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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Liniers y la Perichona. Por Álvaro Abos. |
La historia y la honra del marino que rechazó las Invasiones Inglesas y fue el virrey más popular de la Colonia, hubo luces propias y sombras injustas. Pero también tuvo habladurías ciertas en torno de una pasión con nuestra Mata-Hari criolla.
Santiago de Liniers, militar francés que combatió en el agitado escenario de la Europa de fines del siglo XVIII, había nacido en Niort, en el oeste de Francia, en 1753; y si sus antepasados ya pertenecían dos siglos antes a la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, a Santiago le tocó una fortuna familiar menguada.
Liniers fue teniente de caballería y luego marino; guerreó
contra moros, ingleses, portugueses, en lugares como Menorca, Argel, Gibraltar o
Santa Catalina (Brasil), y su nombre permaneció relativamente desconocido hasta
la edad de 53 años, en que la historia lo tocó en el hombro, en una colonia
española situada a dos mil leguas de su suelo natal.
Tras dedicarse a trabajos hidrográficos en España -país que era satélite de
Francia y para cuya bandera había combatido Liniers, como otros oficiales
franceses-, en 1788 le ofrecieron empleo como jefe de escuadrilla en el Río de
la Plata. Vegetó en estas tranquilas colonias españolas a lo largo de casi
veinte años.
UN PAÑUELO DE ENCAJE
Una vida es una trama complicada y en ella el destino juega a las escondidas.
Mientras Liniers dormía la prolongada siesta colonial, su preocupación era que
le llegase el sueldo de España. Había enviudado de Julia de Menviel, con la que
se casó en Málaga, y en Buenos Aires se había vuelto a casar con la hija de
Manuel Sarratea, gerente de la Compañía de Filipinas, y volvió a quedar viudo,
tras pasar unos años en Misiones. Pero la historia tenía planes que llevarían a
Liniers, en cuatro vertiginosos años, desde el anonimato hasta la muerte,
pasando por el poder.
En el combate de Trafalgar (1805), la armada inglesa al mando del almirante
Nelson había destruido a la flota franco-española, quedando Gran Bretaña dueña
de los mares, en el mismo momento en que los ejércitos de Napoleón Bonaparte
triunfaban en Europa. El imperio inglés codiciaba las colonias españolas en
América, cuya importancia no desconocían los europeos: Montesquieu (1689-1775),
inspirador de la Revolución Francesa, escribió en El espíritu de las leyes que
"las Indias son lo principal, España es accesoria".
La noche del 24 de junio de 1806 la Casa de Comedias, en la actual esquina de
Reconquista y Cangallo, estaba colmada. Se estrenaba una comedia de título
picante: El sí de las niñas, de Moratín. Presidía la función el virrey
Sobremonte con su familia, y fue muy comentado el hecho de que un mensajero, en
mitad de la representación, le entregara una esquela, tras lo cual el virrey
salió con prisa. ¡Una expedición inglesa había desembarcado en Quilmes! Corrían
rumores hacía tiempo.
Buenos Aires, en 1806, tenía 40.000 habitantes y en sus calles la pampa entraba
en la ciudad. El puñado de manzanas junto al río se extendía alrededor de la
Plaza Mayor, hoy Plaza de Mayo. Con las primeras lluvias, la ciudad se inundaba
y en la calle de las Torres, luego Federación y después Rivadavia, se apostaban
centinelas para impedir que caballos y personas se ahogaran.
La protofeminista Mariquita Sánchez, testigo de varias décadas de vida porteña,
describió así la entrada de los ingleses en la ciudad, al frente de los cuales
iba el Regimiento 71 y el general invasor Guillermo Carr Beresford: "... Todo el
mundo estaba aturdido mirando a los lindos enemigos y llorando por ver que eran
judíos y que perdiera el rey de España esta joya de su corona. Nadie lloraba por
sí, sino por el Rey y la Religión".
Había llegado la hora de Liniers.
Al frente de una expedición de mil soldados que salió de Montevideo, Liniers
reconquistó Buenos Aires y, en esa lucha, quedaron quinientas bajas entre uno y
otro bando. Beresford -de quien Vicente Fidel López cuenta que "tenía en la
mirada toda la malicia que tiene el ojo de un bizco"- y los demás oficiales
ingleses, que habían atacado la capital del Virreinato y no Montevideo al
enterarse de que en las arcas de Buenos Aires había un millón de dólares,
quedaron detenidos.
