
Poli Armentano, un crimen imperfecto
Poli no se encontraba muy bien ese día. Estaba seguro de que
alguien lo estaba acechando. Saber quién no era algo difícil de averiguar, lo
que le era realmente difícil era aceptarlo.
Armentano se había criado en la calle y conocía códigos de la vida que lo habían
ido penetrando a través del tiempo. Sabía la verdadera importancia de tener ética
y códigos y le fastidiaba descubrir que personas allegadas a él no tuvieran
esos mismos valores.
Justamente, quien lo estaba jodiendo era uno de los que consideraba como su
mejor amigo: Guillermo Cóppola. Poli no tenía evidencia concreta de eso, pero
algo dentro de él le confirmaba que era tan cierto como que el cielo era
celeste.
Fue entonces que recordó mil y una anécdotas vividas con "Guillote",
entre las que se destacaba una curiosa fiesta en la que Cóppola se había
disfrazado de mujer en medio de cientos de otros curiosos disfraces. Como eso,
mil anécdotas. La cantidad de cosas que habían compartido juntos eran
interminables. Incontables algunas de ellas.
Y es por eso que Poli intuía que tal vez había pasado una puerta que nunca
debió haber traspasado. Bien sabía que, involuntariamente, había dado un paso
al vacío. El tema era saber cuál había sido ese maldito paso.
Poli estaba acostumbrado a tratar de manera informal con toda la gente que conocía.
Tal vez por eso le parecía demasiado acartonado el trato que le tocaba en
suerte con la gente de la DEA, organismo dedicado al combate del narcotráfico y
ubicado en plena embajada de EE.UU.
Mientras ingresaba por la gran puerta de la calle Colombia, Armentano no podía
dejar de preguntarse por qué lo habrían convocado. Aunque teniendo en cuenta
que se trataba de una entidad dedicada al tema de las drogas, algo podía
intuir.
Antes de que pudiera seguir especulando, Poli escuchó el escueto saludo: "¿Sr.
Armentano...?". El hombre que lo saludaba vestía un impecable traje que
podía deducirse importado y su castellano asomaba imperfecto.
Leopoldo Armentano solo atinó a asentir con la cabeza, mientras el funcionario
norteamericano le indicaba el camino a seguir con un elocuente gesto realizado
con el brazo.
En la oficina de la DEA se encontraban otros agentes que lo saludaron con un
apretón de manos y sin mediar palabra alguna. No hubo mucho preámbulo antes de
que preguntaran a Poli acerca de un cercano amigo de suyo: Guillermo Cóppola.
La gente de la embajada tenía serias sospechas de que el manager de Maradona
tenía fuertes lazos con la droga y querían recabar toda la información
posible sobre el tema. Fue entonces que toda la diplomacia de los agentes se
desvaneció por completo. Uno de ellos le aseguró a Armentano que tenían
información comprometedora sobre él mismo y que podían llegar a perjudicarlo
si no colaboraba con ellos.
Armentano entendió el mensaje. Y obró en consecuencia: contó algunas
travesuras de su amigo, el histórico "Guillote". Poli daba datos
precisos mientras trataba de percibir si sus palabras satisfacían o no a los
extranjeros agentes, ya que los tipos no daban el menor signo de aprobación o
desaprobación. Poli se hubiera conformado con la simple mueca que nunca salió
del rostro de los funcionarios.
Lo único que hacían los agentes era tomar nota de lo que Poli decía, mientras
este último intentaba anticipar cuál sería el destino de la información que
estaba dejando en esa oficina.
Fue una extensa tarde en la que se habló, entre otras cosas, de la conexión de
las drogas con los boliches bailables. La conciencia de Poli estaba
convulsionada y se sentía el peor de los seres humanos. Igualmente lo
tranquilizaba el hecho de no haber dicho todo lo que sabía: había presentado a
Cóppola como un simple dealer, bien lejos de la temida figura del arquetípico
narcotraficante que todos tenían de Guillote.
Él sabía que si los agentes de la DEA se convencían de esto último, no se
meterían con su sospechado amigo. Con lo que no contaba Poli era con que los
funcionarios ya manejaban información de antemano que no era muy aliviadora.
Esa información colocaba a Guillote en un escalón superior al que había
contado Poli, poniéndolo en una situación comprometedora.
Mientras caminaba sin rumbo específico, Armentano masticaba la amargura de la
incertidumbre de lo que estaba por venir. Sabía que lo que había hecho tarde o
temprano le traería consecuencias.
Lo que desconocía era el nivel específico de esas consecuencias. No sabía que
acababa de ingresar a un callejón sin salida. Sus días ya estaban contados.
La fiesta
"Sírvanse, es de la que toma el Papa", decía el hombre mientras
repartía sobrecitos que evidenciaban tener en su interior un polvo blanco. Era
casi patético ver a Coco Villafañe, padre de Claudia y suegro de Diego
Maradona haciendo de distribuidor de "papelitos" en la fiesta de 15 años
de Natalia Cóppola, hija de "Guillote".
Eran ya las 3 de la mañana y los invitados habían bebido y comido en exceso.
Tal vez había un costado paradójicamente bueno en lo que "Coco"
estaba haciendo: pretendía ayudar a quitar parte del cansancio que aquejaba a
los invitados. De la peor manera.
La escena era dantesca y realmente denostaba el peor reflejo de una conducta de
vida a la que estaban ya habituados los principales organizadores del evento.
Entre aquella noche en el Alvear y el día de hoy, pasaron para Cóppola doce años
y muchas cosas más.
