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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Burgos: el descuartizador de Constitución. Por Álvaro Abós. |
Primero fue el torso, después las piernas, más tarde la cabeza. Corría el verano de 1955 cuando estos macabros hallazgos espantaron a los porteños. Era el cadáver despedazado de una mucama de 27 años que había encontrado la muerte de la mano del amor.
¿Qué novedad traía el carnaval de 1955? Ninguna, pensaban los
periodistas en aquel tórrido febrero. Salvo que el disfraz de moda ya no era el
del Zorro, ni el de oso Carolina, sino el de marciano con antenitas. Los mejores
bailes fueron los del Club Comunicaciones, donde tocaron las orquestas de Ray
Nolan, Ary Barroso y Aníbal Troilo. Aquel verano, Pichuco estrenó Fangal, un
tangazo póstumo de Discépolo.
Sin embargo, aquel verano que pintaba para aburrido sería luego recordado como…
el verano del crimen.
La mañana del viernes 19 de febrero de 1955, en un paraje llamado Loma Hermosa,
a cuatrocientos metros de la estación Hurlingham, en el noroeste del Gran Buenos
Aires, un cura que caminaba cerca de la fábrica de cajas de cartón La Holandesa
había encontrado el torso de una mujer descuartizada.
La luz roja se encendió en las redacciones. El viernes siguiente, 26 de febrero,
en un desolado rincón del sur de la ciudad, donde se juntan la avenida Cruz y la
calle Pedernera, se encontró un envoltorio similar: eran las dos extremidades
inferiores, desde el pie hasta la rodilla, además de un muslo.
El horror se desató en Buenos Aires cuando, pocas horas después, un marinero de
la chata Sheop, que navegaba por el Riachuelo, avistó un objeto raro que flotaba
a la altura de la calle Martín Rodríguez. La Prefectura rescató un canasto de
alambre con el consabido paquete: contenía una cabeza de mujer, los brazos,
alguna ropa.
Comenzaron a circular todo tipo de rumores. ¿Eran los restos de una única mujer
o de varias? ¿La ciudad estaba amenazada por un asesino feroz, un Jack el
Destripador porteño? La prensa filtraba con cuentagotas detalles macabros que
erizaban a la población y multiplicaban la psicosis. El asesino había limado las
yemas de los dedos de su víctima. Los envoltorios no tenían ni una gota de
sangre. ¿Dónde había sido asesinada? Una primera conclusión se imponía: la
habían matado, desangrado y después cortado en partes.
Se convocó a los mejores forenses, como el doctor Francisco Fablet, para que
analizaran los restos. El médico respondía así las preguntas de la prensa:
–¿Cómo fue despedazada la mujer?
–Con un serrucho y por lo menos dos cuchillos. La cabeza fue seccionada en el
nivel de la quinta vértebra cervical.
–¿El asesino tenía conocimientos para realizar esas mutilaciones?
–Podría ser, pero no es seguro.
Muñeca rota
En la Morgue Judicial de la calle Viamonte, los restos fueron "rearmados" como
pedazos de una muñeca rota. La cabeza había estado sumergida en el agua del
Riachuelo varias semanas. Ni siquiera se distinguía el color de los cabellos.
Algunos porteños hicieron horas de cola en la puerta de la Morgue para ver el
cuerpo.
Los cirujanos del hospital Argerich advirtieron un detalle revelador. La mujer
muerta tenía una cicatriz en el hombro que sólo podía provenir de una operación
poco común: una osteosíntesis, destinada a solucionar una fractura de clavícula.
Había dos cirujanos que practicaban esta cirugía en la Argentina. Así fue
identificada la mujer cortada en pedazos.
Se llamaba Alcira Methyger. Veintisiete años. Nacida en Salta. Empleada
doméstica. Había sufrido un accidente de tránsito en 1954, por el cual había
sido operada. Ultimo domicilio conocido, Bernardo de Irigoyen al 1500, la casa
de sus patrones, una familia que veraneaba todo el mes de febrero en Mar del
Plata. Antes, Alcira había vivido en el Hotel Gran Sur, de la calle Chacabuco,
frecuentado por trabajadores del interior. Allí aún habitaba Ana Urbana Methyger,
también doméstica.
