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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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Muerte en el lago. Por Álvaro Abos. |
Un día frío de invierno de 1929, el cuerpo descuartizado de una joven mujer aparece en un lago de Palermo. A partir de allí, la policía y los sabuesos de la prensa amarilla desandan la trama de un crimen pasional que mantuvo en vilo a los porteños.
El asesinato y descuartizamiento de Virginia
Donatelli, perpetrado por su amante, el chofer Julio Bonini, hubiera
sido un hecho espeluznante pero también trivial de la crónica roja
si a sus peripecias no se le hubieran sumado dos circunstancias: el
halo de romanticismo negro que ya entonces –1929– tenía el lago de
Palermo donde se encontró el torso de Virginia y la avidez por los
detalles del crimen que se había desatado en el periodismo de Buenos
Aires.
Todo comenzó un mediodía frío y húmedo, el del 23 de julio de 1929.
A un niño que jugaba junto al lago, la pelota se le fue al agua y la
niñera, para calmar su llanto, acudió al guardián, que juntaba hojas
caídas. La pelota no estaba lejos, pero el rastrillo enganchó otra
cosa: un paquete de arpillera atado con alambre de fardar. El
guardián avisó a la policía. Acudieron dos agentes y desataron el
bulto. Contenía un torso de mujer.
La noticia del macabro hallazgo abrió lo que la prensa llamaría "el
misterio de la descuartizada del lago de Palermo". No era el primer
homicidio con esas características que sacudía a la opinión pública
argentina. En 1894, el ciudadano francés Raoul Tramblié había
disputado por dinero con su socio, el también galo François Farbos,
a quien mató y descuartizó.
Los restos empaquetados de Farbos habían sido abandonados en
la esquina de Cuyo (hoy Sarmiento) y Montevideo, donde funcionaba un mercado, y
en diversos baldíos del barrio sur. El asesino huyó a Francia en un barco y la
justicia argentina pidió su extradición, que no fue concedida, lo que motivó un
incidente diplomático. Tramblié murió en una prisión francesa en 1914. A los
porteños de entonces, el caso Farbos les recordaba los sucesos que habían
ensangrentado Whitechapel, el barrio de Londres en el que, en 1888, había
sembrado el terror Jack el Destripador.
En 1915, el súbdito alemán Miguel Ernst asesinó y descuartizó a su socio, el
comerciante Augusto Conrado Schneider, y luego tiró al lago de Palermo los
restos de la víctima. Ernst fue detenido y condenado a muerte, pero el
presidente Hipólito Yrigoyen conmutó la pena capital y Ernst fue recluido en el
penal de Ushuaia, donde se lo apodó Serrucho. Los porteños cantaban una popular
cuarteta con la música de La verbena de la Paloma:
"¿Dónde vas con el bulto apurado?
A los lagos lo voy a tirar.
Es el cuerpo de Augusto Conrado,
al que acabo de descuartizar…"
De Orfeo a Túpac Amaru
Pocos delitos hay más perturbadores que la muerte con desmembramiento: toca
emociones profundas del hombre y ha sido recogido por los mitos, el folklore,
las religiones. En La rama dorada, de James George Frazer, un libro clásico de
la ciencia antropológica, se citan casos como el del dios Osiris, muerto y
despedazado por sus fieles para cumplir un rito de fertilidad; el de Orfeo,
también descuartizado, y el de Rómulo, a quien los senadores romanos
desmembraron y enterraron en los cuatro puntos cardinales de Roma.
En las Bacantes, de Eurípides, Dionisio es entregado por el
rey de Tebas a su madre, quien ordenará su descuartizamiento. También las sagas
nórdicas son pródigas en historias similares, como la del rey Halfdan, cuyos
despojos fueron esparcidos para asegurar la felicidad y descendencia de su
pueblo.