La pregunta del millón: ¿Cómo llegó un hombre como él a la condición que
detenta hoy? ¿De qué manera pudo acceder a la intimidad del poder, a tratar y
manejar a poderosos y famosos si cuando estaba cerca de los 40 años todavía
era un oscuro gerente del Banco Federal?
Tal vez su historia no difiera de la de muchos otros personajes que han pasado
de la nada absoluta a ser importantes "empresarios" con prestigio y
dinero.
Sin duda alguna, 1950 fue un año emblemático. Además de
haber sido el que dividió el siglo en dos, fue el año en que el gobierno del
Gral. Perón mostraba pleno auge. Europa, por su lado, trataba de acomodarse al
nuevo tablero del mundo luego de la finalización de la Segunda Guerra.
El 12 de octubre de ese mismo año nacía alguien que iba a ser blanco de mil y
una especulaciones: Guillermo Esteban Cóppola. Cerca de la cancha de San Telmo,
en la vernácula Isla Maciel, vino al mundo junto a su padre camionero y su
madre cosmetóloga amateur, quienes compartían una pequeña piecita con su
abuela ciega y su hermano Juan Carlos.
Su infancia y adolescencia lo vieron pasar por un conventillo de la calle
Constitución. Su primer empleo conocido fue el de vendedor de naranjas y
mandarinas en un carro, a los 12 años. Unos años después sería "el pibe
de los mandados" en una farmacia. Mientras tanto concurría al colegio Juan
de Garay, en la Boca. A los quince años entró como cadete -por gestión de su
hermano- al entonces Banco Italiano. A los 20, se pasó al Banco Federal
Argentino. Se recibió de Licenciado en Administración de Empresas en la UCA
gracias a una beca otorgada por sus jefes, y llegó a ser Gerente Departamental
de la misma institución que apadrinó sus estudios universitarios.
A los 28 años, en 1976, tuvo la virtud de adivinar el futuro que subyacía en
la representación de jugadores de fútbol. Entre sus clientes contó a Vicente
Pernía -el primer jugador al que representó -, Nery Pumpido, Alberto Tarantini,
Reinaldo Merlo, Mario Kempes, Hugo Gatti, Hugo y Oscar Ruggeri, hasta llegar
finalmente a representar al máximo ídolo del fútbol nacional: Diego Armando
Maradona.
A mediados de los ochenta, a los 36 años, abandonó definitivamente su trabajo
de Gerente de banco, y se dedicó de lleno a la representación de jugadores.
Fue así que, con convicción y muchos dólares en el bolsillo, decidió
convertirse en personaje del Jet Set.
Poseedor de autos importados, relojes de oro y amigos influyentes, Cóppola ha
sido un asiduo visitante de la quinta de Olivos durante la presidencia de Menem.
Con ese poder a cuestas, en enero de 1996 -en plena campaña "Sol sin
drogas"-, Guillote ha viajado a Uruguay sin que lo revisaran en la Aduana .
Cóppola tiene dos hijas: Natalia, que es fruto de su relación con Yeya, su
primera mujer; y Bárbara, hija de su segunda pareja, la actriz Amalia Yuyito
González. Con el tiempo, Guillote llegó a manejar los asuntos de más de 180
jugadores consecutivamente.
Su historia con Diego se inició en julio de 1985. Los presentó el ex
futbolistas Carlos Randazzo, un hombre que fue acusado de ser distribuidor de
drogas y que posteriormente se vio involucrado en una causa penal por el
asesinato de Virgilio Escobar.
Dos meses después de conocerse, la buena relación entre ambos se trasladó al
terreno comercial. El 19 de septiembre de 1985, Maradona se alejó de Jorge
Cysterszpiller y anunció que su nuevo representante era Cóppola.
Su sociedad duró hasta 1990. Diego jugó en Italia y en ese período el
empresario ganó más de un millón de dólares, siendo reemplazado por su
socio, Marcos Franchi, en el manejo de los intereses del jugador.
Los mejores días de su asociación con Maradona en Italia, se podían traducir
en una movida continuada que se iniciaba en el restaurante La Sacristía,
siguiendo en el piano bar La Stangata -o en las mejores discos de los barrios
residenciales de Posillipo, Casciassa y Bella de Notte- y terminaba en el Hotel
Paradiso.
Lo peor vendría luego. El 18 de julio de 1989 la hinchada de Nápoli le iba a
declarar la guerra a Maradona, después de un mediocre partido frente al Pisa.
Pronto se descubriría que el jugador había consumido drogas antes de jugar
algunos partidos. Eso al menos había demostrado un análisis antidoping
realizado a Maradona el 17 de marzo de 1991 al finalizar un encuentro contra el
Bari.
Era el inevitable broche para una mala racha que se había iniciado tiempo
antes, cuando una mujer llamada Cristiana Sinagra denunció al jugador por no
reconocer la paternidad de su hijo -Diego Armando-, nacido en Italia el 20 de
septiembre de 1986.
Cuando este tema trascendió a la prensa, Cóppola sostuvo que "Diego está
tranquilo porque ese hijo no es suyo", argumento similar al que ha solido
esgrimir cuando le preguntaban acerca de la adicción a las drogas por parte de
su representado: "Diego nunca se drogó", aseveró en más de una
oportunidad.
En ambos casos, la realidad terminaría demostrando que Cóppola estaba
equivocado. Prueba de lo dicho se vio el 26 de abril de 1991 cuando la policía
detuvo a Maradona junto a dos amigos en un departamento de la calle Franklin, en
medio de restos de lo que aparentaba haber sido una noche de alcohol y drogas.
En ese momento todos miraron a Cóppola quien, a pesar de haberse jactado
siempre de saber todo acerca de la vida de Maradona, ese día dejó de poner las
manos en el fuego por él: "Yo a la cama con Diego no voy... ".