–¿Usted es la hermana de Alcira Methyger? –preguntó el comisario Evaristo
Urricelqui, jefe de Homicidios.
–Sí, ¿por qué?, ¿qué pasó?
Una Ana Urbana Methyger en estado de shock reveló que Alcira tenía varios
novios. El último se llamaba Ramaroso, y fue detenido en un espectacular
procedimiento, pero nada tenía que ver con el crimen.
Al fracasar la pista de Ramaroso, los investigadores apuntaron a un hombre de 36
años llamado Jorge Eduardo Burgos. Trabajaba como corredor de una pequeña
empresa papelera y encuadernadora, propiedad del padre. Estaba relacionado hacía
diez años con la Methyger y era muy conocido por los allegados de ésta.
Ana Urbana Metyhger se lo señaló a la policía y lo mismo hizo
Berta Saavedra, otra amiga íntima de la infortunada, también doméstica, que
estaba en Mar del Plata y que agregó este detalle: Alcira era pretendida por
Jorge Eduardo, pero ella lo había rechazado porque en su vida había aparecido
"otro hombre".
Burgos vivía con sus padres en un departamento del tercer piso en la avenida
Montes de Oca 280. Tenía un buen nivel cultural, ya que había terminado el
secundario y luego había completado el estudio de varios idiomas, en especial el
inglés. La policía se dirigió al domicilio de los Burgos. Era el 16 de marzo de
1955. En la casa vivía también una hermana bastante más joven. Para la familia
fue una sorpresa tremenda que la policía buscara al hijo mayor.
Pero, ¿dónde estaba Burgos?
Había viajado a Mar del Plata para pasar una temporada de descanso. Iba en El
Marplatense, el tren nocturno que paraba en Dolores y en Maipú. Varias
comisiones salieron para allá, perforando la noche de marzo en la llanura.
Cuando los coches frenaron en la estación de Dolores, se alejaba el farol rojo
del último vagón.
Redoblaron la carrera y llegaron a Maipú a tiempo. No querían delatar su
presencia. La policía no sabía con quién iba a encontrarse. ¿Quizá con un hombre
violento que vendería cara su libertad? Pronto individualizaron a la presa: un
hombrecillo de rostro mofletudo y anteojos de intelectual que dormitaba
tranquilo en su asiento. Urricelqui y los demás detectives lo detuvieron cuando
el tren llegó a Mar del Plata y lo llevaron de vuelta a Buenos Aires, donde
quedó detenido en el Departamento de Policía.
Burgos habló. Conocía a Alcira desde el año 1944, cuando ella, recién llegada de
Salta, alquiló una pieza en el departamento de la familia de él. Cuando Alcira
se fue de la pieza siguieron viéndose. Burgos, con la verborragia propia de las
homicidas que confiesan, siguió así su relato: discutían porque ella quería
"concretar" y él dudaba.
Durante febrero, la familia Burgos se había ido de vacaciones a Necochea. Jorge Eduardo quedó solo en su casa. Burgos narró los paseos de la pareja durante aquel verano. Las visitas al departamento. La discusión, aquella noche de febrero en Montes de Oca.
La carta de otro hombre que él había descubierto en un libro
que tenía Alcira en la cartera. La pelea feroz, los dientes de ella apretándole
un dedo. La furia de él, que para desprenderse le aprieta el cuello, y la caída.
El pánico, cuando se da cuenta de que ella no respira. El cuerpo desnudo de
Alcira en la bañera, Burgos que se saca la ropa para descuartizarla. Las ocho
horas que le lleva cortarla en pedazos. Los paquetes. Los viajes en colectivo
para arrojar los bultos en distintos lugares.
Un hombre enjaulado
El comisario Plácido Donato, hoy retirado, que había
ingresado poco antes a la Policía Federal, recuerda a Burgos detenido.
