
Sanguinetti: "La educación argentina no podría estar peor"
El
rector del Buenos Aires abre polémicas
Los
chicos salen de la escuela primaria y no saben leer de corrido. Egresan del
secundario sin entender lo que leen y son aprobados de todos modos. Elogiados en
el discurso oficial, maestros y profesores son subestimados en la realidad, y
los alumnos se quedan no con el mensaje de las palabras sino con el de los
hechos.
El
esfuerzo de estudiar está desprestigiado. Se ven con malos ojos tanto los
premios como los castigos. Los niños se transforman en jóvenes, en adultos,
llegan a ser dirigentes y aplican en su vida las pautas que han ido
incorporando. La decadencia educativa dura ya demasiado, y revertirla requeriría
un impulso y un tesón que todavía no aparecen. Así analiza la situación el
rector Horacio Sanguinetti desde su despacho del primer piso del Colegio
Nacional de Buenos Aires, mientras se asoma al balcón para ver cuántos son los
manifestantes -¿piqueteros, gremialistas?- que pasan lentamente por la calle
Balcarce. Son pocos, pero hacen mucho ruido: bombas de estruendo, percusiones de
toda índole, nada en el sentido de favorecer la concentración de los que
estudian. "Por suerte, los del turno tarde ya entraron", dice.
El
Buenos Aires -"El Colegio-", como lo llaman con exclusión del resto
sus orgullosos ex alumnos, es una de las últimas islas educacionales de
excelencia. No alcanza, por supuesto. "No anda el presupuesto, no anda la
formación docente, no anda el sistema educativo, no anda la especialización.
No anda nada", desglosa Sanguinetti, convencido de que las cosas difícilmente
puedan alcanzar un grado aún más alarmante. ¿Algún resquicio para el
optimismo? En todo caso, cierta convicción sobre las misteriosas reservas
culturales del pueblo argentino, y una carta de crédito con límite de gastos
para el nuevo gobierno. Sanguinetti, abogado y antes que eso alumno
sobresaliente del Colegio en el que transcurre su vida, es autor de libros de
historia ("La Reforma universitaria", "Los socialistas
independientes") y de derecho, pero su gama de intereses es múltiple. Le
interesan la mitología griega, la ornitología, la fauna en general y, sobre
todo, la ópera, género en el cual es una autoridad reconocida. Durante su paso
por la Secretaría de Educación porteña, cuando el jefe de gobierno era De la
Rúa, comprobó lo enmarañada que puede resultar la burocracia.
-Usted
es el rector que más años ha estado al frente del Nacional de Buenos Aires.
-Sí,
en toda la historia, desde el siglo XVII. Hubo algunos que duraron veinte días.
Yo voy durando veinte años, desde diciembre del 83. El Día de los Inocentes.
Fue una inocentada que duró mucho tiempo.
-Parece
el señor que defiende la última fortaleza, mientras alrededor caen todas las
otras. ¿Cree que la educación secundaria está así de degradada?
-Sí.
Hay, desde luego, algunos colegios públicos y privados importantes, pero el
Buenos Aires es un colegio que da buenos resultados. Si lo juzgamos por los
frutos, los bachilleres que sacamos son de primera.
-¿Nota
diferencias entre las generaciones que ingresan ahora y las de hace veinte años?
-Hemos
notado un bajón por la preparación en la escuela primaria. Por eso tratamos de
nivelar a los que llegan con nuestro curso de ingreso, y de habituarlos al
estudio, porque están totalmente fuera de forma. No saben estudiar. No saben
leer, no saben entender. Es terrible: el instrumento elemental del lenguaje, de
la lectura, evidentemente está ausente.
-¿A
qué adjudica esa dificultad para entender un texto?
-Yo
creo que hay una cultura, o acultura, audiovisual, inmediata, de lo vertiginoso,
de los jueguitos, las maquinitas. No reniego de todo eso, pero no puede ir en
detrimento del razonamiento, de la lectura y de muchas cosas que no son de
ninguna manera vetusteces, sino valores permanentes.
-¿Diría
que esa acultura audiovisual tomó el lugar de la escuela?
