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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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El caso Giubileo. Por Álvaro Abós. |
La doctora Cecilia Enriqueta Giubileo, una psiquiatra de 39
años que trabajaba en la Colonia Open Door, situada en Torres, cerca de Luján,
Provincia de Buenos Aires, fue vista por última vez la medianoche del domingo 16
de junio de 1985, cuando un enfermero y un paciente cruzaron algunas palabras
con ella.
Luego, el único que la vio fue su asesino.
La desaparición de la doctora Giubileo, más allá de especulaciones e hipótesis,
cosechó un espeso e impenetrable misterio.
La Colonia Open Door
A comienzos del siglo XX, un precursor de la psiquiatría argentina, el doctor
Domingo Cabred, tuvo un sueño humanista, propio de aquel país que apostaba al
futuro y donde se levantaban, casi de un día para otro, grandes edificios
públicos, estaciones ferroviarias, puentes, teatros. Cabred fundó un asilo para
albergar y curar a enfermos mentales pobres, que se hacinaban en hospitales que
no estaban preparados para atenderlos o, a veces, en cárceles. El proyecto del
doctor Cabred comenzó a hacerse realidad en 1906 y se inauguró oficialmente en
1915.
Cuando sucedieron los hechos, el manicomio –cuyo nombre oficial era Instituto
Neuropsiquiátrico Dr. Domingo Cabred, pero al que se conocía como Colonia Montes
de Oca o Colonia Open Door– ocupaba 600 hectáreas en las cercanías de un pueblo
llamado Torres, en las inmediaciones de Luján, 80 kilómetros al oeste de la
ciudad de Buenos Aires.
No mucho tiempo atrás, Torres había sido un apeadero en el
que se detenían algunos trenes para cargar y descargar tarros de leche y
correspondencia. En 1985, tenía 1500 habitantes, varios centenares de los cuales
prestaban servicios en Open Door. Familias enteras trabajaban en la colonia o
realizaban tareas externas para esa institución. Algunos habían heredado el
puesto del padre y hasta del abuelo.
Open Door era un mundo autosuficiente. Erigido en terrenos altos y fértiles,
contaba con granjas, criaderos de aves, talleres. Por lo demás, a Torres, un
típico pueblo de la llanura, lo rodeaban estancias y haras donde se criaban esos
caballos argentinos de polo que son célebres en el mundo entero.
Open Door, que quiere decir "puerta abierta", albergaba a 1200 deficientes
mentales, distribuidos en 12 pabellones alrededor de un gran edificio central,
especie de castillo normando. Los pabellones estaban separados por caminos y
arboledas que sombreaban casi un tercio del predio. Hasta había una laguna.
Open Door fue concebido como un asilo abierto, en el que la paz de la naturaleza
atenuara el dolor. Pero no era eso.
Era una sucursal del infierno.
"Me llamo Cecilia Giubileo"
Nació en 1946. Estudió medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, en los
trepidantes años sesenta. Militó en la izquierda, participó en huelgas y
movilizaciones. El Cordobazo, en 1969, la vio entre los estudiantes que gritaban
consignas en las calles de La Docta.
Cecilia se enamoró de un muchacho llamado Pablo Chabrol. En 1972 se casaron y se fueron a vivir a España; se radicaron en Gijón, donde Cecilia trató de revalidar sus estudios. Pero el intento duró poco. Menos de un año. El matrimonio fracasó. Ella volvió y, ya definitivamente separada, se concentró en la facultad.
En 1973, la Universidad Nacional de Córdoba le entregó su
diploma de médica. Residió un tiempo en Campana, donde se empleó en una clínica
metalúrgica, y en 1974, cuando entró a trabajar en Open Door, se afincó en
Luján. Alquiló una casa en la calle Humberto I, y un consultorio en Torres.
Aquí, una placa en la calle Calderón de la Barca 770 anunciaba su nombre y su
especialidad: "Clínica médica".
Cecilia Giubileo vivía sola.
La doctora era querida tanto en Luján, una pujante ciudad del oeste bonaerense,
capital del catolicismo argentino, como en Torres. Trabajar en Open Door, en
estrecho contacto con el dolor, era una opción humana, además de profesional. No
siempre cobraba las consultas a sus pacientes particulares, algunos de los
cuales no tenían con qué pagarle. En su tiempo libre, la doctora investigaba
sobre el mal de Chagas; quizá planeaba un doctorado.
Cecilia era una mujer hermosa. Había teñido de rubio su pelo oscuro. Delgada
–pesaba 51 kilos–, de boca sensual y ojos intensos, su risa era luminosa. Cuando
desapareció, el periodismo hurgó en su vida sentimental. No fue difícil: en
Luján y en Torres, todos se conocían.
Cecilia había vivido varias relaciones intensas. Con un médico de Campana que le llevaba algunos años; con un contador público de la Capital con quien, al momento de desaparecer, había cortado. Con otro médico, un colega de Open Door; con él, trazó planes.