–Estaba sentado, temblando como un chico, con los ojos cerrados, los dientes
apretados –recuerda Donato–. Lo descubrí cuando me mandaron a cuidarlo. La
policía temía que pudiera suicidarse… Llegaban policías desde todos lados para
observar al curioso ejemplar de hombre enjaulado. Algo que ocurrió
imprevistamente me llenó de piedad. El "curioso ejemplar" me tocó el brazo
levemente. Una lágrima corría por su rostro. Burgos me susurró: "Papá… Mamá…
Ellos estaban en Necochea. Felices estaban… Mire ahora qué lío…"
A mediados de marzo de 1955, la policía llevó a Burgos a Montes de Oca 280 para
que reconstruyera el crimen. Una mujer policía cumplió el rol de Alcira. El
asesino volvió a narrar minuciosamente sus pasos. Cuando se difundió entre el
vecindario la noticia de que él estaba allí, se reunió una verdadera multitud
que pretendía lincharlo. La policía tuvo que empeñarse para protegerlo.
Durante los meses siguientes, los porteños siguieron hablando del caso Burgos.
Los martes y viernes se publicaba la revista Ahora, especializada en crímenes y
noticias del espectáculo. Estaba muy mal impresa, aun para la época. Sin
embargo, la compraban con puntualidad miles de lectores. Ahora dedicó muchas
páginas al crimen y todos sus avatares.
Los dos bandos
Mientras el caso se dilucidaba en los Tribunales, se desenvolvió otro capítulo
del crimen. La sociedad se dividió entre los que apoyaban a Alcira y los que
eran partidarios de Burgos. Comenzaron a llegar a la redacción de Ahora cartas
de lectores que se identificaban con uno u otro.
Para algunos, Alcira Methyger, doméstica, provinciana, había
sido engañada por un joven culto y de buenos medios económicos. Jorge Burgos
representaba, para esos lectores, el prototipo del seductor irresponsable, del
rico que, tras divertirse con una "morochita", la había asesinado y, sin la
menor piedad, luego la había despedazado.
Otros lectores, en cambio, simpatizaban con Burgos: Alcira era una arribista que
había embaucado a un buen muchacho, tímido, apocado, culto, al que la pasión
perdió. Dando por descontado que el crimen de Burgos había sido
preterintencional (no deseado), como alegaba el asesino, muchos lectores lo
veían más cómo víctima que como verdugo.
No hace falta mucha perspicacia para vislumbrar en esta polémica el conflicto
social latente en la Argentina de 1955, dividida en dos mitades
irreconciliables: peronistas y antiperonistas, cabecitas negras y gorilas. Se
incubaba un otoño en el que aquella división estallaría con violencia.
La historia barrió con las peripecias del crimen de Burgos. Al mediodía del 16
de junio de 1955, aviones navales sobrevolaron la Plaza de Mayo y bombardearon
la Casa de Gobierno. Intentaban asesinar al presidente Juan Domingo Perón.
Centenares de personas, peatones y manifestantes, cayeron muertos en la Plaza de
Mayo. La revista Ahora dedicó sus páginas principales a las espeluznantes fotos
de esta masacre. Del caso Burgos no volvió a hablar.
El 16 de septiembre de ese mismo año, un golpe militar echó a Perón. Y un mes
después, el 19 de octubre, salió a la calle una nueva publicación con las mismas
características de la anterior. Se llamaba Así y la dirigía Héctor Ricardo
García. Pero el caso Burgos ya no volvería a las primeras planas.
El juez de sentencia lo condenó a veinte años de prisión por homicidio simple.
El descuartizamiento, conforme a la teoría sentada en el caso Donatelli, no era
una forma de crueldad sino el intento de escapar del castigo. El magistrado
debía aplicar la pena optando entre los extremos que señala el artículo 79 del
Código Penal para la figura de homicidio: de 8 a 25 años. Lo condenó a 20.
Cuando el caso llegó a la Cámara, los argumentos de Burgos –su explicación sobre
la pelea y su perfil de buen ciudadano– pesaron. La Cámara rebajó su pena a 14
años.
En la cárcel observó una conducta ejemplar. Se convirtió en un hombre religioso.
Por eso, en 1965 fue beneficiado por la libertad condicional. Había permanecido
diez años y ocho meses en prisión. Burgos regresó a la casa de Montes de Oca. Se
negó sistemáticamente a hablar con los periodistas que lo acosaban. Sólo recibió
a un redactor y a un fotógrafo de Primera Plana, con los que habló en el comedor
del departamento. No les permitió pasar al baño en el que había descuartizado a
Alcira.