-Es
una competencia ruinosa, injusta. El chico va a la escuela cuatro horas y después
se pasa otras cuatro mirando televisión o jugando con la computadora, con la
complicidad de la familia. En general, la familia deserta. Los dos padres tienen
que salir a trabajar, el chico está solo, mirando la televisión...
-También
pesa la crisis económica general, pero ¿cree que las nuevas teorías pedagógicas
incidieron también en estos resultados tan pobres?
-Creo
que son terribles. La nueva forma de enseñar a leer es totalmente
desarticulada: el chico no aprende ortografía, que es una forma de ordenamiento
mental. Y están las teorías, o seudoteorías, que reniegan del maestro. Es
decir: sólo es posible el aprendizaje, la enseñanza no es posible.
-¿Es
verdad que se llega al punto de no corregir las faltas de ortografía para no
inhibir al alumno?
-Así
es; todo el proceso apunta a que el chico no tenga ni premios ni sanciones. No
hay más amonestaciones. Todo es diálogo, tratar de explicar... El ser humano
no funciona así. Funciona, sí, con el diálogo, la convicción, el libre saber
dónde está el bien y dónde está el mal, pero, además, cualquier sistema
multitudinario, como es la educación formal en las escuelas, tiene que tener un
reaseguro en las sanciones. Si no, suprimamos el Código Penal, levantemos los
semáforos y toda forma de coerción, porque es eso, justamente una coerción,
lo que se intenta ejercer con toda norma.
-¿Cree
que sin sanciones se pierde la noción de justicia?
-Por
supuesto. Pero peor todavía: está muy mal visto premiar, porque el que no es
premiado se deprime. Esa es la teoría loquísima en boga. Cuando yo era
secretario de Educación encontré que una empresa había hecho una oferta para
unos premios de pintura hermosísimos. Daban tres distinciones a los mejor
calificados en esa actividad, en cada escuela de la ciudad. Frenaron el proyecto
en niveles medios por esa razón: no hay que premiar a nadie. Somos todos
idiotas, todos iguales, no hay diferencias.
-¿Lo
ve como un fenómeno mundial?
-Parecería
que ya en el mundo se está volviendo atrás, pero nosotros, como siempre, vamos
en cámara lenta. Hemos hecho nuestra legislación adrede para que todo esto
ande cada vez peor.
-Se
refiere a la ley federal de educación...
-Sí,
a la ley federal. Ha cumplido diez años y vemos los resultados. La senadora
Kirchner lo dijo tres o cuatro días antes de que asumiera su marido: hay que
volver a la ley 1420, hay que volver a estudiar, llevarse deberes a la casa, el
enciclopedismo, pasar al frente... Todo eso lo hemos liquidado y no lo hemos
reemplazado con nada. La escuela no es más un recinto para ir a estudiar. Es un
recinto de contención, donde el chico tiene que estar encerrado para que no esté
delinquiendo afuera. El maestro, que no ha sido formado para eso, tiene que
darle de comer. La escuela lo hace, generosamente, como emergencia, pero no
puede ser que eso se consolide cada vez más y pase a ser la principal tarea. Es
absurdo.
-¿Cuál
fue el punto de inflexión desde el que se comenzó a caer?
-Creo
que en los años del primer peronismo algunas cosas se hicieron de modo muy
autoritario, muy cerrado. Los libros de lectura se transformaron en elementos de
propaganda franca. Después hubo mucho ir y venir. A veces se pasó de un
extremo al contrario, a la represión escolar. Acá, en el Colegio, durante los
años del proceso se sancionaba por cualquier cosa: diez amonestaciones por
tener corrida la vincha. Eso provocó después una reacción muy difícil de
controlar. Siempre hay que tratar de ubicar el medio.
-El
Colegio Nacional de Buenos Aires lo pudo controlar, pero en otros la reacción
fue desbordante.