En el continente americano, el descuartizamiento fue usado como pena en
resonantes procesos contra rebeldes tales como Lope de Aguirre o Túpac Amaru. En
el Olimpo del crimen francés reinan personajes como Cravantor, descuartizador
guillotinado en 1840; madame Hannebois, despedazada por su marido en 1849, o el
famoso caso de la descuartizada de Saint-Ouen (1873), sobre el que escribió
André Gide. Ya en 1836 el diario New York Herald, antecedente de la yellow press,
o prensa amarilla, que medio siglo más tarde desarrollarían Pulitzer y Hearst,
agotaba ediciones detallando el crimen y el descuartizamiento de la prostituta
Helen Jewett.
Pero, lejos de estas erudiciones, otras cosas preocupaban en aquel julio de 1929
al comisario Roberto Barneda, jefe de la División Homicidios de la Policía
Federal: ¿quién era la mujer cuyo torso había aparecido en Palermo? ¿Dónde
estaban la cabeza y las extremidades?
Varios buzos se sumergieron en el lago, pero esas
diligencias, seguidas con ansiedad por la población, no dieron resultado. La
autopsia determinó que el tronco pertenecía a una mujer morena, de unos 25 años,
que medía alrededor de un metro setenta; había muerto hacía 24 o 48 horas. Los
agentes recorrieron cada centímetro de la ciudad buscando restos. Encontraron la
cabeza sumergida en Puerto Nuevo y las extremidades en un canal que atravesaba
una zona despoblada de Palermo. La foto de la cabeza de la mujer, borrosa por la
acción del agua, sólo se animó a publicarla en tapa el diario Crítica.
Para Le Corbusier, el gran arquitecto del siglo XX que acababa de visitar Buenos
Aires, Palermo era una joya urbana. Es más, imaginó una Buenos Aires que fuera
un enorme Palermo. Llamó a esa utopía la Ville Vert (ciudad verde). También
Jorge Luis Borges era un enamorado del barrio, pero había advertido la
naturaleza dual de Palermo, al que bautizó "naipe de dos palos": lugar de
opulencia, jardín maravilloso, pero también guarida de cuchilleros, sicarios y
asesinos de toda laya.
El crimen de Virginia Donatelli terminó de resolverse en
ciertas calles del Palermo de clase media, en los bordes del barrio que
limitaban con Balvanera o el Retiro, en calles que Borges y sus amigos Xul Solar
y Macedonio Fernández recorrían a diario: Laprida, avenida Las Heras, Cabrera,
Sánchez de Bustamante.
Palermo de San Benito, y sobre todo su lago, escondían ya entonces historias
truculentas. El parque había sido la residencia privada del brigadier general
don Juan Manuel de Rosas y se decía que la Mazorca echaba allí los cadáveres de
los perseguidos. Tras la batalla de Caseros y la huida de Rosas, racimos de
ahorcados –mazorqueros y rosistas– colgaban de sus árboles, como lo describe una
magistral página de Sarmiento.
Antes y después del caso Donatelli, el lago y sus alrededores
fue escenario de numerosos crímenes, algunos reales y otros literarios. Por
ejemplo, el que el protagonista ve, olvida y luego trata de recordar en la
novela El sueño de los héroes (1954), de Adolfo Bioy Casares.
Fue allí, en Sánchez de Bustamante 1638, donde Julio Bonini mató y despedazó a
Virginia Donatelli.
Prensa y crimen
El crimen de Virginia Donatelli se convirtió en un episodio más de la larga
batalla que enfrentaba a dos diarios vespertinos. Uno era La Razón, que se
publicaba desde 1905. El otro, Crítica, fundado por el uruguayo Natalio Botana
en 1913 y que había vegetado hasta que, a comienzos de la década del veinte,
encontró la fórmula periodística que le ganó cientos de miles de lectores:
grandes titulares, fotografías, caricaturas y dibujos, generosos espacios para
el deporte, el espectáculo y el crimen.
No excluía denuncias políticas e investigaciones resonantes,
pero le agregaba entretenimiento y evasión, de los que estaba sediento el hombre
urbano, esos miles y miles de porteños que cada tarde salían de su trabajo y
abarrotaban los trenes hacia los suburbios con su diario bajo el brazo.