Esa victoria, y luego la defensa que Liniers organizó en 1807 ante el ataque de
otra expedición inglesa mucho más numerosa y mejor armada, se debió a su talento
y energía para improvisar un ejército nacional, y a la participación del
vecindario, que él supo convocar. Tras la reconquista, Liniers había desfilado
entre las aclamaciones de la multitud: alto y apuesto, el maduro francés
saludaba a las mujeres apiñadas en los balcones y azoteas.
Fue entonces, cuentan, que cayó a los pies de Liniers un
diminuto pañuelo de encaje. Lo había arrojado Ana Périchon, que así entra en
esta historia. ¿Quién era esa mujer que, según el poeta y novelista Enrique
Molina, tendía sus senos al héroe, "llenos de un agua densa en la que flotaban
naranjas"? Ana María Périchon de Vandeuil, la Gitana de las Islas.
LA PERICHONA
A comienzos del siglo la llegada de una familia francesa creó expectativa en
Buenos Aires: estaba integrada por el acaudalado comerciante Jean Baptiste
Périchon de Vandeuil, su esposa, tres hijos varones y una bella muchacha de unos
22 años, nacida en Isla Mauricio, colonia francesa del océano Indico.
La Périchon estaba casada con un irlandés, un tal Thomas O´Gorman. Mientras el
esposo viajaba por América, en dudosas misiones comerciales, Ana Périchon tuvo
una agitada vida social, erótica, política. Fue espía de los británicos, de los
portugueses o de los franceses, (de los patriotas, o de todos a la vez),
protectora de contrabandistas y gestora de negocios turbios, tanto en Buenos
Aires como en Brasil. Su affaire con Liniers, virrey desde 1807, fue considerado
intolerable por los enemigos del gobernante, pero glosado con regocijo por los
autores de coplas populares. ¿Qué es aquello que relumbra, por la calle de la
Merced? Era el mentado pañuelo.
Se la llamó la Perichona porque estaba fresca la celebridad de la Perricholi,
apócope hiriente de perra y chola, como se le decía a una criolla cuyos amores
con el virrey del Perú Manuel de Amat y Juniet habían conmovido a Lima unos años
antes. También fue conocida la Perichona como la Madama, la Maga, y mucho
después como la Mata-Hari de América. En los encuentros íntimos con el virrey,
ella vestía guerrera militar sobre la piel y gorra de coronela. Se non é vero...
La Perichona convivió con Liniers en la casa que tenía en Reconquista y
Corrientes, lugar de reunión de notables y donde se traficaba con ascensos,
empleos públicos, sobornos. La opinión de la sociedad sobre los amantes no
mejoró cuando una de las hijas del virrey, Carmen Liniers y Sarratea, se casó
con el hermano menor de la Perichona, Juan Bautista Périchon y Abeille.
Desde Montevideo, el gobernador Francisco Javier Elío le
escribe a Liniers, su rival: "Cuide su conducta licenciosa, que su casa tiene
techo de vidrio". El comerciante Martín de Alzaga, que fue alcalde, tampoco se
privaba de moralizar: "La amistad del virrey con esa mujer es el escándalo del
pueblo..." Ambos acusaron a Liniers de traidor y de estar ligado a Napoleón.
Años después, Alzaga fue fusilado en la Plaza Mayor de Buenos Aires y a Elío le
dieron garrote vil durante las guerras civiles españolas.
Ana Périchon fue desterrada cuando se hizo evidente que espiaba para los
ingleses, y debió instalarse en Río de Janeiro. Enrique Molina, que al no ser
historiador sino novelista está en buenas condiciones para atrapar la esquiva
verdad, se pregunta: "¿Temió Liniers perder su cargo con aquella aventura o
demasiado seguro de sí... tuvo miedo de pronto? Jamás lo sabremos".
En Río, la casa de Ana se convirtió en refugio de argentinos
exiliados y en centro de intrigas alrededor de la corte de los Braganza, parodia
tropical de los absolutismos europeos. Dicen que la Perichona provocó los celos
de la infanta Carlota Joaquina (luego volveré sobre este personaje), fue
expulsada de Río, y durante un año viajó entre ambas ciudades, en los siempre
acogedores barcos ingleses. En 1810, dirigió una nota a la Audiencia de Buenos
Aires quejándose por "el deshonor de verse arrojada de un Pueblo en el que tuvo
siempre un distinguido rango..."
Durante la época de Rosas, Ana Périchon volvió a adquirir influencias debido a
las buenas relaciones de sus hijos con el régimen. Murió en 1847, a los 72 años.
En 1848, su nieta Camila O´Gorman fue fusilada, grávida, por amar al cura
Ladislao Gutiérrez.
