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La verdad jamás estará en los ignorantes, en los cobardes, en los cómplices, en los serviles y menos aún en los idiotas. |
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El Rey de la fuga. |
Si de monarquía hablamos, a la hora de fugarse de aquí también hubo un "rey". Jorge Villarino, más conocido como "El rey de la fuga", fue quien alrededor de los años sesenta protagonizó ni una ni dos, sino tres fugas de los penales de Villa Devoto, Caseros y de la ex Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras de la ciudad de Buenos Aires, respectivamente.
Sus fugas fueron más espectaculares que originales. Cables, boquetes y un sospechoso escape destrabando la puerta de un baño, fueron sus medios para recuperar la libertad. "Donde me encierren volveré a escaparme", decía entre sus idas y venidas de reja en reja, "El rey del boleto", "El intelectual del hampa", "El pibe" o "El piantadino", como también se lo conocía. En 1986 fue arrestado y encerrado en una cárcel española donde parece no funcionó una llave, que a veces, pudo resultar muy efectiva: el dinero.
"En el grado de simple quimera, la fuga está en la cabeza del 85 % de los presos", decía el psicólogo americano J. Collins, "pero sólo el 5 % da un paso más allá, y un porcentaje insignificante lo intenta". Y es que la mente juega un papel decisivo en el fenómeno de la evasión.
Los últimos años del rey de la fuga. Por Virginia Messi.
Entre edictos, cursos de artesanías y avisos de asistencia
psicológica, el pedido pasó inadvertido. Estaba en la página 89 de Clarín, el 11
de diciembre de 1999. El consulado argentino en Milán buscaba a los familiares
de Jorge Eduardo Villarino, nacido en Buenos Aires el 19 de junio de 1931.
Las nueve líneas redactadas por la Cancillería no aportaban mucha más
información. Pero escondían una noticia. "El rey de la fuga", "El intelectual
del hampa", "El pibe", el ladrón que durante los '50 y '60 acaparó la atención
con sus robos y escapes increíbles de la cárcel, había muerto: el 2 de diciembre
de 1999 a las 17.55 tuvo un paro cardíaco en el Hospital San Paolo, de Milán. En
esa ciudad —a los 66 años— había sido detenido en noviembre de 1997 cuando se
disponía a asaltar un banco.
El cuerpo permaneció dos meses en la morgue del hospital esperando que alguien
lo reclamara. Pero sus familiares nunca aparecieron. Villarino terminó ocupando
la "sepultura 422.000" del Cementerio Mayor de Milán, donde ni siquiera está
enterrado con su verdadero nombre.
Para engañar a la Policía y a la Justicia argentinas —que desde agosto del 97 lo
investigaban por tráfico de drogas— había conseguido un pasaporte falso a nombre
de Jorge Eduardo Leguizamón Vidal, nacido en la ciudad paraguaya de San Pedro el
24 de febrero de 1933. Y con esa identidad se firmó su acta de defunción.
Villarino se quedó sin tumba, aunque a través de sus huellas digitales tanto
Interpol como Cancillería y el juez federal Rodolfo Canicoba Corral —que en mayo
de 1999 había pedido su extradición por la causa sobre narcotráfico— ya habían
establecido quién era Leguizamón Vidal.
Su historia no había empezado en Paraguay —como decía su pasaporte falso— sino
en Buenos Aires. Era uno de los 6 hijos de Inés Guimarei y Jesús Villarino, un
verdulero trabajador que, al saber que Jorge Eduardo (ya adolescente) había
tomado por el mal camino, sacó toda su ropa a la vereda y la quemó.
Jesús le había confiado un camioncito para que lo ayudara en su negocio, pero
con él Villarino hijo se dedicó a sacar mercadería de contrabando del puerto. De
esos pequeños delitos pasó a los asaltos y sólo en diez meses —en la década del
50— lideró, al menos, 14 robos a mano armada.
Con cada golpe su nombre ganaba fama. Y tres ingeniosos escapes de la cárcel lo
convirtieron en "El rey de la fuga".
En septiembre de 1958 se escapó del penal de Villa Devoto escalando los techos.
Estuvo libre un mes: lo detuvieron en Boulogne y lo llevaron a la cárcel de
Caseros. Pero en mayo de 1960 comprobó que, para escapar, había otras formas
menos riesgosas: sobornó a unos guardias y volvió a la calle.
Lo gozó sólo unos días. Otra vez lo encontraron y lo metieron en un lugar
"seguro": la celda 531 de la hoy demolida Penitenciaría Nacional, que estaba en
la avenida Las Heras, en pleno Palermo. De allí también se fue en septiembre del
60. Finalmente lo detuvieron en Brasil cuando estaba por subir a un avión con
rumbo a Europa.
Por los golpes que había dado —la mayor parte en los 50— la Justicia argentina
lo condenó en 1965 a 20 años de prisión, sin posibilidad de libertad
condicional. Sin embargo, una vez más, Villarino logró salir de su encierro: fue
el 10 de noviembre de 1976, gracias a un decreto que —un año antes— había
firmado la presidenta María Estela Martínez de Perón, que había sido derrocada
en marzo de 1976.
Para esa época Villarino ya había sido apadrinado por Francois Chiappe, un
miembro de la mafia marsellesa, dedicado al tráfico de drogas y armas, detenido
en 1972 en Buenos Aires por comerciar con heroína. Y que el 25 de mayo de 1973
salió de la cárcel de Devoto en medio de la confusión creada por el indulto de
presos políticos.
Repartiendo su vida entre Francia e Italia, Villarino no abandonó los asaltos
pero decidió ampliar los rubros de su "negocio": se dedicó también a los
secuestros extorsivos y al tráfico de drogas.
Volvió a ser noticia en 1986 cuando, en España, lo condenaron a 26 años de
prisión por matar a un policía valenciano en un intento de asalto a una joyería.
Ya se había hecho una ligera cirugía estética para cambiar su cara.
Y aunque su fecha para salir de la cárcel española de Topaz (en Salamanca) era
en el 2012, logró que lo dejaran libre el 28 de marzo de 1997.
Por entonces, pocos se enteraron de que "El rey de la fuga" estaba de nuevo en
la calle. Lo supieron meses después, cuando Villarino viajó a Buenos Aires y, al
conectarse con una banda de narcos, quedó al descubierto en escuchas telefónicas
tomadas entre agosto y septiembre por orden del juez Canicoba Corral.
Una vez más, cuando iban a apresarlo, logró escapar: disfrazado y con un
pasaporte falso tomó un vuelo en Aeroparque y, vía Montevideo, llegó de nuevo a
Italia.
Sin dinero y con una esposa e hija viviendo en París —según cuenta él en las
escuchas tomadas por la Federal en el 97— intentó asaltar el Instituto Bancario
Cariplo de Milán, el 28 de noviembre de 1997. Pero la Policía italiana tenía el
dato del golpe y lo sorprendió en la calle.
Para su último golpe, "El pibe" había elegido una banda con experiencia. En su
aguantadero la Policía encontró bigotes y barbas postizas. Además de
secuestrarles tres autos robados, 1 revólver, 5 pistolas (tres de juguete) y un
aparato diseñado para anular detectores de metales, un equipo que los bancos
tienen en sus entradas para desalentar los asaltos.
Con el pasaporte falso, Villarino logró durante un tiempo que la Policía
italiana no conociera su historia. Durante dos años vivió en la cárcel de
Vigevano, cerca de Milán. De ahí también salió, pero ya no lo seguían policías,
sino la muerte. Y no pudo esquivarla.