En 1929, montado en su espectacular cobertura del crimen del lago de Palermo,
Crítica llegó a vender 750.000 ejemplares por día en sus ediciones quinta y
sexta, a las que se agregaba a veces la cuarta edición, al mediodía. Este
diario, que en su redacción albergaba a talentosos escritores jóvenes, como
Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Conrado Nalé Roxlo, y que incorporaría
pronto a Jorge Luis Borges, triunfó en la batalla de las tardes.
Por las mañanas, el diario de mayor circulación era La Prensa, indispensable por
sus pequeños anuncios; luego, La Nación. En 1928 había aparecido el nuevo diario
El Mundo, con un tamaño moderno, llamado tabloid: era más chico y manuable que
los tradicionales formatos sábana y pronto alcanzó, en parte debido a las
Aguafuertes porteñas que cada día escribía Roberto Arlt, los 125.000 ejemplares
diarios.
Uno de los periodistas estrella de Crítica, Héctor Pedro Blomberg, glosaba los
crímenes del día en romances. Y así trató el caso Donatelli:
"En el lago flotante, en las aguas,
Un sereno encontró el otro día
El cadáver cortado en pedazos
De una pobre mujer. ¿Quién sería?
(…)
¿Quién llevó esta carroña hasta el lago
y la hundió cuando nadie veía?
¿La llevó algún señor de Lavalle?
De Lavalle y Riobamba sería…"
Los cronistas policiales de Crítica, como Gustavo Germán González, o de La
Razón, como Silveiro Manco, y también los sufridos sabuesos de Ultima Hora, otro
vespertino popular, elaboraban las más extrañas conjeturas sobre el crimen.
Llegó a asociarse el hallazgo del cuerpo en pedazos de Virginia con La Flor
Azteca, un espectáculo de ilusionismo que convocaba multitudes en un teatro de
Corrientes.
Se trataba de una cabeza cortada, confeccionada en cera, que
hablaba; exhibida en una caja de vidrio blindada, este prodigio de ilusionismo
era presentado como un fenómeno mundial y se invitaba al público a observar de
cerca y hasta a tocar el sellado hermético del cofre.
–¿De quién es el cuerpo encontrado en el Riachuelo? –preguntaban los porteños.
–¡Es el cuerpo de La Flor Azteca! Si total no le sirve para nada…
Estimulado por el despliegue periodístico, el público se obsesionó. Ya detenido,
el acusado Bonini recibía en la cárcel miles de cartas y, tras su crisis
religiosa, durante la cual fue convertido y bautizado por monseñor Miguel de
Andrea, le enviaban Biblias y catecismos. La boda con su novia de siempre,
celebrada en la Alcaidía de Tribunales, fue cubierta con despliegue por los
diarios. El abogado defensor de Bonini pidió que la pareja, con la debida
custodia, fuera a tomar una copa en El Molino de Callao y Rivadavia, como
también reclamaba la prensa. Pero el juez denegó el pedido.
Un año agitado
¿Pero acaso no pasaba nada en aquel 1929? Sí, pasaban cosas, y qué cosas. En
México sigue la revolución permanente y es fusilado el asesino del presidente
Cárdenas. En Roma se firma el Tratado de Letrán, por el cual fue reconocido como
Estado el Vaticano. Francia se siente huérfana: ha muerto el mariscal Foch,
héroe de la Primera Guerra Mundial.
Ramón Franco, que intentaba cruzar en avión el océano Atlántico, cae con su monoplano frente a las costas del Brasil. Martes negro en Wall Street: hecatombe económica mundial. En la Argentina, donde gobierna el anciano líder Hipólito Yrigoyen, un anarquista llamado Gualterio Marinelli se acerca al presidente cuando éste sale de su casa en la calle Brasil: según algunos, para matarlo; según otros, para entregarle una carta.