EL TESORO DE SOBREMONTE
La biografía de Liniers está atravesada por historias de espionaje, contrabando,
traición, fraude. Su hermano mayor, Enrique de Liniers, que usaba el título de
Conde de Liniers (no debe confundírselo con Santiago, nombrado conde de Buenos
Aires), pertenecía a la Corte de Versalles y solía viajar en la carroza del rey
por lo que, para salvar la cabeza, huyó al Río de la Plata al estallar la
revolución.
Los hermanos Liniers alquilaban a Isidro Lorea la llamada
quinta de Liniers , en la que Enrique instaló una real fábrica de carnes en
conserva, que tuvo un abrupto final. ¿Por qué se produjo el cierre? Paul
Groussac, biógrafo del virrey, tras registrar minuciosamente los hechos de esa
vida, considera a Liniers moralmente "irreprochable" pese a admitir
"imprevisiones y ligerezas". Pero fulmina al hermano mayor como "gran
buscavidas, mucho menos ingenuo que su hermano".
Cuando los ingleses se apoderaron de Buenos Aires, y mientras Liniers preparaba
la reconquista, Sobremonte partió para Córdoba en una huida poco digna y se
llevó el tesoro que sólo llegó hasta Luján, donde fue confiscado por una partida
de soldados ingleses, el 30 de julio de 1806.
Beresford lo remitió de inmediato a Londres, pero parece que los cofres llegaron menguados. ¿Quién metió mano? ¿Algunos centinelas, el Consistorio de Luján o ciertos oficiales ingleses? ¿Quién? Luego, Sobremonte fue reivindicado por otros historiadores, pero su fuga con el tesoro se convirtió en una leyenda argentina, de tono vergonzante.
En 1938, Viernes Scardulla, timador célebre, anunció que
había descubierto el tesoro de Sobremonte en un sótano de Venado Tuerto: era un
engaño para esquilmar crédulos, pidiendo anticipos sobre la recompensa. Nadie
dudó de la verosimilitud del cuento.
En 1810, un grupo de españoles que acompañaba a Liniers en Córdoba trataba de
alcanzar al ejército realista del Alto Perú para reprimir el foco sedicioso
porteño. Se denunció entonces que se habían llevado unos cuarenta mil pesos de
las cajas públicas para comprar soldados (que sin embargo se pasaban al bando
patriota), por lo que el grupo fue acusado de desfalco. Groussac, historiador
escrupuloso, advierte que Liniers tuvo muchos enemigos y que algunas o todas las
acusaciones que lo salpicaron pueden ser infundios.
UNA CORTE EN EL TRÓPICO
Cuando los granaderos napoleónicos del mariscal Junot estaban a las puertas de
Lisboa (1808), la familia real portuguesa escapó a Brasil. Se embarcaron en más
de treinta naves la reina madre María, demente; el regente don Juan; su esposa
española Carlota Joaquina, y los seis hijos, además de cortesanos, dignatarios y
hasta palafreneros, todos custodiados por la flota inglesa (Gran Bretaña
protegía a su tradicional aliado portugués).
En total, quince mil portugueses participaron de aquella
aventura surrealista. La huida fue tan precipitada que los Braganza dejaron
hasta la ropa y, al llegar a San Salvador de Bahía (luego se instalaron en Río
de Janeiro), tuvieron que ser rapados por los piojos que habían criado. La reina
madre fue desembarcada en una silla, profiriendo horribles alaridos.
Brasil, donde don Juan se proclamó, en 1816, como rey de Portugal y Brasil, los
recibió con entusiasmo. En 1822, el hijo de don Juan y Carlota, don Pedro I,
declaró la independencia del Imperio. Don Pedro II gobernó hasta que el país se
cansó de los Braganza, que habían mantenido la unidad del inmenso territorio.
Brasil fue el último país del continente que abolió la esclavitud, en 1888, y al
año siguiente se proclamó la república.
La presencia de la corte en Brasil, en 1808, provocó múltiples efectos en el Río
de la Plata; entre otros, instaló un dinámico foco de penetración inglesa en el
continente. Ana Périchon tuvo relaciones con lord Strangford, embajador de
Londres y con un espía que anduvo también por Buenos Aires, mister James Burke.
Carlota era la hermana mayor de Fernando VII y alimentaba
aspiraciones dinásticas hacia el reino de España y las colonias. Aceptar a
Carlota como reina fue una posibilidad en la que por algún tiempo creyeron
argentinos como Pueyrredón, Paso, Castelli o Belgrano, para no hablar de
Saturnino Rodríguez Peña o Aniceto Padilla, agentes de los ingleses. En un café
de la carioca Rua do Ouvidor solían reunirse los expatriados.
