras deambulaba por las calles de Olivos,
el escenario de sus crímenes.
–¿Robledo Puch?
–Sí, soy yo.
–Párese, está detenido.
–No tiren.
Para Osvaldo Soriano, que escribió una crónica sobre él, "Robledo Puch desnuda
la apetencia exitista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos
de éxito".
Otro escritor, Osvaldo Aguirre, señala que Robledo Puch permanece en la
memoria colectiva no sólo por la desmesura de sus crímenes, sino porque jamás
se arrepintió ni pidió perdón. Por el contrario, en las numerosas entrevistas
que concedió en estos treinta años en la cárcel de Sierra Chica, donde ocupa
una celda del pabellón de homosexuales, reivindicó sus actos.
El paso del tiempo embellece el delito, aun el más sórdido. Así nacen los
mitos criminales. Pero Carlos Eduardo Robledo Puch ha mantenido su odio
incólume. No hay mito Robledo Puch. El horror continúa. "Mató a personas
comunes sin ninguna razón y sin dar la menor posibilidad de defensa.
Cualquiera pudo ser su víctima: por eso fue la esencia del enemigo público." Y
lo sigue siendo.
* Álvaro Abós ha publicado más de veinte libros.
Entre ellos, sus resonantes biografías de Natalio Botana, Macedonio Fernández
y Xul Solar, que le valieron en 2004 el Premio Konex. Al pie de la letra, su
guía literaria de Buenos Aires, traducida ya a varias lenguas, fue llevada a
la televisión por Canal (á). Colabora en El País (Madrid) y en La Nación. Sus
últimos títulos son La baraja trece (relatos) y Cinco balas para Augusto
Vandor (novela).
Fuentes: Artistas, locos y criminales, de Osvaldo Soriano; Enemigos públicos,
de Osvaldo Aguirre; Crímenes argentinos, de Rolando Barbano y otros.