La custodia lo acribilla a balazos. Yrigoyen, que sería
defenestrado por un golpe de Estado nueve meses después, acude a la comisaría
para pedir por su agresor y, al saber que está muerto, queda un largo rato ante
el cadáver. En Mendoza es asesinado el líder irigoyenista Carlos Wencesalo
Lencinas, el popular "Gauchito". Pero los argentinos que compran ávidamente
diarios y revistas quieren saber novedades sobre el crimen de Palermo…
La víctima
El examen de las huellas dactilares permitió individualizar a la mujer
descuartizada: era Virginia Donatelli, de 23 años, una telefonista que había
quedado sin trabajo. Su último domicilio registrado estaba en Arredondo 3232,
una casa humilde en la que la policía encontró la consternación de un padre
viudo, el italiano Domenico Donatelli, pero también su rencor: había repudiado a
su hija, a la que no veía desde hacía dos años; al enterarse del terrible final
de Virginia, el inmigrante tuvo palabras duras:
–Sabía que iba a terminar mal. Era una mala pécora…
Más piadosa resultó la hermana mayor de Virginia, Ángela, viuda, quien criaba a
un pequeño hijo de Virginia, fruto de algún amor fracasado; Virginia había
tenido otro hijo, en el Hospital Rivadavia, que había muerto en el parto. Ángela
Donatelli pidió a la policía que la dejaran tranquila, pues sólo quería "hacer
del pobre hijito de Virginia un ser decente…"
Lamentablemente para la familia Donatelli, los sabuesos de la prensa policial ya
indagaban cada detalle del caso. Es que la historia de Virginia, la chica
descarriada, la bonita morena sacrificada en el altar de la ciudad cruel, era un
boccato di cardinale para la prensa de Buenos Aires, una ciudad que se había
transformado de gran aldea en metrópolis y cuya prensa también cambiaba al mismo
ritmo.
Como la vida sentimental de Virginia Donatelli había sido agitada, era difícil
para la policía seguir la pista de todos los hombres con los que había tratado.
Sin embargo, se encontraron otras pistas. Las arpilleras que envolvían los
restos tenían rastros de granos de maíz. Se investigaron los corralones y
depósitos de forrajes de la ciudad. Se llegó a un almacén de granos en Cabrera
3056. El propietario, Genaro Pipo, dijo que no recordaba nada y además se rió de
la policía:
–Yo cada día vendo muchos kilos de papas y forraje, y uso cantidad de bolsas y
alambre de fardar.
Pero la policía le hizo hacer memoria, y lo que recordó Pipo fue decisivo: unos
días atrás se había presentado en el corralón un hombre muy bien vestido. Iba al
volante de un Rugby 29, un cochazo. Explicó que el motor se le había quedado y
pidió un pedazo de alambre para repararlo y una bolsa o dos de arpillera para no
ensuciarse.
–¿Cuántos Rugby 29 hay en Buenos Aires? –preguntó el comisario Barneda a sus
colaboradores.
Había sólo 5 o 6. Allí fueron los investigadores. Comprobaron las coartadas de
todos los propietarios. Irreprochables. El último era un ingeniero de prestigio,
llamado Francisco Balbín. Este contó que la única persona que manejaba su Rugby
29, con patente 8110, era su chofer personal, llamado Julio Bonini, un hombre de
35 años por quien Balbín ponía las manos en el fuego.
–¿Dónde está Bonini, ingeniero?
–Es raro –admitió el ingeniero tras un silencio–. Ahora que me lo dice, hace
unos días que no viene a trabajar…
La policía indagó a fondo al chofer. ¿Quién era Bonini? Un muchacho simpático y
buen mozo; un típico porteño. Sin antecedentes delictivos. Enamoradizo, galán.
Morocho, con cierto aire gardeliano. Ultimo domicilio registrado: Paraguay 3528.
En realidad, era la vivienda del hermano de Bonini. Partió para allí una
comisión policial.