-Sí,
porque acá la autonomía universitaria nos preservó. En los demás, todo se
convirtió en pastiche. Fíjese lo que fueron los cambios en la evaluación de
los alumnos: aprobó, no aprobó, alcanzó o no alcanzó los objetivos. Con el
sistema de cero a diez todo el mundo entendía: el padre y el hijo. "Diez
puntos" es una expresión usual. En cambio, "alcanzó, no alcanzó"
es menos claro. Una profesora había calificado así: "Alcanzó
los objetivos y medio". Eso fue un retroceso. El quitar las
amonestaciones fue un retroceso del que es difícil recuperarse. La idea de los
consejos de convivencia, en los cuales el Colegio es pionero, tiene sus
complicaciones. Implica la intromisión de los padres. El padre es el primer
educador, pero no puede tener poder dentro del colegio. Ahora, maestros,
profesores y directores no tienen posibilidad de acción concreta.
-Cuando
ya son tantos los años de decadencia, el alumno tuvo tiempo de transformarse en
maestro, en dirigente y aun en ministro o presidente. ¿Está allí el secreto
de la decadencia argentina?
-Por
supuesto. Además, la ley federal y todo el sistema que la acompañó ha
liquidado las escuelas normales, las artísticas, las técnicas, que fueron una
gran creación de Frondizi. Perón creó la Tecnológica, la universidad obrera,
en ese momento, que era un acierto. Ahora eso se reemplaza por un curso general
seguido por los "trayectos técnicos profesionales", que son un
mamarracho. La "formación permanente" del docente es una farsa. La
capacitación permanente... No hay tal cosa. Se hacen unos cursitos (que se
cobran, hay un negocio allí por parte de muchas entidades) que dan puntaje para
los concursos docentes, con un sistema perverso. Entonces, usted escribe un
libro y eso le vale tantos puntos como hacer un cursito sobre el uso de
plastilina en la escuela.
-Si
tardamos tanto tiempo en caer, también recuperar el terreno perdido llevará
mucho tiempo.
-El
mismo tiempo, o más. Es realmente muy duro volver atrás en esto.
-¿Qué
piensa de los primeros pasos del Gobierno en materia educativa? Se habló de
asegurar un mínimo de 180 días de clase, por ejemplo.
-Yo
al Gobierno que recién empieza le doy crédito. Estamos a la expectativa.
Quisiera ver pronto cosas concretas. Algunas se hicieron bien: se arregló el
tema de Entre Ríos, más o menos no hay esos problemas de grandes desfases en
materia de salarios docentes, que llevaban a paros interminables. Asegurar un mínimo
de días de clase me parece muy importante. Vamos a ver cómo se logra, porque
es muy difícil. Yo he conversado con el ministro de Educación, también con el
ministro bonaerense. Los dos han ido varias veces a la Academia de Educación y
han reconocido los inconvenientes que les ha creado la ley federal, y son cosas
muy difíciles de revertir. Pero vamos a ver. En algunas otras cosas que se están
haciendo no estoy de acuerdo. Por ejemplo, que los alumnos se puedan transferir
demasiado libremente de una universidad a otra. Eso hay que verlo muy bien,
porque no es lo mismo ser abogado de la Universidad de Buenos Aires que de una
universidad de las menos cotizadas. Entonces, no puede hacer casi toda la
carrera en una de esas universidades y recibirse con título de la UBA.
-¿Confía
en que este Gobierno haya identificado a la educación como principal problema
del país y en que actuará con la necesaria decisión en consecuencia?
-No
lo sé. Para salir de la crisis moral y material en que estamos, no hay mejor
estrategia que la educación. Pero uno se pregunta si para llevarnos al punto en
que estamos no ha habido una intencionalidad. Yo no creo demasiado en las teorías
conspirativas, pero de otro modo no se puede explicar que se hayan hecho las
cosas tan mal.
-Pero,
¿de dónde provendría esta intención de destruir nuestro sistema educativo?
¿De grandes potencias que desconfiaban de nosotros por el nivel que habíamos
alcanzado?
-Sí,
y además de partidos que prefieren manejar a un pueblo ignorante. Esa seducción
es muy fuerte. Parecería que muchísimos gobernantes, políticos y gente de
poder no tiene ningún interés en la educación.
-¿Cree
que sólo el peronismo es responsable?
-Yo
diría que hay algunos más responsables que otros...
-El
retroceso argentino, ¿fue mayor que el de vecinos como Chile, Uruguay y Brasil?