La doctora había hecho inversiones: compró dieciséis
hectáreas en la Sección Primera del Tigre. Según versiones, con el colega
abrieron un plazo fijo a orden conjunta. La investigación escudriñó incluso sus
amistades femeninas: enfermeras, empleadas de la colonia. Algunos medios
insinuaron que no estaba definida la orientación sexual de la doctora. Una de
sus amigas se indignó: "Si la ven con un hombre, hablan. Si tiene una amiga,
hablan. Entonces, ¿una qué tiene que hacer, andar sola?"
La única confidente de Cecilia Giubileo era su madre, María Lanzetti, entonces
de 60 años, viuda, que vivía en Córdoba. Las cartas que Cecilia le enviaba eran
como un diario personal. Un semanario de Buenos Aires publicó algunos
fragmentos. En uno de ellos, la doctora Giubileo se confesaba: "Quiero tener un
hijo, formar un hogar... esperar a mi marido cuando llega del trabajo. Quiero y
no puedo. No sé qué me pasa. No aguanto. Siento que me despedazo".
La doctora Giubileo estaba de guardia el domingo 16 de junio de 1985, junto con
otros dos profesionales. Llegó a la colonia desde Torres manejando su Renault 6
blanco. Firmó el libro de entradas a las 21.38. El tiempo era horrible: frío y
húmedo. Al atardecer había bajado una neblina extraña, como un tul.
Los médicos de guardia permanecían en uno de los edificios del predio, llamado
Casa Médica, y se trasladaban a los pabellones cuando algún interno lo requería.
Aquella noche, la doctora Giubileo trató a un paciente con bronquitis y fiebre
alta. Luego atendió el papeleo de unos familiares que vinieron a llevarse el
cuerpo de una interna, fallecida por la tarde.
A las 0.15 –ya era lunes 17–, un enfermero de apellido Novello se cruzó con
Cecilia Giubileo:
–¿Alguna novedad, doctora?
–Vengo del pabellón 7 –contestó Cecilia–. Atendí una urticaria gigante.
La doctora vestía un jogging azul, con vivos claros, campera celeste y
zapatillas blancas. El pabellón 7 estaba a unos quinientos metros de la Casa
Médica y la doctora había hecho el itinerario a pie. Pero Cecilia no fue y
volvió sola: un paciente llamado Miguel Cano la había ido a buscar y la acompañó
de regreso. Aquella noche, el conmutador telefónico de la colonia no funcionaba.
Los senderos estaban bien iluminados, con luces de mercurio.
Las pistas
Amaneció el 17 de junio. La colonia se despertó a la luz lechosa de ese lunes.
Seguía el mal tiempo. En el estacionamiento, aún estaba el Renault de la doctora
Giubileo. Fueron a buscarla, pero el dormitorio estaba vacío y la cama, sin
tender. En la mesa de luz sólo encontraron un par de zapatos marrones con
puntera beige. No estaba su bolso ni su maletín médico. ¿Salió del predio?
¿Alguien entró a visitarla?
Al cabo de unos días, los amigos y allegados de Cecilia, alarmados, hicieron la
denuncia en la comisaría de Torres, donde quedó asentada como "búsqueda de
paradero". La policía comenzó a reconstruir los movimientos de la doctora
durante aquella noche. Pero todo terminaba cuando la doctora le había dicho al
paciente que la había acompañado desde el pabellón 7 hasta la Casa Médica: "Andá
tranquilo. Yo voy a descansar un rato".
Luego no se la vio más. No pasó nada extraño entre la noche del domingo 16 y el
lunes 17 de junio de 1985 en la Colonia Open Door. Sin embargo, la doctora
Giubileo se había esfumado.
Comenzó la lenta y penosa investigación sobre el paradero de Cecilia Giubileo,
conducida por el juez federal doctor Héctor Heredia. De pronto, ante los ojos
asombrados de los internos, la colonia fue invadida por inesperados visitantes.
Jaurías de perros adiestrados husmearon los rincones. Un helicóptero sobrevoló
el lugar buscando huellas. La policía se internó en túneles jamás explorados. Se
revisaron sótanos y altillos con polvo de siglos. Las brigadas rastrillaron cada
centímetro del predio. Se abrieron dos pabellones clausurados.
La familia de Cecilia, para activar la causa, contrató a un abogado, el doctor
Marcelo Parrilli, quien señaló un dato extraño: la doctora había cargado el
tanque del Renault el domingo por la tarde. Sin embargo, cuando lo revisaron
frente a la Casa Médica, no tenía ni una gota de nafta. Otro dato llamativo: el
paciente que fue a buscar a la doctora a la Casa Médica y la acompañó al
pabellón 7 había visto salir un furgón funerario. Lógico: se llevaba el cuerpo
de la paciente muerta. Pero también vio un coche negro con las ventanillas
delanteras y traseras cerradas. Y la funeraria no sabía nada de ese coche.
El personal de la colonia fue interrogado minuciosamente. Pero los pacientes,
esos mil doscientos pares de ojos, eran testigos mudos: muchos de ellos no
podían expresarse. Y si lo hacían, ¿se podía confiar en la palabra de esos
enfermos? El caso Giubileo encerró una paradoja: los que podían hablar, no
sabían. Los que, quizá, supieran algo, no podían hablar.