El hermano dijo que no sabía dónde estaba Julio y no dijo una palabra. Pero la
cuñada de Bonini, Graciela Donato de Bonini, habló. Reveló que Virginia
Donatelli y Bonini se amaban, que habían vivido juntos un tiempo. Y acusó a
Virginia de haberle arruinado la vida a Julito. La policía no tardó en detener
al sospechoso, que lo negó todo. En verdad, no había muchas pruebas contra él.
Pero Bonini era un hombre agobiado. No resistió las "sesiones" y terminó por
liberar su culpa con una larga confesión.
Como un tango trágico
Julio Américo Bonini tenía varias novias. Una de ellas se llamaba María Luisa
Moneta, y era una chica decente que vivía con sus padres en Blanco Encalada
1370. Bonini le había prometido casamiento. Pero a Julio Bonini se le cruzó
Virginia: cabello oscuro, cuerpo largo y excitante, caderas eléctricas. Y Bonini
perdió la cabeza. Así lo explicaba Graciela, la cuñada:
–Durante un tiempo, Virginia y Julio vivieron juntos en una pensión de la calle
Juncal. Peleaban mucho; Virginia quería que él dejara a la novia. Pero María
Luisa también lo presionaba: o ella o yo, le decía a Julio. Y Bonini no encontró
mejor manera para salir del paso, que…
Últimamente ocupaban un departamento en la calle Sánchez de
Bustamante. El 20 de julio los fui a ver. Encontré a Julio trastornado. Había
discutido con Virginia y él le había pegado con un martillo. Horrorizado, Julio
se dio cuenta de que Virginia estaba muerta. Todos caímos en la desesperación.
Julio quería entregarse. Llamamos a mi marido y él lo disuadió. Ya nada tenía
remedio. Entonces, lo ayudamos a Julio a cortar el cuerpo de Virginia y a
envolver los pedazos… Sí, nosotros llevamos los bultos en colectivos y los
dejamos aquí y allá…
Bonini se había ocultado en casa de María Luisa Moneta. ¿Le dijo la verdad,
entonces? Lo cierto es que María Luisa lo perdonó, porque tiempo después el juez
doctor Avellaneda Huergo autorizó que se casaran.
Julio Bonini fue condenado a la máxima pena del Código Penal por el delito de
homicidio simple: veinticinco años de prisión. El descuartizamiento no fue
considerado agravante. No hubo, dijo la Cámara Penal, ensañamiento: había
descuartizado a su víctima para salvarse, y no hay crueldad sobre materia ya
muerta. En cambio, la sentencia admitió que hubo premeditación. El juez no
aceptó la atenuante de emoción violenta alegada por la defensa. El hermano y la
cuñada recibieron penas menores por complicidad.
Julio Bonini, como es bastante habitual en los homicidas pasionales, observó
perfecta conducta en la cárcel y recuperó su libertad en algún momento de los
años cincuenta, para perderse en el anonimato de la gran ciudad.
¿Qué hubiera sido de Julio Bonini y de Virginia Donatelli si él no se hubiera
asustado y si no hubiera serruchado el hermoso cuerpo de la mujer morena y si el
lago de Palermo no hubiera contagiado al crimen su propio mito negro? Un sábado
de julio de 1929, a las 20 horas, mientras Bonini mataba y descuartizaba a
Virginia, Carlos Gardel, ya entonces un rey, cantó por Radio Excelsior: ¿lo
estaba escuchando Bonini?
En todo caso, no pudo escuchar Por una cabeza, ese tango que habla de turf, pero
también de un amor loco y cuya letra hubiera sido un apropiado coro para el
crimen de Virginia Donatelli. Pero fue escrito en 1935. Los cuentos, incluso los
cuentos negros que inventa la realidad, nunca cierran del todo. Entonces, ¿por
qué no imaginar lo contrario? ¿Por qué no suponer que Alfredo Le Pera y Carlos
Gardel pensaron en Bonini cuando compusieron aquel tango?
"Por una cabeza,
todas las locuras,
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.
Por una cabeza,
qué importa perderme
mil veces la vida,
¡para qué vivir!"