-Tengo
la impresión de que sí. El retroceso se manifiesta en los contenidos que se
estudian. Por ejemplo, ahora ya no se estudia más historia. Es una materia que
perdió autonomía. El profesor de historia tiene que enseñar geografía, y
viceversa. El de filosofía tiene que enseñar educación ciudadana. Se tiene
que poner a estudiar la Constitución, de la cual no tiene la menor idea, y no
le dan muchas ganas. Sigue enseñando filosofía, firma y se va. ¿Se da cuenta?
Es todo una farsa descomunal. Pero, ¿cómo es eso posible? Parece hecho a propósito.
Después, es imposible aplazar a los chicos. En marzo, es imposible. Si usted
los aplaza tienen otra opción, dentro de los diez días, pero tiene que estar
presente el director del colegio, porque el responsable del aplazo es siempre el
profesor, nunca el chico. Y si lo vuelven a reprobar tiene una tercera opción
enseguida, presente ya el supervisor. Entonces: si un director de una escuela,
que a lo mejor es profesor de historia, tiene que presidir una mesa de química,
primero mata al profesor de química. Le dice: "No seas estúpido, no
mandes a ese alumno a examen. Yo no pienso presidir esa mesa". Así es como
después se dice: "Hay más contención, hay menos alumnos que
repiten...".
-Es
el mundo al revés: el examinador pasa a ser el examinado.
-Sí,
el profesor es el sospechoso. Realmente, no puede ser peor la situación. No
anda el presupuesto, no anda la formación del docente, no anda el sistema
educativo, no anda la especialización: no anda nada. Y los estudiantes reciben
desde chicos el mensaje subliminal de conductas distorsionadas, de formas de
corrupción, que no son válidas, pero son socialmente aceptadas. El Gobierno
tiene que tomar este problema muy en serio. Desde hace muchos años, les insisto
a los ministros, cada vez que converso con ellos: el Ministerio debería tomar
un colegio en cada capital de provincia, y tener allí su propio plan piloto, y
un modelo. Si no, ¿qué hace el Ministerio de Educación?
-¿Qué
hace?
-Y,
hace... No, yo no sé qué hace. Forma el Consejo Federal de Educación, que es
un organismo totalmente inoperante, presidido por el ministro de la Nación e
integrado por los ministros de todas las jurisdicciones. Yo lo integré cuando
fui secretario de Educación de la ciudad, y observé con asombro que allí no
se tomaba constancia de lo que se decía, no se levantaba ni una triste acta con
el resumen de lo hablado, no se registraba cómo votaba cada uno. Simplemente se
afianzaban las decisiones previamente adoptadas. Eso sí: nos atendían
maravillosamente, todos nos hicimos amigos, había buenos banquetes cuando nos
reuníamos, una vez por mes... Pero no se modificaba nada, y ni siquiera existía
la posibilidad de dejar asentada una protesta.
-Nos
asustamos cuando aparecemos muy abajo en los rankings internacionales, pero los
diarios dicen que Buenos Aires tiene una de las mejores ofertas culturales del
mundo. ¿Somos los más cultos o los más brutos?
-Se
obra como por impulsos. Todo el mundo sabe que la cuestión educativa no está
bien. Y de pronto sale una de esas estadísticas que no necesitamos para saber
que estamos pésimo. Todo el mundo se rasga las vestiduras, y después se
olvida. Ahora, es cierto que Buenos Aires en particular, y también el resto del
país, tiene una reserva cultural y una reserva de materia gris asombrosas. Yo
no sé cómo.
-Será
el fruto de una cruza feliz, como un vino de corte hecho con una brillante
combinación de varietales.
-Un
vino perfecto, ¿verdad? Así como tenemos más mujeres hermosas acá que en
cualquier otro país del mundo. Son cosas propias de nuestro país, tan
contradictorio, tan maravilloso y tan terrible.
-Usted
es un gran estudioso de la Reforma Universitaria. ¿Cree que aquellos postulados
siguen vigentes?
-Creo
que sí, porque en alguna medida siguen incumplidos. Hay algunos, formales, que
se han aceptado ya universalmente: el cogobierno, la autonomía. Pero lo que
tuvo la Reforma, que yo no veo hoy en la misma intensidad, era un sentido moral
apabullante. Mi padre, por ejemplo, era un obseso en ese sentido moral.
