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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Compasión. Por Guillermo Jaim Etcheverry |
En los últimos tiempos se está exagerando un rasgo que caracteriza a la sociedad actual: la compasión que despiertan los niños y los jóvenes cuando se les plantea una exigencia o se los enfrenta a un desafío. En general, los padres se escandalizan cuando sus hijos son sometidos a exámenes, por sencillos que sean.
En lugar de buscar que las pruebas sean más exigentes para
que sus hijos exploren sus posibilidades hasta el límite, se compadecen por lo
que interpretan como un esfuerzo ciclópeo por parte de las jóvenes "víctimas".
De lo que se trata es de evitar "traumas" a las nuevas generaciones, entre otras
razones porque es más cómodo no asumir los problemas que supone sostener la
necesidad de la exigencia. El imperativo actual es hacerse querer a toda costa,
y la seriedad parecería incompatible con el afecto.
En un reciente artículo, Francesco Alberoni señala que "ésta
es la primera vez en la historia que una generación llega a la universidad sin
haberse enfrentado desde la escuela primaria a una serie progresiva de exámenes,
sin haber aprendido a concentrarse, a afrontar los desafíos, a apretar los
dientes, a resistir las frustraciones".
Corremos el serio peligro de estar educando para el conformismo, evitando
proponer objetivos a ser conseguidos con esfuerzo. Esta compasión por los
jóvenes demuestra nuestro profundo desinterés en construirlos como personas. En
un mundo que busca crecientemente la satisfacción instantánea de todos los
deseos, resulta lógico que se intente eliminar las vallas interpuestas en la
obtención del placer.
De allí la crisis de la educación que, por el contrario, es
el aprendizaje de la postergación, la experiencia del esfuerzo que supone
alcanzar una meta y de la dedicación y el rigor que ello demanda.
Hoy, muchos padres parecen creer que sus hijos son explotados por un sistema
injusto –el escolar– que pretende que encaren con seriedad un esfuerzo
intelectual. No advierten tampoco que éste es, además, un medio para habituarlos
a una manera de enfrentar su vida.
Abundan los ejemplos de esta actitud. Incluso en el ámbito
universitario se plantea, como razón para disminuir la exigencia, el hecho
frecuente de que los alumnos trabajan. En las generaciones que nos precedieron,
todos conocemos casos de estudiantes que, trabajando –y no poco tiempo–,
estudiaron con gran sacrificio y completaron su carrera en el lapso previsto con
muy buen rendimiento. El relato de quienes caminaban largas distancias hasta la
universidad para ahorrar el costo del transporte está presente en la memoria de
muchos de nosotros.
En la nota comentada, Alberoni convoca a los propios jóvenes a reaccionar ante
esta conducta complaciente de sus padres, porque hacerlo es esencial para sus
vidas. Les adjudica "la suficiente inteligencia para comprender que el
sufrimiento, la lucha, los obstáculos, los exámenes, son indispensables para
crecer, para fortalecerse, para comprender a los demás y al mundo.
No sólo refuerzan su voluntad, sino que los enriquecen
interiormente. Sólo quien se ha cansado comprende el cansancio de los demás;
sólo quien ha sufrido comprende el sufrimiento. La mente crece resolviendo
problemas. Es como un músculo que se fortalece trabajando".
Hoy está en crisis esa concepción del poder formativo del trabajo, del valor que
el esfuerzo tiene para modelar la personalidad del ser humano. Por eso, tal vez
corresponda a los jóvenes reaccionar ante la compasión que les demuestran sus
padres y la sociedad actual. Deberían advertir que esta actitud, simpática y
cómoda, esconde una artera traición al germen de posibilidad humana que se
encierra en cada uno de ellos.
El autor es educador y ensayista. Fuente:
http://www.lanacion.com.ar/731357