Mientras que Napoleón llegó a la jefatura del ejército de Italia -prólogo de la
conquista del poder- por influencia de su amante Josephine Beauharnais, Liniers
entibió su viudez en los brazos de Ana Périchon, que contaba lo que oía en las
alcobas al Foreign Office. También la reina de España, María Luisa, esposa de
Carlos IV, llevó al poder a su amante, el ex guardia Manuel Godoy, llamado el
choricero de Badajoz ; y su hija, Carlota Joaquina, en los calores de Río se
hizo más aficionada que la madre a este tipo de alegrías, dejando que don Juan
se atiborrase de frango (pollo). ¡Cherchez la femme!
C.L.A.M.O.R.
La figura de Liniers está estrechamente ligada a la fundación de la Argentina y
a un trecho decisivo en la historia de España.
Lo que sucedió en el virreinato del Río de la Plata en aquellos tiempos puede
verse como una sucesión de malentendidos provocados por la dificultad en las
comunicaciones. Un barco que salía de Barcelona, Cádiz o Gibraltar tardaba entre
70 y 90 días en llegar al Río de la Plata, si no era capturado por naves
enemigas o piratas. Siendo la situación española tan confusa y vertiginosa,
imagine el lector cómo sería esa situación percibida desde esta tierra,
supeditada a gacetas y cartas que cuando eran leídas ya eran viejas.
A Fernando VII se lo llamaba el Deseado. Los españoles de distintas creencias
esperaron todo de él. A todos defraudó. Terminó lamiendo la mano de Napoleón,
que lo tuvo seis años preso en un castillo del Loire. Napoleón fue, hasta 1808,
personaje idolatrado en España, por encarnar el espíritu de la modernidad contra
el absolutismo y la reacción.
Luego, fue receptor de odios no menos tormentosos. Liniers, por francés, fue
siempre sospechado de traición hacia el Corso, y lo cierto es que el virrey lo
admiraba, y le envió correspondencia (pero nunca clandestina) dándole cuenta de
sus triunfos militares y de la popularidad que en la colonia había conseguido
aquel francés.
Sin embargo, la lealtad central de Liniers fue hacia la corona
de España, a la que sirvió treinta años. Se negó a convalidar la destitución del
virrey Cisneros y su sustitución por una junta. Cuando Mariano Moreno y sus
amigos decidieron subvertir el orden colonial (pero como "vasallos del mismo
rey"), Liniers no los siguió y fue sacrificado. La muerte de Liniers,
muerte de un inocente, fue necesaria para que la planta frágil de la revolución
creciera, pero, ¿pueden ser libres los pueblos que no saben ser justos? En un
cierto y cruel sentido, Liniers salvó a Buenos Aires por segunda vez.
Santiago de Liniers fue apresado en un rancho de Córdoba junto a cinco
partidarios que lo seguían rumbo al Alto Perú. La Junta de Buenos Aires ordenó
que fueran ejecutados. El oficial que arrestó a Liniers (luego procesado), lo
torturó y le robó efectos personales. Juan José Castelli, miembro de la Junta,
comandó personalmente la ejecución porque el coronel Francisco Ortiz de Ocampo,
a cargo de las tropas revolucionarias, y otro comisionado de la Junta, Hipólito
Vieytes, se negaron a cumplir la orden:
Liniers era muy respetado también en Córdoba. Hasta último momento, el ex virrey
confió en que su popularidad lo salvaría.
El fusilamiento de Liniers, prisionero de guerra ejecutado sin juicio, fue
inspirado por el secretario de la Junta, Mariano Moreno, y se cumplió en un
paraje llamado Monte de los Papagayos, a dos leguas de Cabeza del Tigre, a las
dos y media de la tarde del 26 de agosto de 1810. Los cadáveres, cargados en
carretillas, fueron arrojados en una fosa abierta en la tierra.
Cuenta la leyenda que las iniciales de sus apellidos fueron escritas en un árbol
del lugar, formando la palabra CLAMOR (junto a Liniers habían sido detenidos
Concha, gobernador; Allende, coronel; Rodríguez, asesor; Moreno, tesorero, y
Orellana, obispo, al que, a último momento, le conmutaron la pena).
Allí yacieron, de manera anónima, durante 51 años, hasta que se los descubrió
por casualidad, y fueron devueltos a los familiares durante la presidencia de
Santiago Derqui.
Los restos del amado salvador de Buenos Aires y de los cinco fusilados de Cabeza
del Tigre, viajaron a España en el bergantín Gravina, para ser enterrados en el
Panteón de los Marinos Ilustres de San Carlos, Cádiz, bajo una leyenda que dice:
"Juntos en la gloria como lo fueron en el infortunio".