Estudiaban como locos, rechazaban el facilismo. Hasta mi generación, los que
militamos en la Reforma en la gran universidad democrática y autónoma de los años
1955 a 1966, los dirigentes estudiantiles, que yo lo era también, éramos los
mejores alumnos. De la Reforma yo rescato eso: la ética y el esfuerzo
intelectual.
-Esa
sed de ética parece estar retornando. ¿Lo advierte así?
-Y,
bueno, parecería que es una gran necesidad del país. Pero hay que ver cómo se
instrumenta.
-Felipe
González dijo que si el presidente Kirchner fracasara, no se imagina cómo podría
seguir el sistema democrático en la Argentina.
-Siempre
acá seguimos. A los tumbos. Uno dice: tocamos fondo... Nunca tocamos fondo. Es
un país insondable, la Argentina.
-¿La
universidad debe seguir siendo gratuita?
-Hay
cosas que la universidad debería corregir. No puede ser que haya alumnos que se
reciben con 70 aplazos o que demoran 40 años en recibirse. Pero yo creo que la
universidad debe ser gratuita. Admito el arancelamiento voluntario, es decir,
que las facultades tengan una cooperadora, con la obligación moral de que quien
pueda contribuir lo haga. Me parece muy terrible que haya una obligación de
pagar de la cual uno puede exceptuarse si demuestra que es pobre. La ejecutoria
de pobreza que se exige es ofensiva.
-¿El
Estado no puede hacer nada para evitar que haya (sean dichas estas cifras en
sentido figurado) diez mil estudiantes de sociología o ciencias de la educación
y sólo cien de ingeniería?
-Eso
es grave. Además, hay unas carreras raras, muy nuevas, que no sé qué aplicación
podrán tener. El cupo es odioso, pero en todo caso cada facultad debería
establecerlo, no la universidad como una regla general. Un sistema de becas
también es indispensable. Claro que los argentinos somos difíciles. Vaya a
saber adónde pueden ir a parar las becas.
-Todo
se complica.
-Es
todo difícil porque el país está corrupto en todas las instancias. Entonces
pasan cosas inverosímiles: una facultad donde funcionaba un servicio de
lenocinio, una familia entera que vive en los sótanos de una facultad. Cosas
inverosímiles. Pero, claro, tenemos muy buena gente que no es convocada muchas
veces, como debería serlo, pero que está.
-¿Teme
por la hegemonía del peronismo?
-El
peronismo es más bien autoritario y hegemónico. A mí eso siempre me preocupa.
Es el punto que más me preocupa de este Gobierno. Vamos a ver. También
dependerá de lo que hagan los demás sectores sociales, si lo aceptan y si lo
acatan.
-Pero,
¿hay una tendencia inicial a buscar la hegemonía?
-Sí,
sí, el peronismo ejerce el poder. El radicalismo, en cambio, es como que pide
perdón por ejercerlo. Es vergonzante. Siempre consultando, siempre probando. Es
un gran partido opositor. Me acuerdo de que lo dijo Antonio Cafiero de una
manera un poco brutal una vez. Pero en el ejercicio del poder tiene esa
carencia, motivada quizás en su excesivo respeto por las formalidades.
-El
problema actual es que parece no haber un partido opositor.
-No,
pero hay sectores importantes que tienen que aglutinarse, recomponerse. Yo creo
que el radicalismo, que está caído, no tiene que desaparecer.
-¿Qué
opinión tiene sobre el presidente Kirchner? ¿Lo conoce personalmente?
-No.
Probablemente lo invitaremos a algún acto en el Colegio. Generalmente se hace
eso. Los presidentes, en general, han venido. Hasta Perón vino una vez al
Colegio. En una época venían siempre al acto de colación de grados. Hasta la
época de Illia. Después, Alfonsín vino muchas veces. Menem, nunca. Lo
invitamos al principio muchas veces. Una vez estuvo a punto, pero venía de
viaje y se retrasó. Con el curso de los años, pensamos que ya no sería tan
bien recibido por los alumnos, y entonces dejamos de invitarlo: no está bien
invitar a una persona para después ofenderla...
Por
Hugo Caligaris de
la Redacción de LA NACIÓN