Extrañas coincidencias
Primero fue el horror. Pero después el caso Burgos provocó la fascinación de
varios escritores. Era un crimen "literario": ¿por qué? Su diseño parecía un
desafío a la sociedad o el juego de una mente perversa. También llamó la
atención la extraña coincidencia de nombres.
El ensayista Jorge B. Rivera escribió en 1991: "Sólo ahora,
con el paso de los años, podemos advertir una simetría curiosa, prescindible o
caprichosamente erudita, que en aquellos días era secreta o puramente
premonitoria: el nombre Jorge Burgos, un corredor de libros homicida, prefigura
el de Jorge de Burgos, el asesino múltiple de El nombre de la rosa, que custodia
una biblioteca y un libro (y se enlaza con el de Jorge Luis Borges,
bibliotecario y escrutador de grandes figuras universales de la infamia)".
El nombre de la rosa, la novela que Umberto Eco publicó en 1980, nació en Buenos
Aires, en una librería de viejo de la calle Corrientes, donde Eco encontró un
manuscrito. Hecho que Jorge Luis Borges, de quien Eco se reconoció lector
devoto, usó varias veces.
Constitución y Barracas, los barrios donde transcurrió el
caso Burgos, fueron escenarios recurrentes en las ficciones de Borges. Una de
sus obras maestras, el cuento El Aleph, comienza en la estación Constitución, en
cuyo bar solían encontrarse Alcira y Burgos. El Aleph era un objeto que contenía
el universo entero y Borges lo situó en la calle Garay, la misma en la que vivió
Alcira Methyger cuando vino de Salta. El parque Lezama, por cuyas avenidas
pasearon de la mano Burgos y Alcira, también vio pasar, quizás unos años antes,
al joven Borges con su novia Estela Canto…
Como contagiados por este clima literario, varios de los protagonistas de esta
historia escribieron sobre ella. El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a
quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de
cuentos.
Otro Evaristo –Meneses– se convirtió algo después en célebre policía: en 1955 era detective de la sección Capturas y participó en algunas diligencias del caso Burgos. En sus memorias, publicadas en 1962, da su versión de este caso. Gracias a Meneses, que integraba la comisión que allanó la vivienda de Burgos en la avenida Montes de Oca, conocemos algunos de los títulos que guardaba la biblioteca del asesino: The Criminal Law, Best Crimes Stories, Murder Charge, Murder and Treason, Dead Wight, If I should Murder.
La mayoría de estos libros, señala Meneses, "se referían a
crímenes de mujeres, por lo que separé más de cuarenta". Aun resta otra
sorpresa. En esa biblioteca estaba El asesinato considerado como una de las
bellas artes, de Thomas de Quincey, uno de los libros que más le gustaban a
Borges.
Otro policía escritor, Plácido Donato, evocó el crimen de Alcira Methyger en sus
Confesiones de un comisario. El propio Burgos no se quedó atrás. Mientras
esperaba la sentencia definitiva, publicó un libro de 64 páginas titulado Yo no
maté a Alcira.
Llevaba el sello de la ignota editorial BM y la tapa estaba
ilustrada con la foto del autor y este subtítulo: Escrito desde la cárcel. El
volumen, hoy ávidamente buscado por los coleccionistas, es un relato bastante
rosa de los amores entre Burgos y Alcira. Su autor reitera lo que dijo siempre:
Alcira y él pelearon, ella le mordió un dedo, él sin darse cuenta le apretó la
garganta, para percatarse luego de que ella había muerto. Luego, dominado por el
pánico, la descuartizó.
La hipótesis del asesino serial
¿Fue Burgos víctima de las circunstancias? ¿Era un buen hombre al que un momento
de locura arruinó la vida? ¿O fue uno de los más peligrosos e inteligentes
asesinos al que sólo una brillante investigación impidió cometer el crimen
perfecto?
Plácido Donato, en su despacho de directivo de Argentores,
evoca no sólo su memoria personal del caso, sino sus muchas conversaciones con
Urricelqui y demás policías que lo resolvieron. El autor de varios libros hoy
agotados, además de guiones de TV y cómics, revela al cronista un dato que nadie
consignó.
–Cuando la comisión apresó a Burgos en el tren que iba a Mar del Plata, el
asesino no iba a descansar, como él mismo decía.
–¿A qué iba?
–Iba a "terminar" con una íntima amiga de Alcira.