La conexión política
Se hurgó en la vida sentimental de la médica, lógicamente agitada por tratarse
de una mujer joven, hermosa y libre. Pero todos los involucrados soportaron la
investigación sin que pudiera acusarse a nadie.
Cecilia Giubileo trabajaba, había empezado a practicar taekwondo, estudiaba
canto y participaba en un coro de Luján. Tenía amistades en Torres, donde
visitaba a una persona mayor conocida como "la abuela Bellido", una anciana muy
querida en el pueblo y que era para Cecilia como una segunda madre. A veces
visitaba a la doctora una ahijada de ocho años que solía quedarse a dormir. Esa
noche debió haber ido la niña, pero Cecilia la hizo desistir. ¿Significaba algo
todo esto?
¿Tenía que ver el pasado tormentoso del país con la desaparición de la doctora
Giubileo? Se especuló con ello. Pablo Chabrol, su ex marido, no registraba
antecedentes políticos, pero dos hermanos de él habían militado en el ERP y
estaban en las listas de desaparecidos de la Conadep. El suegro, Pablo Pedro
Chabrol, molestó a los militares con sus incansables gestiones para averiguar el
paradero de sus dos hijos, por lo que también él fue detenido y castigado.
Pero la conexión política no avanzó porque no pudo hallarse una relación entre
estos sucesos y la misteriosa desaparición de Giubileo.
Otras hipótesis tampoco prosperaron: se dijo que Cecilia pudo haber sido
secuestrada para pedir un rescate. En su casa de la calle Humberto I, guardados
en una caja de maicena, se encontraron 3.000 dólares, sus ahorros. Pero nadie
pidió rescate. La posibilidad de que algún paciente de la colonia la hubiese
atacado fue desinflándose: ¿era plausible que un deficiente mental planeara un
crimen con tanta precisión? Los más insólitos rumores se desataron: se dijo que
Cecilia había sido vista cuando entraba en un castillo en Lobos; también
mientras caminaba por una calle de Tucumán o de Trelew...
El factor Menguele
Poco a poco, el verdadero rostro de Open Door salió a relucir: había tráfico de
órganos, se utilizaban enfermos como cobayos para experimentar nuevas drogas. La
corrupción reinaba en un hospital en el que el 85% de los pacientes no habían
sido visitados por nadie durante el último año, según reveló un estudio
realizado por la socióloga Silvia Balzano, del Conicet, mucho después.
La desorganización, el caos administrativo y la desidia
hacían de Open Door un depósito de cobayos. Las evidencias eran abrumadoras:
cuando se renovó el mobiliario se sobrefacturó la compra. ¡El Estado pagó por
25.000 sábanas, pero sólo ingresaron unas pocas!
La encuesta judicial, pero sobre todo las investigaciones de la prensa,
perforaron las complicidades oficiales y la opinión pública.
Miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que se registrara su alta o
defunción. En el sumario interno, el director de la colonia alegaba que los
pacientes solían escaparse. Pero uno de los "huidos" era parapléjico. ¿Por qué
la tasa de mortalidad era tan alta? ¿Se realizaban en Open Door extracciones de
córneas? ¿Se traficaba con plasma, que en aquella época se vendía a 60 dólares
el litro? ¿Eran los mil doscientos pacientes de Open Door donantes
involuntarios? ¿Se vendían riñones, hígados, córneas, de pacientes (¡vivos!) por
quienes nadie protestaría? Cuarenta años antes, el doctor Menguele había hecho
eso... en Auschwitz.
La conexión de este infierno con la doctora Giubileo no tardó en instalarse en
la opinión pública. Si en su vida privada no se encontraban motivos para su
asesinato, sólo había que sumar dos más dos: Cecilia había metido la nariz en un
turbio mundo ilegal.
Se abrió un sumario por las irregularidades de la colonia, que incluían maltrato
sexual hacia las enfermas y sospechas de rufianismo. Pacientes de Open Door
habían quedado embarazadas y hubo apropiación de los recién nacidos.
Algunos periodistas que investigaban el caso, como Enrique
Sdrech, fueron amenazados. La BBC destacó un equipo encabezado por Bruce Harris,
que realizaba una investigación sobre el tráfico mundial de órganos. Más de
media hora de ese documental trataba sobre la siniestra realidad de la colonia.
La repercusión de este programa de TV fue enorme. El Dr. Florencio Eliseo
Sánchez, director del instituto, fue inculpado y detenido. Murió en la cárcel,
sin haber revelado ningún dato que aclarara el misterio.
Una de las tantas preguntas sin respuesta es la siguiente: ¿por qué no se dragó
el lecho de la laguna de Open Door? ¿Yacía en su fondo el cuerpo de la médica?
Noticias sobre el infame tráfico de órganos han aparecido muchas veces en estos
últimos veinte años. Cecilia Enriqueta Giubileo permanece desaparecida. Nadie
fue inculpado por su presunta muerte.
Fuentes: Artistas, locos y
criminales, de Osvaldo Soriano; Enemigos públicos, de Osvaldo Aguirre; Crímenes
argentinos, de Rolando Barbano, y otros.